17 de julio de 2024

Esta noche ha sido una de las más productivas de los últimos meses; casi me echo a llorar al ver el resultado de tanto trabajo, de tantísimas horas con el culo chafado en un sillón. Y es que, señores y señoras, no es moco de pavo ensartar agujas cuando el ojal está saturado de tanta… ¿fantasía?
Llevaba unas semanas intentando avanzar en la novela que tengo ahora entre manos, con muchísimas indecisiones: que si a fulanito le pinto cara de cabronazo y a fulanita de comadrona culona y con papada, que si al muerto lo mato (vaya por delante la redundancia) con un ataque de artritis galopante o, con otro aún más galopante de intoxicación por choricitos de la Puebla; que si ambiento la trama en la Edad Media, en esa donde los caballeros andantes campaban a sus anchas por Castilleja de los Murriales, o si, por el contrario, lo hacía a mediados del siglo primero antes de la revolución catatónica de los muertos sibilantes… Total, que tenía todos los síntomas habidos y por haber del típico mal que en mi tierra suelen llamar “tener la pisha hecha un lío”.
Os contaré cómo he podido salir de esta madeja de confusión en la cual me encontraba y cómo he conseguido reencontrarme con las musas precisamente esta noche, con la justa dignidad para mí y, sobre todo, para mi integridad como escritor e hipotecado. Cuando os lo diga, os daréis cuenta de lo absurdo que es sentirse estúpido, y de lo sencillo que resulta a veces encontrarse bien, productivo, dichoso del trabajo, del esfuerzo y de la mediocridad. ¡Qué penita, tontos!, como diría mi madre, la solución estaba ahí, delante de nuestras propias narices, proyectándose en nuestros corazoncitos con un run run todos los santos días…
Demasiado simple para ser tan simple y demasiado complicado para ser mentira, la vida hay que tomársela como si no fuera contigo: cruzar las piernas y chapurrear a diestro y siniestro que todo marcha bien, que todo ocurre con la naturalidad de la inercia, que nada es nada y que todo es todo, y que para el año catapumchimpón todos seremos ricos y comiendo perdices en escabeche, que me sientan mejor. Así de sencillo. Hay que negar lo innegable y ser cabezón hasta en la sepultura. En mi caso, solo tenía que dejar que esos personajes que estaban pidiendo a gritos resurgir del anonimato y esos otros que se pegaban de ostias para recogerse en ese anonimato, camparan a sus anchas por estos mundos de Dios que me ha dado la literatura, y ya está… ellos mismos cruzarían la delgada línea de la locura y me darían a mí la suficiente realidad como para traerlos al mundo. Unos hiperbólicos personajes que se desdibujen a la primeras de cambio.

Vamos, algo así como lo que hacen ciertos políticos en nuestro país y fuera de él: desdibujarse, sentarse con mucha jeta, fruncir el ceño y (con un tono muy, muy serio, eso sí) proclamar a todo el mundo y a los cuatro vientos que están comprometidos con la justicia y la equidad. Cuando en realidad, lo que no dejan de hacer es negociar en los pasillos las ventajas para unos pocos, haciendo caso omiso de las voces discordantes que claman por la igualdad. Como si estuvieran actuando en una tragicomedia de poder y ambición, donde los discursos grandilocuentes se desvanecen frente a los intereses particulares y las estrategias de dominio político… Líderes como Salvador Illa y Marta Rovira discutiendo sobre la singular financiación para Cataluña, ignorando las preocupaciones de otros presidentes autonómicos como Juan Manuel Moreno Bonilla o Emiliano García-Page, que ven amenazadas las finanzas de sus regiones; políticos catalanes presionando por una amnistía selectiva, enzarzados en un debate que podría dividir aún más al país; fiscales, como Fidel Cadena, Javier Zaragoza, Consuelo Madrigal y Jaime Moreno, enfrentándose internamente sobre el alcance de la ley de amnistía, olvidando que la justicia debe ser ciega y no responder a intereses políticos. Bla bla bla bla… ¿verdad que estos personajes parecen sacados de una novela?
En fin…

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