17 de julio de 2024

Lo hemos visto en muchos cuadros desde la antigüedad hasta nuestros días, está grabada a fuego en nuestras retinas esa escena donde tres diosas en semicírculo esperan la sentencia de un muchacho bien parecido. ¿Os imagináis qué pudo pasar aquel día?
Paris se despertó como cada mañana sin saber que era el principio del fin de todo lo que había conocido hasta el momento. Sacó el ganado del establo y tomó el sendero acostumbrado hacia los pastizales. Tras unas horas vigilando, llegó la hora de la comida: un poco de queso, pan, unos pistachos, unos dátiles, algo de embutido de la tierra y un odre de vino rebajado con miel. La sombra de un alto pino movido por la calidez del Céfiro que le procuraba un brisa suave y agradable generó la atmósfera propicia para que Morfeo lo acunara en el sopor de sus brazos, hasta que un presentimiento tal vez o el sentimiento de una presencia extraña lo despertó.
Sus ojos se abrieron lentamente, dejando pasar las luces y las sombras. Una apariencia irreal, casi fantasmal se coló por sus retinas. Su cerebro procesó información, mientras en su cara un rastro de baba resbalaba desde la comisura de sus labios. El corazón se le aceleró de repente. Ante él un hombre alto le hablaba. Al principio no entendió nada de lo que decía, se preguntaba si aún dormía. Así que disimuladamente se pellizcó el brazo y sintió el dolor. Sí, un hombre semidesnudo con un extraño sombrero del que salían una alitas y apretaba en sus manos una especie de bastón con unas serpientes enroscadas le hablaba. Tiró de los recuerdos de la infancia, de esos en los que en la casa del pedagogo y en el fuego del hogar se hablaba de los dioses y sus atributos y entonces lo reconoció. Era Hermes. Se echó a temblar. Sabía que era el portador de los mensajes de los dioses, se incorporó como si un resorte tirara de él.
—¿Qué quieres de mí?— el miedo preguntó por él.
—Vengo de parte de Zeus.
—¿Qué quiere el padre de dioses y hombres de un simple pastor? ¿Acaso me va a castigar?
—No, solo necesita tu ayuda.
—Pero ¿cómo?— dijo sorprendido Paris.
—Actuando de juez.
—¿De juez? ¿Qué méritos poseo para que Zeus deposite esa confianza en mí?
—Tu alcurnia y tu nobleza.
—¿Mi alcurnia? Si vivo entre vacas y cabras, ni que fuera yo rico o noble o un filósofo.
—Eres noble— le aseguró Hermes.
Paris se volvió a pellizcar, esta vez un poco más fuerte, por si la primera vez el dolor hubiese sido producto del sueño. Pero no, dolió aún más.
—Necesito que me lo aclares. En verdad no entiendo nada.
—Naciste en la ciudad de Troya. Eres hijo de los reyes y en consecuencia príncipe.
Paris respiró profundamente, intentando contener en aquella respiración la información que le pillaba de sorpresa. Había diseñado su vida. Se casaría con Enone, una ninfa de la que se había enamorado siendo apenas un adolescente. Tendría un montón de hijos, no como sus padres que solo lo tenían a él. Sus hijos serían el sustento de su vida adulta cuando la vejez no le dejara domesticar a sus toros ni sacar a pastar el ganado. Sería feliz consiguiendo su sustento diario con el sudor de su frente. Y ahora…
—¿Cómo creer lo que me cuentas?
—Hay una prueba
—¿Cuál?— por la mente del incrédulo Paris pasaron miles de pensamientos y sentimientos sobre las únicas personas que había conocido como padres y sobre la mentira que en realidad era su vida.
—La manta que te envolvía cuando fuiste abandonado
—¿Cómo era?
Hermes le describió aquella manta del color de la púrpura, símbolo de realeza con la que su madre lo cubrió hasta que ya no le tapaba más que medio cuerpo. Desde entonces decoraba un pequeño espacio en el hueco donde dormía. Y entonces la realidad lo aplastó dándose cuenta de que nunca volvería a ser quien era, de que jamás volvería a ver a nadie con amor y de que no podría confiar en ningún otro ser humano. Acababa de despertar de un sueño, un sueño en el que llevaba sumido apenas veinte años.

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