17 de julio de 2024

Pues sí, era verdad. Había vivido una mentira todos aquellos años y ahora un dios lo sacaba de su engaño. Pero ¿para qué? Para ser juez. ¿Qué propósito tenía todo aquello? Los dioses eran caprichosos, sin duda, y tenían un sentido del humor bastante particular.
Después de la revelación, Paris, aún algo traumatizado no tuvo otra que aceptar su destino y las órdenes de Zeus, que para eso era Zeus.
— Bien, Hermes, ¿qué se supone que tengo que juzgar? —preguntó.
—La belleza
— ¿La belleza? —dijo asombrado. Se hubiera esperado juzgar un concurso de tiro, de lidia de toros, una carrera de caballos o de velocidad, pero un concurso de belleza jamás— ¿La belleza de qué?
— Más bien de quién…—puntualizó el dios—De tres diosas.
— ¡Por los dioses! —exclamó —Menuda responsabilidad me dejan los dioses a mí, un simple mortal. ¿No tomarán represalias contra mí, después de elegir?
—Zeus se lo ha prohibido, pero ya se sabe, luego las mujeres hacen lo que quieren.
—No me tengas más en ascuas y dime qué diosas se enfrentan.
— Voy a hacer algo mejor.
Hermes desapareció y Paris se quedó solo y confundido. Se sentó bajo un pino y cerró los ojos, intentó concentrarse en la nada y en las chicharras que comenzaron su canto sofocante. Aspiró e inspiró. Tal vez solo había sido un sueño y cuando abriera los ojos volvería a la realidad y nada habría cambiado: sus padres, sus toros, su novia Enone, su vida sencilla de pastor.
De repente, unas voces femeninas lo sacaron de su letargo. Abrió los ojos lentamente, dejando entrar la luz poco a poco. Se deslumbró. Debía acostumbrar los ojos al resplandor divino que emanaba de las diosas.
—¡Paris —Hermes lo terminó de espabilar—, despierta! Te presento a las diosas cuya belleza debes juzgar.
Las tres diosas lo rodearon. Se puso de pie, como si un resorte lo hubiera empujado hacia arriba.
—Buenas, tardes —se acordó de los relatos que le contaba siendo niño su madre junto al hogar —. Infiero que sois Afrodita —dijo dirigiéndose a una belleza rubia de curvas pronunciadas que vestía una túnica sencilla y de un material que parecía tejido por las mismas arañas—, Hera —hizo una reverencia, sabía que era la esposa de Zeus, la identificó por su corona y por un porte majestuoso que las otras dos parecían no tener— y Atenea. Supongo.
Atenea, que vestía un peplo ceñido y portaba el escudo con la cabeza de Medusa grabado en él y una lanza, fue la primera en saludarlo.
— Buenos días, joven mortal. Supones bien, has acertado con cada una de nosotras… Ya Hermes te habrá puesto al tanto del porqué estamos aquí ¿no?
—Sí, pero no sé cómo decidir entre vosotras cuál es la más bella. La belleza, en verdad, es algo subjetivo y más la vuestra que sois en todo superiores a cualquier mortal —teorizó Paris, intentando argumentar su futura decisión, el miedo afloró en un gallo casi imperceptible que apareció en la inflexión de su voz.
—Supongo que lo que es bello a ojos de uno no lo es a ojos de otro, pero tal vez haya manera de medir objetivamente la belleza.
—Un porte hermoso, un cabello sedoso, unos ojos seductores, unas curvas pronunciadas, una piel blanca y firme, unas piernas rectas, pero por lo que observo las tres tenéis esas características. Es difícil, vuestro rostro es perfecto. La boca carnosa, las mejillas sonrosadas, la nariz recta, el cuello largo. No, no se puede juzgar vuestra belleza por nada externo.
Las tres diosas se observaron entre sí y cada una admiró la belleza de su competidora. La vanidad se apoderó de cada uno de aquellos corazones e inoculó el veneno de la envidia. Cada una de ellas trazó un plan, ya no era una manzana de oro lo que estaba en juego, ya no era que alguien la nombrara la diosa más bella, era algo más: demostrar que no era su apariencia solo lo que las hacía bellas, sino que había algo más. Y Persuasión y Seducción salieron en ayuda de aquellas tres divinidades.

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