Kees van Dongen

Cornelis Théodorus Marie van Dongen (Róterdam, Holanda, 1877 - Mónaco, 1968)
Cornelis Théodorus Marie van Dongen (Róterdam, Holanda, 1877 – Mónaco, 1968)

En 1905, en una de las numerosas exposiciones de pintura que se organizaban en la capital francesa, se incluyó en el Salón de Otoño de París una sala repleta de resplandecientes oleos cargados de colores puros y en sumo grado contrastantes.

Amapola de maíz (Kees van Dongen, 1919)
Amapola de maíz (Kees van Dongen, 1919)

Estas obras parecían modeladas con un gran entusiasmo y una pasión desmedida. Uno de los más influyentes críticos de arte de la época, Louis Vauxcelles, al ver estas pinturas, no dudó en apodar a sus creadores como les fauves, “bestias salvajes”; el título se les quedó para siempre, y el ismo se desarrolló desde aquel mismo momento.Este “salvajismo” se manifestaba con pinceladas dinámicas, colores vivos y penetrantes y una precisa profundidad en las pinturas, capaces de evocar un mundo fantástico a quien las contemplara, libre y alegre de exaltada emoción y exuberante color. Estos vanguardistas de principio del siglo XX rompieron con la pintura académica y fueron el centro de la creación y experimentación en el arte contemporáneo, siendo coetáneos con otros movimientos de igual importancia para la cultura. Lo que quizá le daba más entidad al fauvismo, en comparación a otras doctrinas o corrientes artísticas, fue la nueva actitud del artista frente a la realidad. La propia filosofía imperante empujaba al artista a la experimentación, a la evolución desde el impresionismo y el postimpresionismo de finales del siglo XIX, teniendo como premisa principal el rechazo a lo obsoleto; los adelantos técnicos, el progreso, la innovación, eso era lo moderno.

Modesjesko, cantante soprano (Kees Van Dongen, 1907)
Modesjesko, cantante soprano (Kees Van Dongen, 1907)

Quizá de los que cultivaron el fauvismo el más conocido es el precursor de este movimiento, Henri Matisse, pero si yo tuviera que elegir a uno como el más representativo de todos, escogería a Cornelis Théodorus Marie van Dongen (Róterdam, Holanda, 1877 – Mónaco, 1968), más conocido como Kees van Dongen. Holandés de nacimiento, este pintor se estableció en París y adoptó la nacionalidad francesa en 1929.

A lo largo de su vida participó en varias corrientes artísticas, entre ellas el fauvismo y el impresionismo, tal y como se advierte en su uso enérgico del color puro. Van Dongen fue un joven dotado de talento precoz, al que le llegó el éxito muy pronto, eso le permitió llevar una vida extravagante a partir de los treinta años. Fue capaz de ilustrar como nadie la degeneración de la burguesía parisina con cuadros rebosantes de color y aparente contento, un tema recurrente suyo también fue la prostitución, vista siempre desde la perspectiva de las prostitutas, las cortesanas y su ambiente.Hay quienes piensan que el artista desperdició su gran talento cuando comenzó a pintar retratos de personajes femeninos de moda, obras de su catálogo que no tardaron en pasar desapercibidas. 

Retrato de Dolly (Kees van Dongen, 1911)
Retrato de Dolly (Kees van Dongen, 1911)

Pero lo que nadie puede poner en duda es que era un maestro del color, como queda demostrado en el retrato que le hizo a su hija Dolly. La niña está plasmada en el lienzo con superficies lisas y decorativas de intenso colorido, los delicados tonos verdes que utiliza para construir el rostro y los ojos rasgados y ennegrecidos y los rojos labios a juego con la cinta que asoma por debajo del sombrero, evocan sensualidad y un estilo exótico muy bello.

De Cebrián e Illescas

 

Tambores de guerra

CTuwTwdVAAEoKbH.jpg-largeHan pasado dos días y aún resuenan en Europa los tambores de guerra.

Esos desalmados que han teñido de sangre las calles de París, ¿de qué color veían el cielo? ¿Acaso no lo sentían tan azul como el mío? No logro entender esta guerra. Esta guerra de entendimientos, de convencimientos, esta guerra de fundamentalismos. También me duele creer en una Europa limpia de culpa.

Ayer tuve miedo de que unos inhumanos barbilampiños, kalashnikov en mano, irrumpieran en mi casa para matarme, hoy el miedo es por esas decenas de miles de personas que se apiñan en las fronteras del Paraíso, obligadas a huir del horror. Miedo por no entender que ellos también son víctimas del absurdo.

Tambores de guerra.

La mejor de las “armas” posible contra el fundamentalismo, contra cualquier tipo de fundamentalismo, es la EDUCACIÓN y la TOLERANCIA.

Resuenan tambores de guerra en Europa.

Yo siempre diré no a la guerra. No al terrorismo. No a la violencia. No al absurdo.

José Antonio Castro Cebrián

 

Marlowe y yo

El otro día salía de casa de forma apresurada cuando caí en que no llevaba lectura para el metro. Me acerqué a lo que me gusta llamar mi biblioteca y atrapé al vuelo una novela de Chandler. De las editadas por Alianza en formato pequeño y, en este caso, poco voluminosa además. Era Playback. No recordaba haberla leído en el volumen «gordo» Todo Marlowe de RBA y, en cualquier caso, no me importaba repetir. Una vez instalado en el vagón, no antes, hay que respetar los tempos, abrí la novela y a la segunda página ya me veía a mí mismo más seguro, brillante, sagaz, temerario pero honesto… Vaya que me veía con traje, corbata, sombrero y tal vez un arma en la sobaquera. La escritura de Chandler y el personaje de Marlowe en particular ejerce ese efecto que a veces tiene la ficción de transformar, momentáneamente, la realidad y cambiarnos el ánimo e incluso la personalidad. Cualquiera que haya visto El sueño eterno, remitirá la imagen del personaje a la efigie dura y noble de Humphrey Bogart. Es inevitable. Alguno puede recordar a Robert Mitchum en Adiós muñeca pero lo veo menos probable. Marlowe es Bogart.

big-sleep-posterSumido en estas reflexiones que me apartaban del hecho físico de la lectura, caí en que a menudo nos pasa lo que, según dicen, dijo Chesterton: «La realidad es un lujo, la ficción una necesidad». Necesidad de evadirse, de vivir otras vidas, de ser héroe o villano por un momento. Todo eso nos brinda la literatura y también el cine, claro. ¿O no recuerdan los que eran niños en los setenta salir del cine lanzando puñetazos al aire al salir de ver Rocky, o no querer bañarse en el mar el verano que estrenaron Tiburón y no digamos subir al ascensor de un rascacielos tras la traumática experiencia de El coloso en llamas?

Todo eso, trasladado a la actualidad, nos sigue pasando y es un indicador muy positivo de la capacidad de imaginar que aún conservamos. Después siempre hay tiempo de volver a la realidad de la vida diaria y las rutinas. Como supongo que harían unos señores que protagonizaron una escena curiosa que viví en París. Andaba cerca del barrio latino y vi un personaje, inequívocamente americano, que tenía un aire a Hemingway. Pasé después por la puerta del Café de Flore, había dos más, y por si faltaba algo al doblar la esquina me topé con otro. No había ninguna convención. Simplemente estaban disfrutando de su derecho de creerse su propio héroe paseando por los «santos lugares» que el escritor frecuentara en los años ’20.ThebigsleepH4ev1qbbjxvo1_500

La conclusión de todas estas divagaciones es que hábitos como la lectura, el cine, la pintura, la escritura, etc. son muy saludables para reconfortar el alma aunque sea con la fugaz percepción de sentirse miembro del MI6 unos instantes.

José A. Valverde

Entremés de «Los blues de Sonny» de James Baldwin

«Los dedos de Sonny llenaron el aire de vida, su vida. Pero aquella vida contenía muchas otras. Y Sonny volvió hacia atrás y comenzó con la sobria e inexpresiva declaración de la primera frase de la canción. Entonces empezó a hacerla suya. Fue precioso porque no tenía prisa y ya no era un lamento. Me pareció oír toda la pasión con la que la había convertido en suya y la pasión con la que nosotros teníamos que hacerla nuestra y podíamos ya dejar de lamentarnos. La libertad merodeaba a nuestro alrededor y comprendí, por fin, que, si escuchábamos esa canción, él nos ayudaría a ser libres y que él no lo sería hasta que lo hiciéramos.»

Los blues de Sonny (Sonny’s Blues, James Baldwin, 1957)

 

James Baldwin nació en Nueva York el 2 de agosto de 1924. Escritor estadounidense afroamericano y activista por los derechos civiles. Fue el mayor de nueve hermanos en el seno de una familia pobre de Harlem. No conoció a su padre biológico y su relación con su padre adoptivo, un estricto predicador religioso, era muy conflictiva. Estudió en el Bronx hasta los 14 años, que entró en la Iglesia Pentecostal de Harlem para ejercer como predicador. A los 17 años, decidió dar un giro a su vida y dejó a su familia para mudarse al Greenwich Village, hogar de muchos artistas. Ya entonces comenzó a trabajar en lo que podía mientras escribía sus primeras historias cortas, ensayos y críticas. El novelista Richard Wright fue quien descubrió su talento y afianzó con su ayuda las bases de la carrera de James Baldwin como escritor. A los 24 años se mudó a París en su afán por abandonar la sociedad estadounidense y escribir desde la distancia sobre ella. De hecho, sus obras giran en torno al racismo y la sexualidad de la sociedad estadounidense del siglo XX. Publicó su primera novela en 1953, casi a los 30 años. Cuatro años después, en 1957, regresó a Estados Unidos para participar activamente en el movimiento por los derechos civiles. Conoció entonces a activistas como Medgar Evers, Martin Luther King y Malcolm X. Su obra comprende varias novelas, relatos, ensayos, poesías, algo de teatro e incluso cuentos infantiles. Murió el 1 de diciembre de 1987 en Saint-Paul de Vence, un pueblo al sur de Francia, a causa de un cáncer de estómago. Se le conoce por obras tales como: Ve y dilo en la montaña (Go To Tell It in the Mountain, 1953), Nadie sabe mi nombre (Nobody Knows My Name: More Notes of a Native Son, 1961), Blues para Mister Charlie: Drama en tres actos (Blues for Mister Charlie, 1964), Al encuentro del hombre (Going to Meet the Man, 1965), Dime cuánto hace que el tren se fue (Tell Me How Long the Train’s Been Gone, 1968), Blues de la calle Beale (If Beale Street Could Talk, 1974) o Sobre mi cabeza (Just Above My Head, 1979).