18 de junio de 2024

Es verdad que no soy constante en mis preocupaciones: un día, lo que más me afecta son los ruidos mediáticos que a todos nos golpean, y otros días, lo que más me aflige son los silencios. Votamos en Europa. Y Europa se viste de oropel y burbujas. Hoy Europa me parece más una ilusión, o un espejismo, que una realidad. Como a todo el mundo, no me gusta equivocarme, pero en este caso, pagaría por ser el más estúpido de los mortales, el más ignorante de los que hoy irán a votar. ¿Europa es una quimera?
Mi percepción personal de la realidad que existe en Europa es de una falta de claridad y de una autenticidad desconcertante. Vivimos sumidos en una crisis de valores abrumadora. Una guerra nos acaricia a pocos kilómetros de nuestro hogar, y en otra guerra, al otro lado del mar, se mata impunemente a cientos de inocentes todos los días. Y en Europa, son solo cuatro gatos los que gritan “basta”. A veces me cuesta recordar que los políticos, los nuestros y los de todo el mundo libre, son el reflejo de la sociedad que los vota. En Europa, España o Israel, por ejemplo, los que legislan, representan, gobiernan, supervisan, fiscalizan, defienden, promueven, negocian y consensúan los intereses de todos; informan, comunican y resuelven los problemas de los ciudadanos; planifican y proyectan el futuro de sus pueblos, son el resultado de nuestra elección y de nuestras acciones como sociedad. Por eso es tan importante ir a votar.
Quizá sería hora de echar la vista atrás y aprender un poco de la historia. No soy ningún leído sobre la materia, pero estoy casi seguro de que la primera semilla de la Europa actual se remonta al siglo XIX, de cuando los nacionalismos empezaron a desplazar a las monarquías absolutas imperantes en aquel entonces. Ese mismo ímpetu nacionalista fue el detonante poco después, ya en el siglo XX, de dos guerras mundiales que acabaron con la vida de entre 87 y 97 millones de personas. Más adelante, la Unión Europea surgió como una respuesta a ese nacionalismo desenfrenado. Sin embargo, a pesar de ese sueño por mejorar, y de ese esfuerzo por crear una comunidad basada en la cooperación y la paz, los efectos perniciosos del nacionalismo nunca se han ido de nuestra “vida”. Las guerras actuales, como la de Ucrania, y el auge del nacionalpopulismo en varios países europeos, incluida España, demuestran que el nacionalismo sigue siendo una fuerza divisiva y peligrosa. La idea de una Europa posnacional, donde la identidad nacional se mantenga como una cuestión personal y cultural, pero no política, separando el sentimiento nacional de la esfera política y promoviendo la igualdad ante la ley y el respeto por la diversidad cultural, puede ser un paso hacia una coexistencia más armoniosa y una mayor integración en un mundo globalizado y diverso. Es un enfoque desafiante que requiere un cambio significativo en cómo percibimos nuestras identidades y lealtades, pero podría ser la vía hacia una mayor paz y unidad en Europa. La historia nos ha mostrado los riesgos de un nacionalismo descontrolado, pero también nos brinda la oportunidad de aprender y buscar alternativas más inclusivas y pacíficas.
Es necesario ir a votar, y hacerlo con reflexión y conocimiento de causa.

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