
Hay una escena que no falla. Cambian las caras, cambian los bares, cambian las palabras… pero el fondo es el mismo. Gente que ayer iba de revolucionaria, que se dejaba la voz en facultades y tabernas, que discutía como si le fuera la vida en ello… hoy te habla bajito. Más despacio. Con ese tono de quien ya ha hecho las paces con algo que antes le indignaba. Y entonces sueltan la frase: «Hay que adaptarse a los tiempos».
Y no te lo dicen para debatir. Te lo dicen para cerrarlo.
Como si hubieran llegado a una conclusión superior.
Como si resistirse fuese cosa de críos.
Como si la vida, al final, fuera esto: aprender a encajar sin hacer demasiado ruido.
Pero hay algo que chirría. Mucho.
Eso que llaman adaptarse… muchas veces no es madurar.
Es rendirse, sin decirlo.
Es cansancio.
Es miedo bien vestido.
Y para que no duela, te lo venden como sensatez, que queda bastante mejor.
Y a mí hay algo que me sigue molestando, no sé si por cabezonería o por instinto: ¿en qué momento decidimos que el problema somos nosotros… y no los tiempos? ¿Por qué damos por hecho que hay que adaptarse sí o sí? ¿Por qué esa prisa por doblar la rodilla?
Nos dicen que hay que adaptarse al mercado laboral, aunque el mercado esté trucado. Que hay que adaptarse a los nuevos modos de comunicación, aunque ya casi nadie diga nada de verdad. Que hay que adaptarse a la velocidad, aunque por dentro vayamos vaciándonos. Y así, sin darnos cuenta, nos vamos adaptando a todo: a la mediocridad, al mal gusto, a la banalidad constante, a la mentira maquillada, a la corrupción sin disimulo, al paro, a la guerra, al miedo… incluso a esa especie de tristeza de fondo que ya ni cuestionamos.
Y, cuando no encajas, el problema eres tú. Siempre tú.
No te has adaptado lo suficiente. No has entendido cómo funciona esto. No has aprendido a jugar. Y así, poco a poco, la rebeldía se convierte en algo que recuerdas con cierta vergüenza. Como una etapa. Como un exceso de juventud.
Pero… ¿Y si no?
¿Y si lo inmaduro no es resistirse, sino tragarse todo sin masticar?
Hay una cosa todavía más sutil, más peligrosa: el ejemplo. No hace falta que te digan que te rindas. Basta con ver cómo lo hace la gente que admirabas: gente brillante que se ha ido apagando, gente valiente que ahora evita líos, gente lúcida que ha decidido no mirar demasiado.
No te lo explican. Te lo enseñan.
Y tú, casi sin darte cuenta, empiezas a copiarlo. Es normal. Todos queremos que la vida sea un poco más fácil. Volver atrás no suele ser por miedo, sino por comodidad. No había que explicarse tanto, ni justificar ciertas posturas, ni pagar según qué precios. Podías moverte sin desgaste, dejar puertas abiertas, no exponerte del todo.
Ahora no. Ahora todo pesa un poco más.
Y ahí es donde muchos dicen: «Hasta aquí». Y se adaptan. No porque crean en ello, sino porque están cansados.
Pero hay una pregunta que no me deja en paz: ¿y si, por una vez, en lugar de adaptarnos nosotros… intentáramos que los tiempos se adapten un poco a nosotros? Y lo confieso: yo mismo me he burlado alguna vez de quienes querían cambiar su entorno en lugar de cambiar ellos mismos. Y ahora me arrepiento.
No hablo de grandes hazañas, ni de grandes gestos. Hablo de algo más sencillo y más incómodo: no tragar con todo. Porque si asumimos que el entorno manda y nosotros obedecemos, nos estamos quitando de en medio. Y eso, por muy adulto que suene, es una renuncia.
Todo lo que hoy merece la pena empezó así: con alguien diciendo «esto no me vale». No se adaptaron. Tocaron las narices. Perdieron muchas veces. Pero abrieron una grieta.
Y las grietas, con el tiempo, hacen cosas.
Vivimos en un momento raro. Muy raro. Tenemos de todo… menos lo importante. Estamos conectados a todo… y cada vez más solos. Podemos elegir entre mil opciones… pero cada vez cuesta más encontrar sentido. Todo se mide, todo se vende, todo tiene que servir para algo. Incluso lo íntimo.
Un tiempo de mercaderes, sin más.
Y, aun así, hay algo dentro que no se calla.
Algo que dice que esto no puede ser todo.
Que la vida no puede ir de adaptarse constantemente a lo que te empequeñece.
Que hay una parte de nosotros que no está hecha para encajar, sino para empujar.
No se trata de ir de rebelde por la vida ni de discutir por sistema. Se trata de elegir dónde sí… y dónde no. Porque no todo vale. Y hay líneas que, si las cruzas demasiadas veces, desaparecen.
Yo quiero pensar (aunque a veces cueste) que todavía hay margen. Que no hace falta ningún salvador ni ninguna revolución de película. Que bastaría con algo más discreto y, precisamente por eso, más potente: gente que no se adapte a todo.
Gente que mantenga el criterio cuando todo invita a diluirlo. Que cuide lo que dice cuando lo fácil es simplificar. Que no mire hacia otro lado cuando sabe que algo está mal, que no confunda triunfar con rendirse de forma elegante.
Sin ruido. Sin postureo, pero firmes. Los tiempos no son algo que caiga del cielo. Los hacemos entre todos. Y cada vez que alguien decide no pasar por ahí, aunque sea en pequeño, algo se mueve. Igual no se nota. Igual tiene un coste. Igual no sale en ningún sitio. Pero empieza. Y con eso, a veces, basta.
No sé si veremos una nueva Edad de Oro. Sinceramente, lo dudo. Pero tampoco hace falta irse tan lejos. Hay algo más cercano, más urgente: que vivir merezca la pena, que no vaya solo de dinero, que no vaya solo de resultados, que no vaya solo de sobrevivir…
Busca momentos en los que te reconozcas.
En los que no hayas tenido que adaptarte para existir.
En los que sientas, aunque sea por un instante, que no has cedido más de la cuenta.
Ahí empieza todo.
Y no es poca cosa.

Joaquín Rández Ramos (Tudela – 1962). Escritor, conferenciante y divulgador. Autor del libro «Un viaje hacia el significado y propósito de tu vida». Le gusta pensar y reflexionar sobre nuestra realidad. Amante de la naturaleza y de los animales.