22 de mayo de 2024

Hoy, en el día de las Elecciones al Parlamento de Cataluña, lanzo una carta abierta, y lo voy a hacer con todo el sentido del mundo y con toda su intención. Un servidor va a desvariar de lo lindo y que lo pille quien lo pille…

A la tortura mediática, a la política, a la reflexión, a los discursitos de última hora, a los apretadores de mano, al irresponsable responsable del buzoneo electoral: Cariños, ya no. Se terminó. Estoy hasta los mismísimos cullons de ser más tonto que un Tonto. Un día te comportas como el más apasionado de los amantes, y otro ni me miras, ni siquiera existo en dos minutos de tu tiempo. Ni un hola. Ni un adiós. Ni un nada de nada. ¿Sabes qué, Cariños?, se acabó.

Han sido unos años maravillosos, llenos de negaciones, peleas, de argumentos absurdos, reproches, de entrar y salir del fango. Y no, no me da la gana reconocer ni recordar los buenos momentos; esos, si no perduran ¿para qué los quiero?

Un día llamé a tu puerta para pedir ayuda, y ese día, en vez de tenderme tu mano o por lo menos escucharme, me hablaste de necios imposibles y de sueños premonitorios. Me aseguraste, por ejemplo, que si el Consistorio cedía ese salón pequeñito pequeñito pequeñito una hora por la noche todos los miércoles y viernes del verano, para mis chicos del teatro, la cultura en el pueblo se convertiría en una “verbena imposible”. Sí, aún hoy me pregunto qué quisiste decir con eso. La demagogia Cariños la inventó un visionario para que otros iluminados la pudieran utilizar para engañar a un Tonto, pero, ¿no te dije antes que se terminó, qué estoy hasta los mismísimos cullons de ser más tonto que un Tonto? Pues eso.

Ayer apareciste por mi casa, con papeleta en mano, resplandeciente. Te dije que no dejaras ningún voto, que no hacía falta. Me preguntaste por mi salud. Pachín pachán. Te sonreíste y yo no te deseé suerte para las elecciones, no merecemos que la tengas. Me lanzaste tu mano, para estrecharla con la mía. Te mostré mis palmas, estaban manchadas de aceite. No hay apretón. Cagoen. Me sonreíste. Ya no te sonríes. Me aseguraste que lees asiduamente mis artículos, allá donde se publican. Ahora te sonreí yo. Mañana, mañana no dejes de leerme.

Me repito, me repito, me repito: estoy hasta los mismísimos cullons de ser más tonto que un Tonto.

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