
Hay novelas que envejecen y otras que parecen esperar pacientemente a que el mundo les dé alcance. Obras escritas décadas atrás que, de pronto, empiezan a hablarnos con una claridad inquietante. No porque anticiparan inventos, tecnologías o acontecimientos concretos, sino porque comprendieron algo mucho más difícil de prever: ciertas tendencias de la naturaleza humana. La necesidad de escapar de uno mismo, la dificultad de relacionarse de verdad con los demás o la tentación permanente de sustituir la reflexión por la distracción.
Eso ocurre con La náusea (1938), El túnel (1948) y Fahrenheit 451 (1953). Tres novelas muy distintas entre sí que parecen señalar algo parecido: el momento en el que el ser humano empieza a alejarse lentamente de sí mismo mientras todo a su alrededor continúa funcionando con aparente normalidad. Por eso siguen resultando tan actuales.
Sartre abordó el vacío en La náusea. Su protagonista, Roquentin, descubre algo que intenta evitar constantemente: la sensación de que muchas de las rutinas con las que organizamos la vida apenas consiguen ocultar una pregunta más profunda sobre quiénes somos y para qué vivimos. Hoy seguimos escapando de esa misma pregunta, aunque de una manera mucho más sofisticada.
Hay personas que no recuerdan la última vez que estuvieron en silencio sin buscar automáticamente el móvil. Otras llenan cualquier pausa con contenido, música, series o trabajo, como si quedarse a solas consigo mismas se hubiera convertido en algo difícil de aguantar.
Y quizá ahí aparece uno de los rasgos más silenciosos de nuestra época: la anestesia emocional funcional. Las personas siguen con sus vidas con aparente normalidad mientras van perdiendo contacto con lo que realmente sienten. Trabajan, responden correos, hacen planes, producen, sonríen y cumplen con todo lo que se espera de ellas. Desde fuera parece que están bien, que sus vidas son perfectas. Muchas incluso lo creen, pero su cuerpo empieza a decir otra cosa antes de que, con suerte, aparezca la conciencia.
El cansancio constante, la apatía, la dificultad para disfrutar de las cosas sencillas, la sensación de vivir en automático, la necesidad permanente de estímulos para no quedarse quietos demasiado tiempo son las nuevas formas con las que el cuerpo trata de llamar nuestra atención. No es exactamente tristeza, ni tampoco un abatimiento visible. Es algo más difícil de explicar: la sensación de que uno sigue viviendo su vida, pero sin habitarla.
Y entonces aparece Sábato, autor al que admiro y por el que, en su recuerdo, esta columna lleva el nombre de uno de sus títulos (Hombres y engranajes).
El túnel entra directamente en la soledad contemporánea. Juan Pablo Castel necesita ser comprendido, pero es incapaz de construir una relación sana con los demás. Vive atrapado dentro de su propia cabeza, interpretándolo todo, sospechando de todo y buscando desesperadamente una conexión que nunca termina de llegar. Resulta difícil no reconocer nuestro presente en algo de eso.
Algo ha cambiado en la manera de relacionarnos. Las herramientas están, la disponibilidad está, pero la sensación de ser conocidos de verdad escasea. Las redes sociales han multiplicado la exposición, pero no necesariamente la intimidad. Compartimos imágenes, opiniones y fragmentos de nuestra vida constantemente, aunque muchas veces evitamos precisamente aquello que nos haría ser vistos de verdad: el miedo, la fragilidad, la incertidumbre, la sensación de no saber qué hacer con la propia vida. Hay conversaciones continuas, y aun así falta presencia real.
Y en medio de todo eso, emerge otra forma de cansancio muy actual: la necesidad constante de construir una versión aceptable de uno mismo para los demás (no para nosotros). ¿Cómo me ven, cómo parezco, cómo impacto, cuántos seguidores tengo, cuántos «me gusta» tiene mi último video…? La identidad convertida, poco a poco, en una representación que necesita ser validada por los demás.
Bradbury entendió antes que muchos que una sociedad no necesita prohibir el pensamiento para debilitarlo. A veces basta con llenar la vida de suficiente ruido. En Fahrenheit 451, las personas viven rodeadas de pantallas, entretenimiento continuo y conversaciones rápidas que no dejan huella. Los libros son peligrosos porque obligan a detenerse, a pensar despacio, a hacerse preguntas para las que no siempre hay respuestas agradables.
Cuesta no pensar en el presente al leerlo. Hoy vivimos rodeados de información y, aun así, cada vez dedicamos menos tiempo a elaborar una idea propia. Consumimos opiniones resumidas, titulares diseñados para provocar una reacción inmediata y vídeos que duran menos de lo que tarda una reflexión en empezar a tomar forma.
No creo que el problema sea la tecnología, sino, más bien, nuestra creciente dificultad para permanecer el tiempo suficiente dentro de una idea sin necesitar distracción inmediata.
Si La náusea habla del vacío, El túnel de la soledad contemporánea, Fahrenheit 451 aborda directamente la distracción para no pensar. Lo inquietante es que las tres novelas parecen encajar entre sí con demasiada precisión, por lo complementarias que son para describir nuestra naturaleza.
Bradbury vio una sociedad distraída hasta perder la capacidad de pensar con calma. Sartre retrató el vacío que aparece cuando uno deja de encontrar sentido en la vida que lleva. Y Sábato mostró la soledad de quienes ya no saben cómo relacionarse de una manera auténtica con otros seres humanos.
Y quizá lo más preocupante es que no hemos heredado una sola de estas tres trampas, sino las tres a la vez. La distracción de Bradbury, el vacío de Sartre y la soledad de Sábato no son males de épocas distintas. Son el retrato simultáneo del momento en que vivimos.
No es solo un problema tecnológico. Tal vez hemos construido una forma de vida que nos mantiene ocupados para no tener que preguntarnos qué nos está pasando realmente. La pregunta que no nos atrevemos a hacernos es mucho más sencilla y mucho más terrible: ¿qué pasaría si apagáramos todo, nos quedáramos quietos durante diez minutos y no ocurriera absolutamente nada? Porque ese «nada» —ese vacío sin distracción, sin like, sin ruido— no es un problema técnico. Es, sencillamente, nosotros.

Joaquín Rández Ramos (Tudela – 1962). Escritor, conferenciante y divulgador. Autor del libro «Un viaje hacia el significado y propósito de tu vida». Le gusta pensar y reflexionar sobre nuestra realidad. Amante de la naturaleza y de los animales.