27 de febrero de 2024

NASA/Goddard/Arizona State University

Ayer tocó parte del “Gordo” en mi tierra, la de adopción. Y cayó en una de las administraciones con más solera de toda Alicante, la nº 2 de Cox, la de mi amigo Eugenio. Confeti, champán y una alegría desbordante para muchos afortunados. A mí la noticia me cogió en casa de mis padres, a bastantes kilómetros de distancia, celebrando los reyes magos jugando al fútbol con mis sobrinos. Lo primero que hice fue comprobar los dos décimos que compré para el “Niño” y, tras cerciorarme de que mi cuenta corriente seguiría con las mismas telarañas de siempre, felicité a mi amigo por su gran racha: en el sorteo de Navidad también dio un quinto premio muy repartido.
Explorando internet en busca de noticias y fotos que capturaran la alegría en la administración de lotería, me topé con una noticia que, caprichos de la tecno-puñetas-amarga-momentos, nada tenía que ver con esos instantes de rabiosa alegría. Era uno de esos videos de YouTube en los que una voz en off te ilustraba con un dato escalofriante: en el mundo actual hay más de cincuenta conflictos armados en activo. Cincuenta y cuatro, creo recordar.
En este mismo video, de un minuto o así, cuantificaba también a las víctimas, y moralizaba sobre ello, algo muy rampante, poco elaborado y todo bastante partidista (los malos son muy malos y son mis malos, ya saben). Yo no soy ningún experto en conflictos armados ni mucho menos, pero me hizo pensar…
Y como pienso escribo, claro está.
La premisa de que no hay víctimas sin verdugos podría llevarnos a explorar más allá de las aparentes dicotomías y buscar un entendimiento más profundo de las complejidades que subyacen en cualquier situación bélica. Imaginemos un conflicto inventado (por no poner nombres y apellidos), donde las líneas divisorias son borrosas y las motivaciones se entrelazan en una maraña de desafíos. En este hipotético escenario, nos encontramos desafiando el axioma aparente de que siempre hay víctimas y verdugos claramente definidos. ¿Qué pasa cuando las líneas entre ambos se desdibujan? Casi siempre, las circunstancias son más complejas de lo que percibimos desde la comodidad de nuestro hogar, ¿verdad? Las motivaciones, los contextos culturales, las historias individuales… Imaginemos facciones con motivaciones divergentes, pero con individuos dentro de cada una que luchan contra su propia ambigüedad moral. ¿Son verdugos quienes actúan por convicciones arraigadas o por presiones externas insoportables? ¿Son víctimas aquellos que, sin elección, se ven envueltos en una trama de conflicto que escapa a su control? No creo que se pueda avanzar en la resolución pacífica de muchos conflictos si nos empeñamos en aferrarnos a la idea de víctimas y verdugos de una manera rígida e inflexible. La capacidad de comprender las perspectivas ajenas y buscar soluciones a través del diálogo se vuelve casi esencial. La realidad es mucho más matizada de lo que podría parecer a primera vista. Vamos, digo yo.
No nos damos cuenta, pero a los que tenemos la suerte de vivir donde vivimos ya nos tocó el “Gordo” en su momento.

Es que pensar a veces duele…

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