
Hoy nos visita en la Jungla el escritor Ángel Francisco Sánchez Escobar para hablar, entre otras cosas, sobre su última novela, La patria de papel.
«¿Puede la fe sobrevivir a una Iglesia que te da la espalda?
A las puertas de los setenta años y bajo las jacarandas de su exilio en México, el sacerdote andaluz José Manuel Gallegos Rocafull abre por última vez su viejo cuaderno azul para dar fe de una vida marcada por el fervor y el desgarro del destierro.
En La patria de papel, Ángel Francisco Sánchez Escobar rescata la historia real de un clérigo atrapado entre la obediencia a Roma y su fidelidad al «evangelio de los pobres». Desde su Marchena natal y los pasillos del poder eclesiástico, hasta los días esperanzadores de la República y el estallido de una guerra que lo cambió todo, este viaje íntimo transforma la derrota en resistencia espiritual. Una obra conmovedora que ofrece un canto a la palabra y a la memoria como refugio frente al olvido. Porque la dignidad no es un gesto; es una forma de permanecer».

Pregunta: Habiéndose formado usted entre Sevilla y Estados Unidos, y habiendo desarrollado una carrera académica tan sólida con tres doctorados a sus espaldas, cuenta usted con una perspectiva cultural transatlántica privilegiada. ¿En qué medida este bagaje internacional y su profunda vocación por el humanismo y las letras han moldeado su forma de acercarse a la novela histórica y de construir la psicología de sus personajes?
Respuesta: Mi formación entre España y Estados Unidos me permitió contemplar la historia desde perspectivas diferentes y complementarias. En Sevilla recibí una sólida base humanística y filológica; en Estados Unidos descubrí enfoques más abiertos a la interdisciplinariedad. Esa experiencia me enseñó que la historia no es un relato único, sino una compleja trama de ideas, emociones, circunstancias y decisiones humanas.
Por eso, cuando escribo novela histórica, procuro ir más allá de la mera reconstrucción de los hechos. Me interesa especialmente comprender qué sucede en el interior de las personas cuando la Historia, con mayúsculas, irrumpe en sus vidas. Me atraen los personajes que se enfrentan a dilemas morales y conflictos de conciencia, porque creo que es ahí donde se revela la auténtica condición humana. Mi formación en filología, literatura, pedagogía y teología también ha influido en esta mirada. Cada una de estas disciplinas me ha ayudado a comprender mejor las grandes preguntas que acompañan al ser humano: la libertad, la responsabilidad, el sufrimiento, la esperanza o la búsqueda de sentido.
P.: Para aquellos lectores que todavía no han tenido la oportunidad de adentrarse en su universo literario, ¿cuál diría usted que es el corazón de La patria de papel y por qué considera que su lectura resulta indispensable en los tiempos que corren?
R.: El corazón de La patria de papel es la conciencia humana cuando se ve obligada a elegir entre la fidelidad a sus convicciones y la comodidad de seguir la corriente de su tiempo. José Manuel Gallegos Rocafull fue un sacerdote, intelectual y exiliado que se negó a traicionar esos principios, aunque ello le costara la incomprensión, la marginación y la pérdida de su propia patria.
Aunque está ambientada en algunos de los momentos más convulsos del siglo XX español —la Segunda República, la Guerra Civil y el exilio—, no es únicamente una novela sobre el pasado. Es una reflexión sobre cuestiones que siguen siendo plenamente actuales: el valor del pensamiento crítico, la responsabilidad moral y el precio que a veces debemos pagar por permanecer fieles a nosotros mismos. El propio título resume esa experiencia. Hay personas a quienes la historia les arrebata su país. Sin embargo, conservan algo que nadie puede quitarles: la memoria, la palabra, la cultura y la propia identidad. En una época marcada por la polarización y los juicios apresurados, la novela invita a escuchar, a comprender la riqueza humana y a recordar que las personas son siempre mucho más que las etiquetas que otros les atribuyen.
P.: El gran eje de La patria de papel es la figura del sacerdote José Manuel Gallegos Rocafull. Un hombre de Iglesia, teólogo brillante, a quien sin embargo en las tertulias y plazas apodaban el «cura rojo» por su defensa de los jornaleros y los más desfavorecidos. ¿Qué le atrajo de este personaje tan a contracorriente y cómo cree usted que desafía los estereotipos habituales que tenemos sobre la Guerra Civil y el clero de la época?
R.: José Manuel Gallegos Rocafull me atrajo precisamente porque era un personaje incómodo para todos los bandos. No encajaba en los esquemas simplistas con los que a menudo se interpreta la Guerra Civil española. Era sacerdote, teólogo y hombre profundamente creyente, pero también defendía la justicia social, denunciaba la miseria de los jornaleros y se negaba a identificar el Evangelio con una determinada opción política. Cuando vio que determinados sectores de la Iglesia justificaban la violencia o convertían el conflicto en una cruzada religiosa, alzó la voz. Y lo hizo desde dentro de la propia Iglesia, lo que exigía un valor enorme.
Creo que Gallegos Rocafull cuestiona muchos de los estereotipos que todavía arrastramos sobre aquella época. Existe la tendencia a imaginar una Iglesia monolítica. Sin embargo, la realidad fue mucho más compleja. Hubo sacerdotes que apoyaron el levantamiento, otros que permanecieron en silencio y algunos, como Gallegos, que intentaron mantenerse fieles a una visión evangélica centrada en la dignidad humana, la reconciliación y la defensa de los más vulnerables. En una época dominada por las trincheras ideológicas, representa la figura de quien se resiste a elegir entre la verdad y la compasión, entre la fe y la justicia social.
P.: En el libro resuena con fuerza una frase bellísima: «La memoria sostiene lo que la victoria no pudo». Como escritor firmemente comprometido con el rescate de la memoria de los vencidos, ¿cree usted que la literatura tiene el deber moral de actuar como ese «cuaderno azul» del protagonista, salvando del olvido las verdades incómodas de nuestra historia?
R.: Creo que la literatura no tiene la misión de dictar sentencias ni de sustituir el trabajo de los historiadores. Su función es otra: rescatar voces, experiencias y emociones que con frecuencia quedan fuera de los relatos oficiales. La frase «La memoria sostiene lo que la victoria no pudo» resume una convicción que atraviesa toda la novela. Los vencedores suelen escribir la historia institucional, pero la memoria conserva algo distinto: la experiencia humana de quienes en verdad vivieron los acontecimientos.
Cuando se pierde una patria, una posición social o incluso una identidad pública, todavía quedan la palabra, el recuerdo y aquello que uno es. Escribir se convierte entonces en una forma de preservación y de supervivencia moral. Ahora bien, cuando hablo de memoria no me refiero al resentimiento. La memoria que me interesa no busca reabrir heridas, sino comprenderlas. No pretende perpetuar divisiones, sino devolver humanidad a quienes fueron reducidos a cifras, consignas o etiquetas. Creo que una sociedad madura no teme conocer las zonas incómodas de su pasado.
P.: Resulta estremecedor leer cómo a Gallegos Rocafull sus propios pastores le retiran las licencias ministeriales por el simple hecho de negarse a justificar la violencia y la guerra. Él llega a escribir que «prefería amar a odiar». Como autor, ¿cómo abordó el dolor de un hombre de fe que se ve expulsado de su tierra y castigado por la propia institución a la que había entregado su vida?
R.: Probablemente fue el aspecto más difícil y, al mismo tiempo, más conmovedor de toda la novela. Las heridas que realmente marcan a una persona suelen venir de aquellos a quienes ama y en quienes confía. Gallegos no fue perseguido por abandonar su fe, sino precisamente por intentar ser fiel a ella de una manera radicalmente evangélica. Esa es la paradoja que más me impresionó.
Como novelista, procuré acercarme a ese sufrimiento con respeto. No quería presentar un mártir idealizado, sino a un ser humano real, con dudas, momentos de soledad y noches de desánimo. Precisamente ahí reside, a mi juicio, su grandeza: continuó siendo fiel a sus convicciones sin buscar revancha ni convertir a nadie en enemigo. Cuando escribe que «prefería amar a odiar», no está formulando una frase hermosa para la posteridad; está expresando una decisión moral extraordinariamente difícil. Lo verdaderamente doloroso fue que quienes debían haber reconocido en él a un hermano terminaran viéndolo como un adversario. Y, sin embargo, él nunca dejó de considerarlos hermanos.
P.: A lo largo de las páginas de La patria de papel, se aprecia un fuerte contraste entre una fe institucionalizada, a menudo rígida o burocrática, y un Evangelio vivo, pegado al sufrimiento de los más desfavorecidos. ¿Hasta qué punto esta novela es también una reflexión personal suya sobre el verdadero sentido de la compasión y la espiritualidad en tiempos de crisis?
R.: Uno de los aspectos que más me impresionó de Gallegos fue la tensión entre una religión entendida como sistema de normas y una fe vivida como compromiso con el sufrimiento humano. Para mí, el Evangelio alcanza su mayor profundidad cuando se acerca al dolor humano. Jesús se acercó a los enfermos, a los excluidos, a los pobres y a quienes habían sido juzgados por los demás. Esa dimensión profundamente compasiva del mensaje cristiano es la que más me interesa.
Por eso diría que La patria de papel no es una novela contra la Iglesia ni contra la religión. Tampoco es una novela ideológica. Es una reflexión sobre lo que ocurre cuando la conciencia se enfrenta a situaciones límite y debe decidir qué significa realmente ser fiel a sus principios. Creo que vivimos una época que sigue necesitando la compasión. No entendida como sentimentalismo, sino como la capacidad de reconocer la dignidad del otro incluso cuando piensa diferente o sostiene otras convicciones. ¿Qué permanece cuando las ideologías, los poderes y las certezas se derrumban? Mi respuesta personal se acerca mucho a la de Gallegos Rocafull: permanece la conciencia, permanece la capacidad de amar y permanece la responsabilidad moral hacia los demás. Todo lo demás puede perderse. Eso no.
P.: En la novela, el protagonista cruza el océano hacia el exilio aferrado a su «cuaderno azul», una libreta donde desde su infancia en Marchena va anotando retazos de memoria para resistir al olvido. ¿Qué peso tiene ese cuaderno en la trama y qué paralelismo encuentra usted entre ese diario íntimo del personaje y su propia labor como escritor de novela histórica?
R.: El cuaderno azul es mucho más que un objeto dentro de la novela. Narrativamente funciona como un hilo conductor que acompaña a José Manuel Gallegos Rocafull desde su adolescencia en Marchena hasta sus años de exilio en México. Pero, sobre todo, simboliza una memoria que se niega a desaparecer. Cuando todo parece derrumbarse, la escritura se convierte en refugio y en resistencia.

Ahí encuentro un claro paralelismo con mi propia labor como novelista histórico. Quienes escribimos sobre el pasado intentamos rescatar fragmentos de memoria que corren el riesgo de perderse. La documentación nos proporciona hechos y fechas; la literatura intenta recuperar algo más difícil: la experiencia humana que se esconde detrás de ellos. Muchas veces he pensado que una novela histórica es también una especie de cuaderno azul. En sus páginas quedan recogidas voces que ya no pueden hablar. Nuestro trabajo consiste en escucharlas y devolverles una presencia literaria sin traicionar la verdad de su tiempo.
P.: Usted comparte con el protagonista de su novela la particularidad de poseer tres doctorados y una profunda vinculación con las aulas universitarias. Al ver cómo Gallegos Rocafull redescubre su vocación como maestro en la UNAM afirmando que «España está hoy en las aulas mexicanas», ¿ha volcado en este pasaje parte de sus propias vivencias y de lo que para usted significa la docencia?
R.: Al igual que él, mi vida ha estado profundamente vinculada al estudio, a la universidad y a la docencia. He dedicado décadas a la enseñanza universitaria, tanto en España como en Estados Unidos. Además, mi trayectoria incluye estudios teológicos que culminaron con el doctorado en Teología, así como mi ordenación como presbítero y posterior consagración como obispo dentro de la tradición ortodoxa. Todo ello me ha permitido conocer de cerca tanto el mundo académico como el religioso, dos ámbitos fundamentales en la vida de Gallegos Rocafull.
Por eso comprendí muy bien lo que significó para él descubrir, en el exilio mexicano, que todavía podía servir a través de las aulas. La docencia dejó de ser simplemente una profesión para convertirse en una forma de reconstrucción personal. Después de muchos años de docencia, he llegado a la convicción de que enseñar es mucho más que transmitir información. Es acompañar procesos humanos, despertar preguntas, estimular el pensamiento crítico y ayudar a otros a descubrir sus propias posibilidades. Le habían retirado reconocimientos, cargos y licencias, pero nadie podía impedirle compartir su conocimiento ni seguir formando personas libres.
P.: ¿Cómo es su rutina a la hora de escribir?
R.: Mi rutina de escritura es bastante sencilla. Suelo despertarme muy temprano, cerca del amanecer. Nada más levantarme preparo un café y me siento a escribir. Las primeras horas de la mañana son sagradas para mí porque es cuando la mente está más despejada. Es en ese momento cuando realizo el trabajo más creativo: escribir escenas nuevas o desarrollar personajes. Por la tarde cambio de ritmo y me dedico a revisar, corregir, documentarme e investigar. Con los años me he convertido un poco en una especie de ermitaño voluntario. Lo digo con serenidad, porque disfruto de la soledad, de los libros, de la investigación y del trabajo cotidiano de escribir. La literatura exige muchas horas de convivencia con uno mismo.
P.: ¿Qué libro le hubiera gustado escribir, y por qué?
R.: No sabría citar un título concreto. Pero si me pregunta qué libro me hubiera gustado escribir, la respuesta sería: un libro capaz de devolver esperanza a las personas. Vivimos en una época en la que las noticias parecen convencernos de que la maldad domina el mundo. Sin embargo, creo que el bien es mucho más abundante que el mal, aunque haga menos ruido. Lo que sostiene realmente el mundo no son los actos de destrucción, sino los millones de gestos cotidianos de bondad, generosidad, amor y sacrificio que pasan desapercibidos. La literatura no solo debe ayudarnos a comprender el sufrimiento; también debe recordarnos que la luz sigue siendo más grande que la sombra.
P.: ¿Tiene autores de cabecera?
R.: Sí, tengo autores de cabecera. Además de novelista, me considero también poeta, tanto en la vertiente amorosa como en la mística, y la poesía ha influido profundamente en mi forma de entender la literatura. Entre los autores que más me han marcado se encuentra César Vallejo, cuya capacidad para expresar el dolor humano, la solidaridad y la esperanza me sigue pareciendo extraordinaria. También siento una profunda admiración por los grandes místicos españoles, especialmente San Juan de la Cruz. En el ámbito de la novela histórica, admiro a escritores como Max Aub, por su capacidad para reflejar la complejidad humana sin caer en simplificaciones. Pero si hablamos específicamente del estilo narrativo, probablemente el autor que más me ha influido sea Frank Baer. Admiro su manera de construir atmósferas y dotar a sus personajes de una notable profundidad moral sin renunciar al rigor documental.
P.: ¿Algún proyecto en el que esté trabajando ahora mismo y del que pueda hablarnos?
R.: Sí, en estos momentos estoy trabajando en una nueva novela histórica titulada La toma de Sevilla (El río de los vencidos), ambientada durante el asedio y conquista de Sevilla por Fernando III entre 1247 y 1248. Lo que me interesa es observar aquel acontecimiento desde el interior de la ciudad sitiada y dar voz a quienes normalmente permanecen en segundo plano: los habitantes de Sevilla que tuvieron que soportar meses de hambre, miedo, enfermedad e incertidumbre. La novela muestra cómo una guerra transforma poco a poco la vida cotidiana.
También me interesa mostrar la extraordinaria diversidad humana de la Sevilla del siglo XIII: musulmanes, judíos, mozárabes y cristianos compartiendo una misma ciudad en uno de los momentos más dramáticos de su historia. Más allá de sus diferencias, todos experimentan las mismas emociones fundamentales: el amor, el miedo, la esperanza, la pérdida y el deseo de sobrevivir. Aspira a ser una reflexión sobre el sufrimiento humano en tiempos de guerra y sobre la capacidad de las personas para conservar la dignidad, la compasión y la esperanza incluso cuando todo parece perdido.
P.: Para terminar, ¿cómo se describe como escritor y como persona?
R.: Como escritor me considero, ante todo, una persona curiosa. Alguien que sigue haciéndose preguntas. Me atraen la historia, la literatura, la espiritualidad y, sobre todo, el ser humano. Si tuviera que resumirme en una sola palabra, probablemente elegiría «buscador». En el terreno religioso me siento más próximo a la búsqueda que a las certezas absolutas. Creo profundamente en la dimensión espiritual del ser humano y en que la verdad es demasiado grande para quedar encerrada por completo en una sola fórmula.
Como persona soy bastante sencillo. Con los años me he vuelto más reservado; algunos amigos dicen que me he convertido en una especie de ermitaño. Me gusta la soledad porque es el lugar donde nacen muchas de las historias que luego terminan en mis libros. Sigo pensando que la bondad es mucho más abundante de lo que solemos creer. Soy un escritor que sigue buscando la verdad, sabiendo que muchas veces se esconde detrás de las appearances y de los prejuicios, y que la literatura sigue siendo uno de los caminos más hermosos para acercarnos a ella.
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