
Hoy nos visita en la Jungla el poeta y filólogo Mario García García para hablar, entre otras cosas, sobre su poemario, Canciones del centinela perdido:
«La figura del centinela recorre olivares, montes y noches abiertas, como el custodio de una ausencia a la que todos regresaremos alguna vez.
En Canciones del centinela perdido, la poesía se convierte en vigilia, en experiencia límite. Sus cantos hablan del amor, de la muerte, del cuerpo, de la memoria y de la extrañeza de existir; erigiéndose como testigo de aquello que nos crea y, al mismo tiempo, nos rehúye. Bajo la vida cotidiana late algo indomesticable, imposible de reducir a conceptos o consuelos.
Un viaje poético por la intemperie donde aún arde la pregunta por lo absoluto.
Versos para quienes se atreven a mirar al silencio de frente».

Pregunta: Canciones del centinela perdido es un título cargado de resonancias simbólicas y poéticas. ¿Cómo nace este libro y qué impulso íntimo o literario le llevó a escribirlo?
Respuesta: Nace, como todo lo que escribo, de una necesidad: si no escribo me encuentro a disgusto conmigo mismo. Prefiero escribir, aunque todo acabe en la papelera, a no escribir. Estas Canciones son una cristalización de una muy vieja preocupación mía por el problema de la trascendencia y de las limitaciones del lenguaje. El hombre tiende por naturaleza siempre a un más, tiende a la vida y a lo que la supera. Pero esa tendencia es difícilmente expresable. El uso poético del lenguaje es la única posibilidad de acercarse a ese más. Mi centinela está perdido porque los aparatos simbólicos de las religiones universales no le valen. Pero no deja de ser un centinela, siempre avizorando el horizonte, con una fuerte pulsión de merodeo que le lleva a buscar valores y sentidos de esa trascendencia nunca abandonada, porque nos constituye.
P.: ¿Qué cree que puede encontrar el lector en estos versos que convierta su lectura en una experiencia necesaria o reveladora?
R.: Yo he intentado acercar mi experiencia de la trascendencia a una relación especial con el paisaje. Quisiera que mis versos ayudaran al lector a descubrir la mirada del centinela perdido: sin certezas ni dogmas, la mirada tiene, sin embargo, una forma que se adapta para ver lo aún no visible, lo no manifestado pero latente. Creo que es una consecuencia natural del uso poético del lenguaje: al desinstrumentalizar la herramienta lingüística, el hablante dispone ahora no de un medio de comunicación, sino de un espacio de experiencia para que lo no lingüístico sea accesible.
P.: En este poemario aparecen de forma recurrente símbolos como el olivar, el fuego, la sangre, la muerte o la figura del centinela. ¿Qué papel desempeñan estos elementos dentro de la arquitectura emocional y simbólica de la obra?
R.: Más que de símbolos, yo hablaría mejor de imágenes. Un símbolo es una surgencia que no pertenece al escritor. Mis imágenes vienen de símbolos, claro: el fuego, la sangre, apuntan a la incontenible reproducción de la vida; la muerte es siempre imagen de un límite pero no de un final; el olivar está tomado de mi contacto cercano con el paisaje: desde mi infancia he vivido en proximidad con el monte y abundan los olivares. En este libro el olivar es también de inspiración evangélica, siendo el lugar en donde el mito cristiano sitúa a su dios dudando de dios mismo. Para mí, estos pasajes neotestamentarios son de un interés muy grande para orientarnos en nuestra vida humana. Como ateo, me niego a renunciar a mi herencia cultural. Soy, quiéralo o no lo quiera, cristiano. El mensaje del cristianismo que merece ser conservado es el de un dios que tiene cuerpo. Este es el verdadero escándalo: un dios que tiene cuerpo es algo inconcebible para cualquier religión, excepto para el cristianismo. Que dios tenga cuerpo quiere decir que hay una identificación posible entre el animal humano y dios. Y entre el animal y dios. Y entre el vegetal y el mineral y dios. Siguiendo la tradición aristotélica de las tres almas (vegetativa, sensitiva y racional, presente, por ejemplo en Lo fatal, de Rubén Darío), encontramos que un dios que tiene cuerpo participa de esas determinaciones corporales del animal humano. Dios, como rabí marginal, duda en el Monte de los Olivos y, como reo de muerte, duda en el momento mismo de fallecer. Después del Hijo no viene el Padre, viene el Espíritu, es decir, la ekklesía, la comunidad. Mi centinela no ignora nada de todo eso. Sufre y duda, y con su dudar y su sufrir, performa una comunidad. Pero no es una comunidad negativa del sufrimiento y de la duda. Es una comunidad positiva que persigue la emoción de un contacto que reconoce al otro como otro y como semejante, de una concordia, de un no dar lo humano por perdido.

P.: Su poesía mantiene un diálogo constante con la tradición mística, bíblica y filosófica, pero al mismo tiempo posee una sensibilidad muy contemporánea. ¿Cómo logra armonizar esas raíces simbólicas y espirituales con una mirada tan vinculada al presente?
R.: Agradezco enormemente que se perciba una conexión entre mi obra y el tiempo presente. Es que yo pienso que ningún tiempo presente estuvo desvinculado de la tradición. Precisamente es muy necesario educar la sensibilidad en la escuela de la tradición para, repito, poder orientarnos en el presente. Estamos siempre atravesados por estructuras orgánicas, vivas, que son históricas y que dan coherencia a la historia. Constituyen los caminos posibles de salvación ante la casi omnipotente palabra del dinero y el algoritmo. El dinero y el algoritmo ofrecen versiones degradadas de esas estructuras vivas, como son la literatura o la filosofía convertidas en subproductos de la industria editorial. Alguien como mi centinela sabe reconocerlos y denunciarlos: son sucedáneos que niegan la vida al cortar el vínculo con la tradición. Por eso mi centinela está perdido, porque no existen referentes diáfanos que den valor y sentido.
P.: En Canciones del centinela perdido se reflexiona sobre la pérdida, la memoria y la trascendencia. ¿Considera que, aún hoy, en una realidad marcada por la inmediatez y el ruido, la poesía sigue siendo ese espacio privilegiado desde el que interrogarse sobre las grandes cuestiones humanas?
R.: El espacio natural de las preguntas es la filosofía. Ella garantiza la inacabable secuencia de un interrogante más. La poesía, hermana de la filosofía y de la matemática, alberga preguntas, claro, pero no esperan respuesta. La poesía permite al ser humano llegar al borde no lingüístico de su experiencia. En ese borde, las preguntas se desactivan porque a partir de allí comienza lo inexpresable vivido, la certidumbre sin forma, lo real intratable y cercano que roza el lenguaje. Creo que el único privilegio de la poesía es hacer borde, es decir, poder situar al sujeto hablante en el límite donde comienza una verdad no lingüística. Ese silencio lo compartimos los incrédulos, los creyentes y los que creen creer. La poesía es en este sentido exhaustiva, no deja a nadie atrás.
P.: En muchos momentos del poemario se percibe una tensión palpable entre el silencio y la propia palabra, entre lo que puede nombrarse y aquello otro que permanece inefable. En ese sentido, ¿usted escribe para intentar descifrar ese misterio o para convivir con él?
R.: Sin duda, para vivir con él. Una vida que se autoperciba como completamente expresada es una vida al borde de la alucinación psicótica. Porque estamos fundados en una falta que nos estructura, no es posible vivir de espaldas al silencio. Muy al contrario, el silencio es la condición de posibilidad de que pueda aparecer la palabra. Ocurre que las instancias de poder intentan siempre reducir al máximo ese silencio. Pienso en el insidioso y ubicuo hilo musical de espacios públicos. Ese sonido está diseñado con un fin muy claro. No es el resultado caótico de la organización social como el sonido del tráfico o de las obras. No. Es un arma que busca aniquilar el silencio para que, en lugar de la palabra, aparezca la mercancía. Lo propio de nuestro presente es que esa mercancía es el propio sujeto. Al obturarse su relación con el silencio, el sujeto contemporáneo queda objetualizado a la vez como consumidor y como proveedor de algoritmo.
P.: Como filólogo y poeta, convive diariamente con el lenguaje desde dos lugares distintos: el académico y el creador. Más allá de la técnica o de la tradición literaria, ¿qué cree que convierte realmente a alguien en poeta: la mirada, la sensibilidad o esa necesidad de nombrar aquello que otros no alcanzan a expresar?
R.: Me disculpo por decir que tengo serios problemas con la palabra poeta. Yo comprendo que a quien escribe poesía se le llame poeta, como al que pone ladrillos se le llame albañil. Pero en un uso más reflexivo del término, el poeta no coincide con la persona que escribe. Creo que en toda práctica artística hay una escisión en el sujeto que practica el arte. Ello se debe a que el artista nunca controla del todo sus materiales. Hay siempre una autonomía heterónoma o una heteronomía autónoma tanto en el lado del que practica el arte como del lado de sus materiales y su tradición. Entonces el poeta es más bien la voz que van a compartir el escritor y el lector. Una especie de tercera voz que a mí siempre se me presenta como femenina y materna. Luego, uno escribe como puede y no lo que quiere. Podría decirse que es escritor aquel que encuentra un alivio al escribir. Aunque esa descarga nunca sea del todo satisfactoria. Se da entonces el caso paradójico, pero no contradictorio, de que, a veces, no escribir es un momento del escribir.

P.:¿Cómo es su rutina a la hora de escribir?
R.: Suelo escribir siempre de noche. Una vez que ya tengo material suficiente, puedo trabajar con él prácticamente en cualquier situación. Prefiero escribir a mano. Pero no tengo problemas con el teclado. Sí es cierto que el estilo cambia si cambio de formato. He aquí un curioso ejemplo de autonomía de los materiales a partir del instrumento de transcripción. En general, del teclado salen textos más filosóficos y del papel más poéticos.
P.: ¿Hay algún libro que le hubiera gustado escribir, y por qué?
R.: El libro que siempre quisiera estar escribiendo. Por eso se sigue escribiendo. Porque ningún libro colma la falta. En otro orden de cosas, y por abandonar la poesía, admiro religiosamente a Proust y a Rulfo. En el mundo poético, Platero y yo, sin dudarlo.
P. : ¿Tiene autores de cabecera?
R.: Juan de la Cruz. Juan Ramón Jiménez. Pero también Celan, Rilke, Lezama, Montale, Keats, Hölderlin, Pessoa… La lírica popular, el romancero, Garcilaso, Góngora. Cervantes. Proust, Rulfo, Onetti. Lucrecio. Platón… Vivos, admiro a Karmelo C. Iribarren, a Sara Mesa… En filosofía le debo muchísimo a José Luis Villacañas Berlanga.
P.: ¿Algún proyecto en el que esté trabajando ahora mismo y del que pueda hablarnos?
R.: Tengo muchos materiales dispersos para algún libro de ensayo: tengo dos conjuntos, uno que agrupa textos bajo el título A la intemperie; otro montón salvaje quiere llamarse El cuchillo a contrapelo. Pero no sé qué será de ellos (¡ni de mí!). Este libro, Canciones de un centinela perdido, está en el límite de mi palabra desobrada. Yo tengo tres estilos muy diferentes entre sí. Mis libros publicados hasta hoy (La espalda del dragón, La palabra desobrada y Polvo de orfebre, junto con mi centinela de La Jungla de las Letras) son obras escritas con un lenguaje límite. Tengo una producción inédita no pequeña en prosa (consideraciones filosóficas, estéticas, reflexiones sobre ética y política… una miscelánea muy española) y unos libros de voz no desobrada, sino común y materna, como El sello del amor (un libro sobre mi experiencia de la paternidad y el tiempo) o Silencio abajo vive un hombre, entre otros muchos.
P.: Para terminar, y como siempre nos gusta hacerlo aquí en la Jungla de las Letras, háblenos un poco de usted, ¿cómo se describe como poeta y como persona?
R.: Yo no soy escritor, soy un hombre que escribe. Tengo un sentido musical de la autocrítica. Lo que no suena, se elimina. Lo que se publica, ya no lo leo, o muy escasamente, y muy de a poco. Yo me entrego a lo que el profesor Villacañas llama sublime psíquico: un objeto que no acaba y al que uno puede entregar la vida. La poesía es inacabable y mi escritura es una manera de vivir que organiza la pulsión de muerte, que está permanentemente recordándome: «vive, vive, vive; porque te vas». Uno de esos imperativos es el de la poesía; otro es el de mis hijos; otro es el del amor.
Trabajo, con ilusión no pequeña y con esperanza renovada en cada junio, como profesor de secundaria. Soy un solitario que vive en la mejor de las compañías, entregado a la pasión de la crianza de mis tres hijos y al cultivo de un prolongado amor. Por lo demás, de nobis ipsis silemus.
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