
Hoy nos visita en la Jungla el escritor Rafael Caunedo para hablar, entre otras cosas, sobre su novela, Desde esta azotea todo es diferente:
«Un viaje al corazón de los Pirineos donde el silencio de la nieve custodia secretos familiares que nunca debieron salir a la luz. A veces el destino es quedarse.
Jules Hurtado, un exitoso escritor francés en plena crisis creativa, recibe una inesperada llamada desde España informándole de la muerte de su padre, un completo desconocido para él.
Desde París viaja a Benasque, en el Pirineo aragonés, donde el mal tiempo le obliga a pernoctar en la casa paterna. Aunque su intención es regresar de inmediato tras cumplir con el papeleo de la herencia, una serie de circunstancias se lo impiden. Lo que iba a ser una estancia breve se convierte en meses, donde recupera, incluso, la inspiración perdida. Mientras tanto, en Estados Unidos, su mujer Claudie —una prestigiosa chef— ultima los detalles para abrir su nuevo restaurante en Nueva York.
En pleno invierno, entre cumbres nevadas y valles en hibernación, Jules comienza a caminar por la cuerda floja y a su alrededor todo se vuelve inestable y confuso. Se cruza con un abanico de personajes que ven en él una oportunidad para sus intereses. Su presencia, casi exótica, le convierte en el centro de todas las miradas. Y de muchas peticiones. Algunas logra esquivarlas; otras, sin embargo, terminan por atraparlo.Una envolvente novela sobre la fragilidad de la identidad ».

Pregunta: En su novela, podríamos decir que la azotea del hotel Bürgenstock se presenta como un lugar de observación privilegiado, casi fuera del tiempo. Usted, como autor que también habita el mundo de la pintura, ¿hasta qué punto considera que el escritor necesita, como su protagonista, alejarse del ruido del mundo y buscar una «azotea» personal para poder ver la realidad con una nitidez diferente?
Respuesta: El oficio de escritor consiste básicamente en meterte en la mente de otros. Creas personajes que pueden tener particularidades en común contigo o no. Se trata de analizar cómo sería la vida haciendo que otros se comporten de manera diferente a como lo harías tú. Esto requiere distancia y perspectiva. Tomarte tu tiempo para valorar si las reacciones encajan con una personalidad ajena a ti. En ese sentido, los escritores estamos en una azotea. Es algo simbólico. Puedes llamarlo silla de director, si quieres, como en las películas de cine clásico. Esa es tu silla, solo tuya. Desde la azotea tengo visión panorámica. En la novela, es mi personaje el que tiene acceso a ella. Desde allí puede mirar hacia cualquier punto del horizonte, que es su vida, la pasada y la que le espera, o cree esperar. Digamos que es el mejor lugar para tomar decisiones.
P.: ¿Qué argumentos les daría a aquellos lectores que aún no conocen su obra para convencerlos de que «Desde esta azotea todo es diferente» es la lectura que necesitan leer en este preciso momento?
R.: Me suena un poco pretencioso decir que necesitan leer la novela. Me basta con que tengan curiosidad por meterse en la piel de un tipo que pensaba estar dos días en un lugar y al final se quedó un invierno completo. Un hombre que, sin pretenderlo, tiene que elegir. Y todos sabemos que con cada elección algo se queda atrás.
P.: Al principio de la novela vemos a Jules Hurtado, un escritor famoso, bloqueado en la página siete de su manuscrito. Querría hacerle una pregunta, usted, que también se dedica profesionalmente a formar a otros escritores, ¿ha volcado de alguna manera en este personaje sus propias reflexiones sobre ese desasosiego que surge cuando la ficción se resiste a avanzar? ¿Cómo se sale de ese bloqueo?
R.: Generalmente, los escritores estamos llenos de dudas. Es un trabajo intenso y largo. En el camino es normal encontrar fases de aceleración, de vértigo, de subidón, de obsesión, de incertidumbre, de frustración incluso. A veces, por razones que cada uno debe entender, sentimos que nos perdemos. Bien, no hay que dramatizar. Lo importante es retomar la senda. No hay una única manera de hacerlo. Cada autor tendrá su propia brújula. Lo importante es querer seguir. Para ser escritor no vale con escribir, hay que vivir como un escritor, mirar como un escritor de manera permanente. Si perdemos eso, perdemos el oficio.
P.: La trama arranca con un sentimiento de culpa asfixiante tras un accidente y la muerte de un padre con el que no había trato alguno. En este escenario, ¿cree usted que es posible hacer el duelo por alguien a quien no se ha querido, o la novela es en realidad el proceso de descubrir que el olvido también es una forma de herencia?
R.: El padre del protagonista le abandonó cuando era un niño y solo volvió a tener contacto con él tras su muerte. Para Jules, su padre es una entrada en el registro, en el que un funcionario así lo rubricó con su firma. Nada más. Un garabato. Sin embargo, las circunstancias hacen que el padre, incluso muerto, le inste a quedarse. Jules no siente nada por su padre. Su muerte es un nombre en la lápida de un cementerio a miles de kilómetros de su casa. No hay duelo. Jules no trata de olvidar nada porque está demostrado que las cosas que con más ahínco pretendemos olvidar son las que mejor recordamos.
P.: Casi la totalidad de la trama en la novela ocurre en Benasque, un lugar en las antípodas del París habitual del protagonista; un escenario que para Jules no es un refugio, sino casi una imposición de la que desea escapar cuanto antes para volver a su vida urbana. ¿Por qué eligió este lugar tan concreto? ¿Cree que ese aislamiento de la montaña, aunque fuera involuntario, terminó siendo un bálsamo para la crisis personal que atraviesa su protagonista?
R.: Tenía claro que buscaba un lugar de montaña y en pleno invierno. Me pareció que el Pirineo aragonés es un lugar idóneo. Es hermoso y, además, te permite jugar con la soledad. Ese escenario era el ideal. Hablo de soledad, no de aislamiento. Benasque tenía todo aquello que necesitaba para que el protagonista se descolocara. No todo lo importante se decide a lo grande. Las pequeñas decisiones podrían cambiarnos la vida, y Benasque y sus gentes son una buena excusa.
P.: Hablemos un poco de esas otras «realidades» que aparecen en su novela. Por ejemplo de los cuidados y la enfermedad a través de los personajes de Marta y Candela. ¿Fue su intención utilizar la ficción para dar visibilidad a esa abnegación silenciosa y al impacto emocional que supone para una familia convivir con una enfermedad como la ELA?
R.: La atención a un enfermo de ELA es uno de los varios temas que van surgiendo en la novela. Detrás de un diagnóstico como ese, hay un mundo que se desconoce. Utilizo la novela para dar algo de visibilidad, a la vez que es un tema tan humano que me gusta para crear vínculos entre personas. En realidad, la novela va sobre los vínculos afectivos. Los hay de muchos tipos. Pensamos que solo es el amor, pero el amor es solo uno de ellos. Amar es fácil, lo difícil es quedarse cuando pasa lo emocionante. Entonces cómo se llama a eso. Los afectos, las uniones entre personas que no se conocen me incitan a escribir sobre ellos.
P.: Jules confiesa que para él «estar fuera de casa era liberador» y disfruta de la transitoriedad de los hoteles. ¿Considera usted que esa mirada de «invitado» o «extraño» es una herramienta necesaria para el novelista a la hora de diseccionar las emociones ajenas?
R.: Yo no comparto todo lo que hacen mis personajes. Digamos que vivo en otredad. Jules llega a un lugar para pasar desapercibido y, dado su toque excéntrico y algo exótico, consigue lo contrario. Su vacío vital temporal se va llenando de manera inesperada. Tal vez lo mejor de la vida siempre nos pasa de manera inesperada. Lo programado suela fallar. La casualidad como elemento inexorable de nuestro devenir.
P.: ¿Cómo es su rutina a la hora de escribir?
R.: Aquí voy a ser poco original: escribo cuando puedo, principalmente prefiero la mañana, pero no siempre. Soy anárquico. Me pongo y ya está.
P.: ¿Qué libro le hubiera gustado escribir, y por qué?
R.: Extinción, de Thomas Bernhard. Y luego hubiera dejado de escribir.
P.: ¿Tiene autores de cabecera?
R.: No. Leo de todo. Creo en lo híbrido, las mezclas, las combinaciones. De todo aprendo.
P.: ¿Algún proyecto en el que esté trabajando ahora mismo y del que pueda hablarnos?
R.: ¿Literario? No conozco a ningún escritor que no tenga nada entre manos. Yo no voy a ser menos.
P.: Para terminar, y como siempre nos gusta hacerlo aquí en la Jungla de las Letras, háblenos un poco de usted, ¿cómo se describe como escritor y como persona?
R.: No sabría…, buf…, mejor me subo a la azotea y me miro desde allí.
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