4 de marzo de 2024

No entiendo nada de leyes, ni de derecho ni del revés, probablemente lo que estoy escribiendo en este momento no sirve ni como relleno para un episodio del mítico programa de Telemundo “Caso Cerrado”, de la doctora Ana María Polo. Pero allá voy…
Este pasado lunes nos levantamos con la noticia, trágica, de la muerte por arma de fuego de una mujer y su marido en Albuñol (Granada), presuntamente un nuevo crimen de violencia de género. Cuando leo estas noticias no puedo evitar preguntarme si la política sobre violencia de género en este país, en España, está siendo efectiva, si realmente estas políticas proporcionan un bien tangible a la mujer. Cada año se están aplicando medidas y políticas de género mejor financiadas y legisladas, por lo menos en estos últimos, pero no hay contraprestación estadística que demuestre que estas acciones tengan un resultado favorable. La violencia contra las mujeres no disminuye, el dato que aporta el INE refleja que desde 2013 el número de mujeres que fueron víctimas de violencia de género no hizo más que subir, con la salvedad de 2020, año de la pandemia, que bajó sensiblemente para volver a subir en 2021. No son datos halagüeños. Creo que hay un error de fondo en todo este galimatías jurídico, social, político, en el que se ha convertido el debate sobre la violencia de género. Para mí ese error está claro: señalar como causa del problema precisamente a la cuestión de género. (Antes de que me degüellen, intentaré no divagar y explicarme con la suficiente claridad y concierto… algo complicado en mí, por otra parte). No se puede reducir la causa de un problema social al hecho de ser mujer: nos golpean, nos maltratan, nos pegan, nos matan, por ser mujeres. Eso no es una razón, no es una causa científica ni absoluta. No se puede reducir una problemática a una cuestión (me temo que ideológica) de guerra de sexos: hombres malos contra mujeres por ser mujeres. Eso es una tontería. La sensación que se tiene desde el otro lado de la barrera es que los políticos que nos legislan se han acomodado en un discurso oficial que varía según el color de las siglas.
Por ejemplo, un hombre que es maltratado, sicológica o físicamente por su pareja o expareja (siempre que sea una mujer), si va al cuartelillo a denunciar la agresión, los agentes siempre le “aconsejan” que trate de arreglar las cosas por las buenas, que no se le ocurra poner una denuncia contra su mujer porque probablemente hacerlo le cause más problemas que beneficios, le dicen sin ningún tipo de tapujo que su “agresora” podría tomar represalias y denunciarle a su vez, aunque sea una denuncia falsa, y en ese caso nadie le libraría de dormir como mínimo una noche en el calabozo. Y no me estoy inventando nada. Un hombre que es maltratado por su pareja o expareja, siempre que sea una mujer, no está igual de amparado por la ley que una mujer que es maltratada por un hombre que es o ha sido su pareja. Y eso es así. Digan lo que digan. Y no me vale que me cuenten la milonga de que hay una diferencia sustancial entre violencia de género y violencia doméstica. Bla bla bla
Cuando los legisladores entiendan que la violencia sin etiquetas es la que hay que combatir, es decir la violencia física y psicológica cuando hay o ha habido una relación afectiva o sentimental análoga a la conyugal entre un agresor (sea del género que sea), y una víctima (sea del género que sea), en todas sus combinaciones posibles, cuando entiendan eso, probablemente legislaran mejor y nuestra sociedad dará un paso de gigante en la lucha contra la violencia de género. Estoy cansado de escuchar a políticos, a tertulianos, y a unos y a otros, divagar y perder el tiempo en justificar, cada cual a su manera, su retórica legislativa o ideológica, sin aportar realmente nada que pueda poner fin al problema, o por lo menos aliviarlo.

El problema de la violencia de género no es un problema de etiquetas, ni de enunciados.

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