
Hoy nos visita en la Jungla el escritor Carlos Luria para hablar, entre otras cosas, sobre su última novela, Epopeya.
«Un colosal meteorito se dirige a la Tierra. Como era de esperar, los terrícolas prestan más atención a las redes sociales o a sus rencillas cotidianas que al bólido inesperado. Cuando la amenaza es inminente, la humanidad despierta, pero ya es tarde: solo unos pocos logran salvarse en una peculiar flota estelar.
En un escenario distópico y satírico transcurre Epopeya (Editorial La Jungla de las Letras), la nueva novela del periodista, guionista y novelista Carlos Luria.
A bordo de la maltrecha nave española viaja Óscar, un polizón colado por carambola del destino, devoto lector de Danielle Steel y perpetuamente pasmado. En su delirante periplo se enfrentará al cosmos y a las chapuzas de la tecnología patria, cruzará un agujero de gusano, conocerá a unos temibles alienígenas, acabará con una orquesta completa y se enamorará locamente. Todo ello mientras lucha contra su abulia para convertirse en pieza clave de esta epopeya espacial.
A través de esta crónica, la novela construye una sátira brillante sobre la fragilidad de las instituciones, la ineficacia de los discursos oficiales y la rendición de una sociedad atenazada por la ligereza. En Epopeya, Carlos Luria despliega una finísima y descacharrante aventura cósmica sobre la condición humana que nos recuerda que, incluso al borde de la extinción, el verdadero peligro para el hombre no son los asteroides, sino su incurable tendencia al absurdo.
«El problema de la humanidad no son los asteroides; es la humanidad misma».
Con una estructura envolvente, un ritmo vertiginoso y una prosa afilada impregnada de humor e ironía, Epopeya invita al lector a reflexionar sobre los vínculos familiares, el peso de los recuerdos y la capacidad del ser humano para encontrar refugio en lo imprevisible».
Pregunta: Epopeya parte de una premisa aparentemente sencilla pero de enormes consecuencias: ¿qué ocurriría si la humanidad tuviera que enfrentarse a la posibilidad real de desaparecer? ¿En qué momento sintió que esa era la historia que quería contar?
Respuesta: No fue un momento concreto, sino una suma de perplejidades acumuladas durante años que al final se desbordaron. La humanidad es capaz de prodigios asombrosos, pero tengo la impresión de que de un tiempo a esta parte se está esforzando en demostrar que también es capaz de enviarlo todo al cuerno. El antropólogo y arqueólogo Eudald Carbonell dijo en una ocasión que el hombre es una especie tan inteligente como estúpida, una fascinante esquizofrenia evolutiva que como narrador (y como ser humano) me inquieta y me interesa. Para mostrar bien a las claras todo este desaguisado recurrí al peor escenario de todos, que narrativamente tenía mucha fuerza. Y como no soy ni antropólogo ni arqueólogo opté por el humor, que es un método muy adecuado para desnudar vergüenzas.
P.: Si tuviera que presentar Epopeya a alguien que todavía no conoce su obra, ¿qué le diría para despertar su curiosidad y convencerle de que se adentre en la novela?
R.: Le diría que es una novela de ciencia ficción apasionante hecha no solo para los que aman la ciencia ficción, sino también para los que aman al ser humano y al milagro del humor. Los mecanismos de la aventura son relativamente sencillos, pero el humor es muy difícil de practicar, sobre todo ese humor que camina por el estrecho pasillo que se abre entre la frivolidad, el drama y la trascendencia. Unamuno, que era un escritor muy divertido cuando quería, cuenta en el prólogo de Niebla, escrito en 1935, que había una vez un párroco rural que contaba la pasión de Jesús, y lo hizo con tanta vehemencia que la parroquia se puso a llorar a moco tendido. Y entonces el párroco les dijo: «Bueno, no se pongan así, que total eso pasó hace diecinueve siglos».
P.: En la novela hay asteroides, viajes espaciales, inteligencia artificial, clones y civilizaciones extraterrestres, pero también aparecen cuestiones muy humanas como la soledad, la pérdida, la identidad o la necesidad de encontrar un sentido a la existencia. ¿Era importante para usted que la ciencia ficción funcionara como un vehículo para hablar, en realidad, de nosotros mismos?
R.: Creo que la buena ciencia ficción no habla solo del futuro, sino también del presente. Yo puedo colocar a mis personajes en una nave espacial rumbo a lo desconocido, y eso puede ser una aventura adictiva y tecnológicamente sorprendente, pero esos personajes tendrán las mismas dudas, las mismas inquietudes y los mismos sentimientos que tiene ahora mismo cualquier lector. Porque son humanos. De ahí que la ciencia ficción bien hecha sea perfectamente reconocible por los lectores. Por ejemplo, en los años cincuenta se popularizó el subgénero de los bichos antediluvianos surgidos de explosiones nucleares. ¿Alguien duda de que ese subgénero de la ciencia ficción era un reflejo del miedo generalizado a las armas nucleares?

P.: El humor atraviesa incluso algunos de los momentos más extremos y trágicos de la novela. ¿Qué posibilidades ofrece el humor a la hora de abordar asuntos tan serios como la destrucción de un planeta, la muerte o la decadencia de la humanidad?
R.: El humor es la mejor arma que nos ha ofrecido la evolución para enfrentarnos a nosotros mismos. Hablo de un humor inteligente, no de los chistes de Lepe. Donde no hay sentido del humor hay doctrina y fanatismo. El humor es esperanza, es perspectiva, es un antídoto contra la desesperación de sabernos una motita de polvo casual que flota en un vacío inmenso. Contaré una historia personal: hace años nos disponíamos a lanzar al mar las cenizas de una persona de la familia, cumpliendo sus deseos. Abrimos la urna y la volcamos, con tal mala fortuna que en aquel preciso momento se levantó un golpe de viento y envió las cenizas a nuestras caras. Parecíamos payasos. Nunca me he reído tanto en mi vida. Y cada vez que recuerdo al difunto esgrimo una sonrisa. El humor es un pararrayos muy solvente.
P.: Óscar es un personaje peculiar; comienza siendo un hombre aparentemente insulso, pasivo, sin grandes pretensiones ni expectativas y con una relación bastante particular con el mundo que le rodea, pero las circunstancias le obligan a tomar decisiones que transformarán su vida. ¿Hasta dónde puede cambiar una persona cuando las circunstancias la obligan a salir de la vida que había elegido?
R.: Las personas no cambian, eso lo dejamos para los libros de autoayuda. Lo que hacen es evolucionar para adaptarse. La adaptación es el santo y seña de la selección natural, y si no que se lo digan a las cucarachas o a las bacterias termófilas, que viven a más de cien grados sin pestañear. Óscar es un pringado, pero un pringado muy listo que comprende que su única arma contra la adversidad es la adaptación. Reflejar este proceso y hacerlo verosímil ha sido uno de los retos de la novela.
P.: Hay en Epopeya una mirada muy crítica hacia determinados comportamientos humanos: nuestra tendencia a ignorar aquello que nos incomoda, nuestra necesidad de buscar culpables o nuestra dificultad para asumir que no controlamos nuestro destino. ¿Hasta qué punto seguimos comportándonos de la misma manera cuando aquello que está en juego es nuestra propia supervivencia?
R.: Un aspecto que he querido dejar claro en la novela es que un humano nunca dejará de ser un humano por mucho que se empeñe. Estamos encadenados a nuestro ADN. Un ejemplo: la IA va a suponer claramente un hito histórico para el hombre, como lo fue en su día el fuego, el eje entre dos ruedas, la agricultura, la imprenta, etcétera. Pues bien, en la actualidad más de la mitad de la inversión mundial en IA se destina a la carrera armamentística. Qué le vamos a hacer: venimos de los primates, y la mayoría de los primates son territoriales y agresivos. Lo que quiero decir es que como especie nos comportamos igual, con nuestras bondades y nuestras maldades, aunque la supervivencia esté en juego.
P.: La literatura tiene además un papel especial dentro de la propia novela. Los libros, la figura de la madre de Óscar y, finalmente, la propia escritura terminan adquiriendo una importancia que va más allá de lo puramente narrativo. En una novela que plantea la posibilidad de que la humanidad tenga que empezar de nuevo, ¿qué pueden salvar los libros que no pueda salvar la tecnología?
R.: Opino que en el arte reside lo más bello del alma humana. En los cuadros, las partituras, las esculturas, los edificios, los libros. ¿Cuántos libros leen al año todos esos influencers que andan lanzando por las redes mensajes de odio, de humillación o de desprecio? ¿Cuántos libros leen los antivacunas, los terraplanistas o los que dicen que el cáncer se cura bebiendo agua de mar? Los libros pueden salvar, insisto, lo más bello de nuestra alma. Siempre que no se trate del Mein Kampf, claro.

P.: ¿Cómo es su rutina a la hora de escribir?
R.: Tanto si escribo guiones como novelas, me planto ante el teclado todas las mañanas después de desayunar y de repasar la actualidad. Tanto en invierno como en verano, procuro que la ventana esté abierta, es una manía. Cada media hora, aproximadamente, me levanto y hago cosas para que la espalda no se me quede como la mojama. Por las tardes doy clases a los alumnos de mi taller de escritura, así que entonces no puedo escribir. Y la mayoría de las noches, después de cenar, pienso en lo que he escrito y en cómo puedo mejorarlo.
P.: ¿Qué libro le hubiera gustado escribir, y por qué?
R.: De lejos, pero de lejos, El Quijote. ¿Por qué? Porque es la novela más gamberra y más lúcida de cuantas se han escrito, y eso que está llena de despistes. Es una pena que la gente tenga pánico a su antigüedad.
P.: ¿Tiene autores de cabecera?
R.: En no ficción, Carl Sagan. Él me enseñó a amar el Universo. En ficción, la verdad es que no tengo autores de cabecera, al menos fijos. En ocasiones me dan enajenaciones y me pongo a leer todo lo que encuentro de un autor determinado, desde Stephen King a Michel Houellebecq o García Márquez, pasando por Vázquez Montalbán, Miguel Mihura, Gloria Fuertes o Ian McEwan. Pero luego se me pasa. De hecho, a medida que uno lee se da cuenta de lo mucho que le queda por leer y del poco tiempo del que disponemos para tener autores de cabecera.
P.: ¿Algún proyecto en el que esté trabajando ahora mismo y del que pueda hablarnos?
R.: Hay un proyecto, también es de humor y está subido a la cima del Monte Sinaí. Pero hasta aquí puedo leer.
P.: Para terminar, y como siempre nos gusta hacerlo aquí en La Jungla de las Letras, háblenos un poco de usted, ¿cómo se describe como escritor y como persona?
R.: Como persona, creo que lo de «conócete a ti mismo» es tremendamente aburrido, así que solo puedo decir que me gustan el chocolate, mirar las musarañas y subir montañas. Como escritor, soy meticuloso y exasperantemente lento, tanto si escribo un guion como una novela. Digamos que mi ingenio es muy perezoso. Y, sobre todo, soy un escritor que siempre ha tenido claro que el humor es una cosa muy seria cuyos mecanismos uno nunca acaba de dominar del todo, por mucho que posea un cierto talento natural. Lo que pasa es que en este sentido he tenido buenos maestros. Un ejemplo: en cierta ocasión, cuando era adolescente y vivía aún en casa de mi madre, regresé a altas horas de la madrugada bastante cubierto de vendas, porque había tenido un accidente en moto. Ninguna herida era grave, pero mi aspecto era realmente lamentable. Mi madre dio un grito cuando me vio, le conté cómo me había ido de bruces contra el asfalto, la tranquilicé, etcétera, y al final de todo a ella no se le ocurrió otra cosa que preguntarme: «Bueno, ¿pero al menos has cenado?».
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