
«La abuela es la madre de nuestra madre. Antes de venir a vivir a su casa no sabíamos que nuestra madre aún tenía madre. Nosotros la llamamos abuela. La gente la llama la Bruja. Ella nos llama “Hijos de perra”».
Ambientada en una Europa desolada por la guerra, la historia sigue a dos hermanos gemelos que son enviados a vivir con su abuela a un pueblo fronterizo, en un intento desesperado de su madre por alejarlos del conflicto en la ciudad y de la miseria. Sin embargo, la guerra acaba alcanzando a todos a su alrededor. Para sobrevivir al abandono y la brutalidad que los rodea, los niños deciden emprender un estricto programa de autoeducación física y mental que les obliga a soportar insultos, golpes y ayunos.
Esta experiencia del trauma se refleja de forma magistral en la estructura misma de la obra. Ágota Kristóf recurre a un narrador en primera persona del plural —un «nosotros» coral y simbiótico— que actúa como un escudo psicológico. En esta voz colectiva no existe la individualidad; ambos hermanos registran los hechos sin mostrar emociones propias:
«Para decidir si algo está “bien” o “mal”, tenemos una regla muy sencilla: la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos. Por ejemplo, está prohibido escribir: “la abuela se parece a una bruja”. Pero sí está permitido escribir: “La gente llama a la abuela bruja”».
Este recurso literario está íntimamente ligado al propio contexto de la autora. Ágota Kristóf escribió esta obra desde el exilio. Tras huir de Hungría en 1956 debido a la represión soviética, se estableció en Suiza, donde tuvo que aprender francés ya en la edad adulta. Al no dominar el idioma a la perfección y sentirlo como una lengua impuesta —una “lengua enemiga”, como ella misma la llamaría—, Kristóf adoptó una escritura desnuda, reducida a lo esencial. Algo similar le ocurre a estos gemelos, obligados a embrutecerse para sobrevivir, imponiéndose el ejercicio de escribir un diario, El gran cuaderno, con la misma sobriedad:
«Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos».
Esa asepsia es, precisamente, lo que hace que la lectura te transmita una emoción helada.
Una novela que es en sí misma un alegato antibelicista que contiene uno de los pasajes más impactantes sobre el lugar invisible de las mujeres en las guerras, relegadas a sufrir toda clase de violencia y a sostener la vida sin ningún reconocimiento:
«—Tú, cierra el pico. Las mujeres no han visto nada de la guerra.
La mujer dice: —¿Que no hemos visto nada? ¡Imbécil! Nosotras haremos todo el trabajo, tenemos todas las preocupaciones: alimentar a los niños, cuidar a los heridos… Vosotros, una vez que acaba la guerra, sois todos unos héroes. Muertos: héroes. Supervivientes: héroes. Mutilados: héroes. Y por eso habéis inventado la guerra vosotros, los hombres».
A lo largo de los tres libros que componen la trilogía (El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira), Kristóf nos habla también de la construcción de la identidad, del exilio y la memoria. Los dos primeros libros me parecieron brillantes, pero debo reconocer que en el tercero se complica un poco el hilo narrativo y fluye peor.
No quiero dejar de compartir otro fragmento devastador que nos habla del impacto brutal que deja en nosotros la violencia y la muerte, de cómo el trauma es un lugar en el que, si no pedimos ayuda, podemos quedar atrapados para siempre:
«El verano es espantoso. En verano, la muerte está mucho más cerca. Todo se seca, se sofoca, se inmoviliza. Hace ya cuatro años que “ellos” mataron a Thomas. En el mes de agosto, muy temprano por la mañana, al amanecer. “Ellos” lo ahorcaron. Lo más inquietante es que “ellos” vuelven cada verano. Al amanecer, cuando tú regresas a casa, voy a la ventana y los veo. “Ellos” vuelven, aunque no se puede matar varias veces a la misma persona».
Uno de los relatos antibelicistas más impactantes que he leído, que nos sumerge de lleno en los límites de la condición humana. No os lo podéis perder.

Paula Gonzalo (escritora, periodista y coach). Coautora del podcast La Hora Dickinson y directora de PeriodismoCiudadano.com. Autora de Terradraga (Minotauro, 2024; finalista del Premio Azagal) y la saga Tex Patton (Destino). Con amplia trayectoria cultural en Cadena SER.