
Las sociedades no se precipitan al abismo. Se deslizan hacia él mientras se dice que todo sigue siendo normal.
Ningún pueblo despierta una mañana en una dictadura. Antes hay un periodo más sutil, más silencioso, casi imperceptible. Un tiempo en el que todavía hay elecciones, aún funcionan las instituciones, todavía se pronuncian palabras como libertad y democracia… pero algo íntimo empieza a resquebrajarse: la forma en que miramos al otro.
La historia no se repite, pero tiene un eco que atraviesa décadas como un latido grave.
En la Europa de entreguerras no empezó todo con campos, uniformes ni guerras. Empezó con frases. Con chistes. Con titulares. Con la idea de que había personas que «no encajaban», que eran una carga, una amenaza, un problema cultural. El primer desplazamiento no fue territorial, fue moral. Cuando alguien deja de ser vecino y se convierte en categoría, la compasión empieza a diluirse sin hacer ruido.
En la Alemania de los años treinta, muchas de las primeras decisiones parecían administrativas, casi técnicas: registros, controles, identificaciones «preventivas». Todo envuelto en la promesa de orden y recuperación. Muchos ciudadanos no se sintieron cómplices. Solo pensaron que eran medidas duras en tiempos difíciles. La brutalidad llegó después; pero antes ya había llegado algo más peligroso: la costumbre.
En la Unión Soviética de Stalin, el proceso tuvo otro rostro, pero el mismo fondo humano: el miedo. El Estado se erigía como protector de un bien superior que justificaba cualquier exceso. La sospecha se instaló en las casas, en las conversaciones, en los silencios. Cuando una sociedad aprende a callar por prudencia, la libertad ya ha empezado a marcharse.
En América Latina, las dictaduras no nacieron de la nada. Primero apareció el lenguaje del «enemigo interno». Después, la idea de que algunos derechos podían suspenderse para salvar a la nación. La excepción se convirtió en norma. Y cuando las madres comenzaron a buscar a sus hijos desaparecidos, el aparato ya era una máquina.
Nada de esto empezó con una explosión. Empezó con un desplazamiento de sensibilidad.
Eso es lo que hace que el presente duela de una forma tan difícil de explicar. Lo que estamos viendo hoy no es solo un endurecimiento político; es un cambio en el umbral de lo que nos parece tolerable.
Un niño detenido deja de ser un escándalo moral para convertirse en argumento. Una niña sola ante un juez deja de ser una herida para ser un trámite. Un hombre abatido en el suelo deja de ser una tragedia para convertirse en debate técnico. Y ahí es donde la historia nos mira con una pregunta que quema:
¿En qué momento empezamos a racionalizar lo que antes nos habría quitado el sueño?
El autoritarismo del siglo XXI no necesita marchas militares ni discursos interminables desde los balcones. Necesita algo más sencillo y más devastador: nuestra fatiga emocional. El autoritarismo necesita que estemos demasiado cansados para indignarnos, demasiado saturados para sentir, demasiado polarizados para reconocer al otro como humano antes que como adversario.
Los líderes con pulsiones autoritarias no se presentan como opresores. Se presentan como salvadores. No hablan de represión, hablan de orden. No prometen miedo, prometen protección. Y en ese intercambio simbólico (seguridad a cambio de humanidad), muchas sociedades han firmado sin leer la letra pequeña.
La megalomanía adopta el lenguaje de la firmeza. El narcisismo se disfraza de carácter. La crueldad se presenta como valentía política. Y mientras tanto, la empatía empieza a parecer una postura ideológica en lugar de un rasgo humano básico. Ese es el verdadero punto de quiebre histórico: cuando la compasión deja de ser un suelo común y se transforma en una elección individual.
La historia enseña algo con una claridad que da vértigo: no hace falta que todos apoyen la deshumanización. Basta con que suficientes personas se acostumbren a ella. Por eso este momento no es un debate más. Es un examen íntimo. No de sistemas, sino de conciencia. Al final, la pregunta que atraviesa el siglo XX y el XXI y llega hasta nosotros es siempre la misma: «¿Cuándo supimos que algo iba mal… y decidimos que no nos tocaba a nosotros?»
Ahí se decide todo. No en los grandes discursos, sino en ese instante pequeño en el que elegimos si mirar o apartar la mirada. Si dejamos de sentir ante el dolor de un niño, si aprendemos a justificar la violencia cuando no nos afecta directamente, si negociamos la dignidad según la bandera, el origen o la utilidad, entonces no solo está cambiando la política: nos estamos cambiando a nosotros mismos.
La historia también nos advierte de algo más, casi como un susurro que llega tarde: los sistemas pueden degradarse en pocos años, pero la reconstrucción moral de una sociedad puede tardar generaciones.
Tomar postura, entonces, no es radicalismo. Es memoria viva. No es ideología. Es humanidad defendiendo su límite. No es exageración. Es cuidado. En cada época siempre se cree que aún estamos a tiempo. La sorpresa llega cuando un día descubrimos que cruzamos la línea sin darnos cuenta.

Joaquín Rández Ramos (Tudela – 1962). Escritor, conferenciante y divulgador. Autor del libro “Un viaje hacia el significado y propósito de tu vida”. Le gusta pensar y reflexionar sobre nuestra realidad. Amante de la naturaleza y de los animales.
