«Esta es una historia que nació durante la pandemia. En ese momento empecé a reflexionar sobre la ciudad como lugar de encierro, sobre la forma en la que nos cruzamos con nuestros vecinos cada día sin conocerlos».
Foto cedida por la autora

Hoy nos visita en la Jungla la escritora Paula Gonzalo para hablar, entre otras cosas, de su última novela, Adictos.

«Los niños de San Ildefonso cantan los números de la lotería de Navidad. La ciudad se disfraza con luces de colores y espumillón mientras Bruno camina por sus calles con su plumas rojo y su gorro de lana sin que nadie lo vea.

Con esta contundente premisa se presenta Adictos (Editorial La Jungla de las Letras), la nueva novela de la periodista y escritora Paula Gonzalo. A lo largo de cuatro días dramáticos, las vidas de cinco familias que comparten las mismas calles, portales y secretos se rozan sin llegar a encontrarse. Detrás de la rutina urbana se esconde una red soterrada de adicciones, maltrato y abusos que rodea la traumática invisibilidad del pequeño Bruno.

Cada personaje habita una celda de huida propia: la dependencia afectiva y de fármacos, la violencia intrafamiliar o la desconexión emocional. La mirada del pediatra que examina a Bruno refleja esa ceguera colectiva ante el dolor ajeno: 

«Observa sus ojos, la garganta, el interior de sus oídos; le palpa el vientre… Él tampoco lo ve, piensa. Podría ser una caja o una máquina averiada. Comprueba su mecanismo, el engranaje de las piezas. La máquina parece completa, las piezas encajan, no falta ninguna, ¿verdad, doctor?».

Adictos es una narración visceral y estremecedora sobre los traumas no resueltos que, cuando la realidad se vuelve insoportable, convierten la necesidad de desaparecer en la adicción más peligrosa».

Pregunta: Adictos aborda distintas formas de adicción y las historias de varios personajes cuyas vidas terminan cruzándose. ¿De dónde nace la necesidad de escribir esta novela y qué quería contar cuando comenzó a darle forma?
Respuesta: Esta es una historia que nació durante la pandemia. En ese momento empecé a reflexionar sobre la ciudad como lugar de encierro, sobre la forma en la que nos cruzamos con nuestros vecinos cada día sin conocerlos. Vivimos en una sociedad hiperconectada pero profundamente aislada, y creo que esto contribuye a que seamos una sociedad adicta. España es el país del mundo con un mayor consumo de benzodiacepinas y ese consumo se disparó en la pandemia. Todo esto sembró el germen de esta historia y me hizo reflexionar sobre cómo la adicción es una herramienta de control social: cuanto más enganchados estamos a lo que sea, más manipulables y más vulnerables somos como individuos y como sociedad.

P.: ¿Qué argumento utilizaría para convencer a nuevos lectores que no le conozcan de la necesidad de leer Adictos?
R.: Les diría que si alguna vez se han refugiado en una pantalla, en el trabajo, en una sustancia o incluso en una relación dañina para salir del paso, se van a reconocer en este libro.

Adictos nace para tratar de comprender la adicción, no para juzgarla. Creo que sólo comprendiendo lo que nos está pasando como sociedad podremos aprender a ser más libres, a elegir más, a tomar decisiones propias, sin responder a mandatos familiares, sociales o laborales. Creo que es un libro que invita a mirar a nuestro alrededor y relacionarnos desde un lugar más presente, con mayor atención.

P.: La novela está construida a partir de las historias de distintos personajes y de cómo sus vidas se van cruzando. ¿Qué le permitía contar esta estructura coral que no habría sido posible a través de una única historia?
R.: Me apetecía hablar de cómo en el fondo la realidad no existe, de cómo todo es una reconstrucción de cómo la percepción de lo real varía dependiendo de qué narrador escojamos. Si giras el foco unos grados, si lo adelantas unos minutos, es muy probable que nuestras realidades no se toquen.

La estructura coral me permitía componer un mapa humano de la ciudad y mostrar que la soledad no es un fenómeno aislado. Cruzar la vida de estas familias que comparten las mismas calles me ayudaba a mostrar esa paradoja que supone estar rodeados de gente y sentirnos absolutamente solos.

P.: La novela transcurre durante unos días muy concretos de Navidad, una época asociada habitualmente a la celebración, la familia y los buenos deseos, pero en Adictos también aparece como un escenario de soledad, conflicto y fragilidad. ¿Qué le interesaba de esa contradicción?

R.: Supongo que la Navidad actúa como un amplificador del dolor y la soledad. Esa exigencia de felicidad es algo muy complejo para muchas personas, especialmente si están tratando de superar una adicción. Las vacaciones en general y las Navidades en particular registran un repunte de las llamadas de auxilio al 016 y de los homicidios relacionados con el consumo de alcohol. Leí un estudio que hablaba del aumento estadístico de los suicidios el día de Año Nuevo, por ese contraste entre las expectativas de estas fiestas y la soledad real.

Es muy curioso cómo el hogar familiar, en el que deberíamos sentirnos seguros, es el lugar más peligroso para muchas mujeres y niños que sufren violencia de género, y las Navidades tienen además esa exigencia de encierro.

P.: En Adictos, muchas situaciones de sufrimiento permanecen ocultas a los ojos de quienes rodean a los personajes. ¿Por qué cree que nos cuesta tanto detectar el dolor ajeno, incluso cuando lo tenemos delante?
R.: Creo que este ritmo de superproducción que se ha impuesto socialmente, esta aceleración de la vida, de la productividad, de todo lo que tenemos que hacer, probar y conocer, nos tiene exhaustos. Esta aceleración, esta velocidad a la que estamos sometidos, no nos facilita mirar al que tenemos al lado. Ni siquiera observarnos a nosotros mismos, pensar qué nos pasa, qué deseamos, qué nos está haciendo daño.

P.: La adicción no aparece únicamente vinculada al consumo de sustancias: también encontramos personajes atrapados por el poder, el sexo, el dinero, la adrenalina, la necesidad de afecto o determinadas formas de comportamiento. ¿Hasta qué punto cree que todos podemos desarrollar algún tipo de dependencia cuando intentamos llenar una carencia?

R.: Estoy convencida de que cualquier persona a la que se le tuerzan un par de cosas en la vida puede acabar en una adicción. Supongo que estamos educados para pensar que ese vacío se puede llenar con cosas, con sustancias, con emociones, en lugar de tratar de comprender de dónde proviene realmente, qué hay detrás de eso..

Foto cedida por la autora

P.: Hay algo especialmente interesante en sus personajes, incluso cuando toman decisiones difíciles de justificar, la novela permite comprender de dónde proceden muchas de sus heridas. ¿Cómo trabaja esa frontera entre comprender a un personaje y juzgar sus actos? ¿Es importante para usted que el lector pueda encontrar humanidad incluso en personajes incómodos?

R.: Creo que los seres humanos somos contradictorios por naturaleza. Nadie es intrínsecamente bueno o malo; somos una suma de todo ese caos que arrastran nuestras vidas. Un personaje sin contradicciones no está vivo.

P.: ¿Cómo es su rutina a la hora de escribir?

R.: Escribo todos los días. No creo en la inspiración sin rutina, sin el hábito diario. Suelo perfilar ideas y trabajar con esquemas previos al texto, aunque luego soy bastante caótica en el proceso. Me apasiona llenar libretas a mano con ideas sueltas o pasajes que se me van ocurriendo; no tengo un método rígido, pero sí constancia. Puedo escribir en casi cualquier parte. Me encanta escribir en cafeterías o bares, pero mi momento preferido es la noche, cuando la casa se queda en silencio y no puedo distraerme con nada más. Y leo mucho. Creo que leer es algo inherente a las escritura No hay escritura sin lectura.

P.: ¿Qué libro le hubiera gustado escribir, y por qué?

R.: ¿Uno solo? Bueno, supongo que no habría estado mal escribir La historia interminable o Harry Potter, pero me encantaría haber escrito alguno de los poemas de Emily Dickinson, o alguno de los cuentos de Clarice Lispector, o Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin.

P.: ¿Tiene autores de cabecera?

R.: Muchos: Clarice Lispector, Ana María Matute, John Steinbeck, Annie Ernaux, J. D. Salinger, Louise Glück, Elfriede Jelinek…

P.: ¿Algún proyecto en el que esté trabajando ahora mismo y del que pueda hablarnos?

R.: Estoy terminando una novela sobre un personaje de mi infancia, una mujer discapacitada en la Galicia rural de principios de los años 70. Me interesa mucho este universo de las mujeres silenciadas que atravesaron esa época. También estoy perfilando un poemario y siempre tengo algún proyecto de literatura infantil.

P.: Para terminar, y como siempre nos gusta hacerlo aquí en la Jungla de las Letras, háblenos un poco de usted, ¿cómo se describe como escritora y como persona?
R.: Soy una persona curiosa y, sobre todo, una observadora de la conducta humana. Supongo que escribir me ayuda a comprender mi propia vida y la vida de las personas que me rodean. Te diría que también que soy una buscadora, no sé de qué, así que por eso supongo que sigo escribiendo, porque sigo buscando, aunque no sepa exactamente el qué.

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