
No hace mucho estuve por la capital del reino, y me hubiese encantado comenzar una crónica de esta manera:
En Madrid se respiraba el almizcle propio de la bohemia literaria. Libreros, editores, escritores, poetas, soñadores, felices amantes… todos acaramelados con el olor dulzón a libro nuevo y viejo.
A la capital fui con la esperanza, acompañando a muchos amigos, divagando y viajando con la ilusión y los sueños. Mi pequeño saltamontes, la esperanza, era a veces mi querido lazarillo. Entre los dos fuimos capaces de recordar miles de anécdotas que ni siquiera habían salido de nuestros bolsillos. Era la hilera de casas enguatadas de papel lo que nos hacía ver millones de arcoíris en el cielo… Madrid estaba vestida de magia. ¡Qué bonita estaba Madrid!
Cuando me adentré en el Real Parque, en busca de un poco de inspiración, me encontré de soslayo —debo reconocer que intencionadamente— con el justo panteón de los ángeles. Allí estaba yo, con mi futuro amarrado en mis sueños, ese amor que nunca me abandonará, mareando al mismísimo Ángel Caído del Retiro, dándole vueltas con nuestros besos al aire… Mi futuro y yo. Es cierto eso que dicen: si se mira atentamente a la estatua, se puede ver la caricia del perdón rozando la propia mentira. ¡Qué cosas ocurren en esta capital de ruinosas historias! Madrid se había despertado húmeda, deseosa de llorar lágrimas del cielo…
Pero lo cierto es que hoy soy incapaz de escribir sobre Madrid sin pensar en la desidia que nos rodea. Son muchos los conocidos que están sufriendo por culpa de desaprensivos que solo saben justificarse y mirar hacia el lado que menos mierda salpique.
¿Cómo cambia el sentido de una historia al sustituir unas pocas palabras, verdad?
En Madrid se respiraba el hedor propio de la más eminente corruptela. Políticos corruptos, banqueros, empresarios deshonestos, desaprensivos contratistas, inútiles consejeros, felices y despreocupados chupópteros de las familias nobles… todos acaramelados con el olor dulzón a billetes nuevos y pagarés al portador.
A la capital fui con la esperanza, acompañando a muchos amigos, divagando y viajando con la ilusión y los sueños. Mi pequeño saltamontes, la esperanza, era a veces mi querido lazarillo. Entre los dos fuimos capaces de recordar miles de anécdotas que ni siquiera habían salido de nuestros bolsillos. Era la hilera de casas enguatadas de papel lo que nos hacía ver millones de arcoíris en el cielo… Madrid estaba vestida de magia. ¡Qué bonita estaba Madrid!
Cuando me adentré en la ciudad, en busca de un poco de inspiración, me encontré de soslayo —debo reconocer que intencionadamente— con el justo panteón de los corruptos. Allí estaba yo, con mi futuro amarrado en mis sueños, ese amor que nunca me abandonará, mareando al mismísimo Congreso de los Diputados, dándole vueltas con nuestros besos al aire… Mi futuro y yo. Es cierto eso que dicen: si se mira atentamente a los diputados, se puede ver la caricia del perdón rozando la propia mentira. ¡Qué cosas ocurren en esta capital de ruinosas historias! Madrid se había despertado húmeda, deseosa de llorar lágrimas del cielo…
Un país en campaña permanente, un Congreso convertido en ring y millones de ciudadanos obligados a aplaudir a unos o abuchear a otros… Las palabras cambian, pero la realidad no depende de cómo la nombremos. La corrupción no se combate con insultos ni con discursos grandilocuentes. La indignación es necesaria, pero también lo es la mesura.
Madrid seguirá vestida de magia aun cuando la noche se vuelva demasiado noche; sin embargo, ninguna belleza debería servirnos de escondite. Al final, no se trata de elegir entre el almizcle y el hedor, entre los ángeles o los corruptos, entre los aplausos y los abucheos. Exijamos que las palabras se correspondan con los hechos. Hoy más que nunca, algo tan simple no debería ser mucho pedir.

Jose Antonio Castro Cebrián (Chipiona – 1974) Escritor y autor de las novelas «La Última Confesión» y «El Cementerio de la Alegría», así como de los poemarios «Algazara» o «Anomia», entre otras obras.
Dirige la Jungla.