
¿Se puede sacar alguna lección provechosa de un personaje como Sagasta, tan ilustre como discutido, para afrontar los desafíos actuales evitando repetir amargas experiencias?
Con esta cuestión en mente asistí a la presentación del libro «Sagasta, más que un ingeniero» en junio de 2025, publicado por el Colegio de Ingenieros de Caminos dentro de su colección «Ciencias, Humanidades e Ingeniería».
El protagonista fue miembro de este cuerpo ingenieril y eminente figura política del siglo XIX español, siendo primer ministro en 1892-95, 1897-99 y 1901-02.
El libro
«Sagasta, más que un ingeniero» está estructurado en dos partes, ambas escritas por ingenieros de caminos, independientes y adecuadamente complementarias entre sí.
La primera parte, «Querido Sagasta», de César Lanza, historiador del arte por la Universidad Complutense, es fundamentalmente un ensayo sobre el liberalismo español del siglo XIX, el cual, según el autor, responde a la problemática nacional desde el rechazo al absolutismo monárquico del Antiguo Régimen.
El escritor presenta a Sagasta como un político progresista favorable a la renovación de las estructuras estatales, defensor del orden público, muñidor junto a Cánovas de la alternancia entre partidos de la Restauración, y con un talante dialogante y buscador de los mínimos consensos. Entre sus sombras destaca su participación en el amañamiento de elecciones y en el caciquismo, la corrupción de la que fue acusado, o su discutido papel en la pérdida de las colonias.
De sus rasgos ingenieriles realza su interés en mejorar las infraestructuras, especialmente la ferroviaria, o su pertenencia a la exigua élite intelectual del momento, que le permitió ser académico de la Real Academia de Ciencias Físicas, Exactas y Naturales.
La pluma fácil del autor, llena de erudición, así como su pasión por la historia, y el respeto y el afecto por el protagonista, hace que la lectura de este ensayo versado sobre un sombrío período histórico y un personaje complejo sea amena e interesante para el lector.
La segunda parte, «Diccionario Sagasta», de Javier Muñoz, autor de varios libros que casan la ingeniería y las artes, es de gran originalidad y complementa magníficamente a la anterior.
El escritor desarrolla en 27 epígrafes diversos aspectos relacionados con nuestro personaje, en forma de pequeños artículos periodísticos, consiguiendo darle un especial colorido tanto a Sagasta como a su época.
Destacaría los relativos a su vida personal, como los titulados «Concubinato» (donde explica su relación con Ángela Vidal) o «Masonería» (donde Sagasta alcanzó el máximo grado), o los relacionados con la vida social, entre los que citaría «Florilegio» (donde describe cómo literatos como Valle-Inclán o Galdós le dedican escasos elogios y abundantes puyas con su elegante y rimbombante verbo).
La pluma de Javier Muñoz es precisa en el lenguaje, florida en el uso de adjetivos y dotada de certera ironía, permitiendo completar y matizar adecuadamente a nuestro protagonista.
Mirando al futuro
Una pregunta de entrada: ¿Cómo se explica el declive tan marcado de la España del siglo XIX?
Para contextualizar citaría su extrema inestabilidad, manifestada en el paso de una monarquía absoluta (Fernando VII (1814-33)) a un Sexenio Revolucionario (1868-74), en los conflictos que desangraron el país (Guerras Carlistas (1833-40; 46-49; 72-76), de Cuba (1868-78) o de Estados Unidos (1898)), o en los magnicidios de Prim (1870) y Cánovas (1897).
Todo ello sumado a un marcado retraso respecto a los países del entorno, observándose en la tardía redacción del Código Civil (1889), en la demorada creación de la Academia de Ciencias (1847, dos siglos posterior a la inglesa), o en la lenta implantación de la red ferroviaria (en 1850 apenas disponía de 30 km).
Yo, para responder a una cuestión tan compleja, y analizando el texto, me decantaría como causa fundamental del desastre por la concentración del poder en una reducidísima clase dirigente, absolutista al principio del período y apenas ampliada a unas élites al final. Y muy reticente a perderlo.
Cabe preguntarse: ¿puede un país de tradición cristiana (donde debiera imperar el servicio a los demás y la humildad) tener esta política? Personalmente creo que no.
Y más importante: ¿sigue ocurriendo hoy contemplando el creciente poder de las grandes instituciones tecnológicas o financieras, las tentativas de usurpación de los poderes estatales por parte del ejecutivo, o la gradual anulación del individuo por el Estado con normativas punitivas, cambiantes y casi imposibles de conocer (sea en la playa, poseyendo una mascota o viajando)?
Hay señales alarmantes.
Otra cuestión capital es saber si hemos eliminado la costosísima corrupción del sistema.
Leyendo la prensa y escuchando a los partidos (hablando de sus rivales, claro), diríase que no.
¿Puede derivarse de ineficiencias en los contrapesos de poderes, cuyo resultado respondería al famoso dicho del historiador británico Lord Acton (1887): «El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente»?
Para reflexionar.
Siendo importante lo anterior, parece crucial ante nuestro futuro analizar el factor educativo.
En este sentido parecería evidente que la formación en Occidente ha mejorado significativamente respecto a la del siglo XIX.
Pero hay datos preocupantes: por ejemplo, la comprensión lectora actual del 54 % de los adultos de Estados Unidos es equivalente a la de un niño de 11 años, y en los informes PISA de los países occidentales los resultados empeoran gradualmente.
¿Estamos ante una derivada inesperada de las políticas educativas, ante un intento deliberado de disponer de una población iletrada y dócil, o es debida, por ejemplo, al uso masivo de pantallas?
Recordemos que la brecha en muchos aspectos entre Oriente (con un pensamiento confuciano que otorga una importancia suprema a la educación, basada en la autodisciplina y el esfuerzo) y Occidente (con un sistema educativo volcado en «calidad, inclusividad e igualdad de oportunidades») se ha reducido o incluso invertido.
¿Hallaremos un punto educativo intermedio que nos aleje de la España sagastiana, permitiéndonos mirar optimistas al futuro?
Confiemos.
Conclusión
«Sagasta, más que un ingeniero» es un libro fácil de leer, excelentemente escrito y documentado, del que disfrutará cualquier apasionado de la historia, permitiéndole conocer las escasas luces y abundantes sombras del siglo XIX español, y generando además en el lector curioso interesantes preguntas sobre la sociedad presente.
