
El vocablo «noesis» sirve para nombrar algo que muchas veces experimentamos, pero que no tenemos ni idea de cómo llamarlo. Es una de esas palabras que, cuando son descubiertas o rescatadas, resultan de lo más útiles. En el diccionario hay muchas que descansan en el anonimato con una pasmosa tranquilidad, pero esta, en los tiempos que nos ha tocado vivir, es especialmente interesante. Verán, los académicos, que de esto saben un montón, dicen que, en fenomenología, la noesis es el acto intencional de intelección o intuición. Esto, explicado de una manera mucho más sencilla y comprensible, viene a decir que la noesis es ese instante en el que nuestra mente se conecta con algo y lo comprende; el preciso momento en que nuestra atención se dirige hacia una realidad y, de alguna manera, conseguimos captar su significado. No tiene nada de extraordinario y, sin embargo, quizá pocas cosas sean más importantes en nuestro caótico mundo que ese acto aparentemente insignificante de comprender lo que tenemos delante.
Hay un problema intrínseco en nuestra percepción de la realidad: mirar no siempre significa ver, y mucho menos comprender. Ahora mismo me viene a la cabeza un artículo que leí hace unos cuantos años del eterno Javier Marías, en el que venía a decir, básicamente, que el ser humano ha carecido siempre de la capacidad para identificar a líderes políticos peligrosos y, modernamente en Occidente, ha perdido además el instinto de conservación ante riesgos tangibles por culpa de varias generaciones de bonanza. Esta actitud de incredulidad y exceso de confianza lleva a la sociedad a ignorar amenazas reales, actuando de forma casi suicida frente a crisis sanitarias, climáticas o políticas.
Visto desde la barrera —yo no soy ningún experto y me cuido de dar consejos morales o políticos a nadie—, el auge de la extrema derecha en toda Europa (claro ejemplo de ello es la victoria del partido ultra y antiinmigración alemán AfD en las recientes elecciones regionales de Sajonia-Anhalt, donde se impuso con casi el 44 % de los votos), ¿no podría ser el resultado de años de políticas de austeridad que han terminado de precarizar la calidad de vida y de saturar los servicios públicos? Opino sin la base científica y estadística de los lumbreras que se atreven a lanzar proclamas contra los inmigrantes, por supuesto; pero es curioso que, frente a este deterioro social, los partidos conservadores (que cada uno ponga las siglas que le dé la gana) alimenten la ola ultra al copiar sus mismos postulados, a veces edulcorados, mientras que la pasividad de la socialdemocracia favorece la normalización de discursos que antes resultaban inaceptables.
Echando la vista atrás es muy fácil discernir lo bueno de lo malo, e incluso matizar la bonanza, la suerte, la incapacidad o lo ruinoso de un país según la época de la historia que toque estudiar; pero si somos capaces de proyectar la realidad de nuestro presente y mirar a nuestro alrededor, ¿por qué somos incapaces de distinguir el bien del mal? Es verdad que rara vez el mal se presenta ante nosotros con un cartel que lo anuncie. Los líderes políticos con armadura de salvadores no tienen por qué parecer peligrosos; pueden resultar simpáticos, convincentes, incluso admirables. Pueden hablar de libertad, de seguridad, de patria, de futuro, de justicia. Pueden construir un discurso capaz de ofrecer a cada uno exactamente aquello que desea escuchar. Y cuando ese discurso encuentra una sociedad cansada y predispuesta a creer, la mirada deja de ser una herramienta para comprender y se convierte en un instrumento para confirmar aquello que queríamos creer, donde la única luz proyectada es la sombra del odio y la indiferencia.
Todo esto me hace pensar si, en un futuro no muy lejano, los académicos no terminarán por redefinir la noesis como un concepto extinto, algo sin significado, perdido en el camino de la historia reciente; algo que era indispensable para salvaguardar nuestro futuro.

Jose Antonio Castro Cebrián (Chipiona – 1974) Escritor y autor de las novelas «La Última Confesión» y «El Cementerio de la Alegría», así como de los poemarios «Algazara» o «Anomia», entre otras obras.
Dirige la Jungla.