
El 5 de abril de 1994, Kurt Donald Cobain, líder de Nirvana, se quitó la vida en Seattle. Tenía 27 años y aquella muerte terminó de convertirlo en una figura mítica de la música contemporánea. En una entrevista decía:
«A veces envidio a las personas que son felizmente felices. Muchas de ellas no se preocupan por las complicaciones del conocimiento y de todo lo demás. Conozco a mucha gente sencilla que puede disfrutar de su vida y ser completamente feliz y sentirse segura viendo deportes en la televisión, tomándose una cerveza de vez en cuando. Yo siempre me he sentido demasiado complicado, así que en cierto modo envidio a esas personas. No estoy diciendo que sea más inteligente que la mayoría. Es simplemente que soy demasiado sensible. A veces desearía poder disfrutar de las cosas sencillas de la vida y olvidarme de todo lo demás».
Se reconoce «demasiado complicado» y «demasiado sensible». Lo que envidia de algunas personas no es su ignorancia, sino su capacidad para disfrutar de algo sin añadirle otra capa de pensamiento. Una cerveza. Un partido. Una tarde cualquiera. Estar ahí sin preguntarse constantemente qué significa todo aquello.
Creo que hay dos maneras bastante diferentes de relacionarnos con la vida. Hay personas capaces de encontrar satisfacción en experiencias sencillas y cotidianas: una comida, una conversación, un paseo, una tarde viendo la televisión. Les basta con poco para sentirse bien. A otras, en cambio, una tarde así puede hacérseles interminable. Necesitan más estímulos, más novedad, conversaciones que les despierten o experiencias que les hagan sentir algo.Lo que para uno es una tarde tranquila y agradable, para otro puede resultar interminable. No creo que uno sepa disfrutar más que el otro. Simplemente necesitan cosas distintas.
Quizá la diferencia más importante no esté en lo que hacemos, sino en lo que sigue ocurriendo dentro de nuestra cabeza cuando aparentemente ya no está pasando nada. Hay personas para las que casi todo genera una segunda conversación interior. Una conversación puede terminar para todos menos para ellas.
Alguien (puedo ser yo mismo) sale de una reunión y sigue pensando en ella durante horas. Repasa lo que se dijo, lo que no se dijo, aquel gesto, aquel silencio. Se pregunta si entendió bien al otro, si debería haber respondido de otra manera, si detrás de aquella frase había algo más. La experiencia no termina cuando termina lo que ha ocurrido: continúa dentro de ellos.
Pensar no siempre significa comprender. A veces, significa simplemente seguir pensando. Dar otra vuelta. Y otra. Hasta que aquello que queríamos entender acaba ocupando todo el espacio disponible.
En el otro extremo, saber no complicarse la vida puede ser una auténtica ventaja. Hay personas que saben dejar una preocupación donde corresponde y disfrutar de lo que tienen delante sin necesitar entenderlo completamente todo.
Pero esa misma sencillez puede tener su lado oscuro. «Yo no le doy vueltas a nada» puede significar serenidad, pero también una manera de rehuir determinadas preguntas. Hay problemas que no desaparecen porque dejemos de mirarlos. Hay decisiones que necesitan reflexión y relaciones que exigen conversaciones incómodas que a veces preferimos evitar.
Detrás de todo esto hay algo de sensibilidad, algo de necesidad de estímulo y también cierta tendencia a la rumiación —ese pensamiento que vuelve una y otra vez sobre un problema sin acercarnos necesariamente a una solución—. Y ninguna de estas cosas nos hace mejores ni peores. La sensibilidad puede abrirnos mundos y, al mismo tiempo, dejarnos agotados. La necesidad de estímulo puede mantener viva nuestra curiosidad, pero también hacer que el silencio nos resulte insoportable. Y disfrutar de lo cotidiano puede ser una forma estupenda de estar en el mundo. Siempre que no lo utilicemos para no mirar aquello que preferimos no mirar.
Hay personas cultísimas que no saben disfrutar de una tarde cualquiera y personas aparentemente sencillas que han entendido de la vida cosas que nosotros seguimos buscando en los libros.
Del mismo modo, quien se aburre con lo sencillo no tiene necesariamente un problema. El problema aparece cuando necesitamos estar constantemente estimulados y somos incapaces de disfrutar de un momento tranquilo. Y también puede ocurrir lo contrario: acostumbrarnos tanto a no complicarnos la vida que terminemos evitando todo aquello que merece la pena mirar más a fondo.
También existe una forma de vanidad en sentirse «demasiado complejo» para las cosas sencillas, como si necesitar siempre una explicación fuera una prueba de inteligencia. Y quizá no lo sea. Quizá, en ocasiones, sea simplemente incapacidad para descansar dentro de nuestra propia cabeza. A veces nos gusta pensar que somos personas profundas cuando, en realidad, simplemente somos incapaces de dejar algo en paz.
Vivimos, además, en una época que nos invita constantemente a analizarnos. Tenemos que entender nuestras emociones, identificar nuestras heridas, conocer nuestros patrones, trabajar nuestras inseguridades, descubrir nuestro propósito y comprender nuestras relaciones. Incluso descansar se ha convertido en otra tarea pendiente. A veces tengo la sensación de que hasta para estar tranquilos necesitamos saber exactamente por qué estamos tranquilos.
Si eres de los que viven de una manera sencilla, quizá te convenga hacerte alguna pregunta incómoda de vez en cuando. Mirar debajo de la superficie. No utilizar el «yo soy así» o el «no le doy importancia a esas cosas» para evitar aquello que necesita ser afrontado.
Y si eres de los que pensamos demasiado, quizá nuestra tarea sea justamente la contraria: aprender a parar. No todo comportamiento de los demás necesita ser descifrado. No toda emoción necesita ser diseccionada. Y no todas las preguntas tienen una respuesta que vaya a dejarnos tranquilos.
Podríamos empezar por preguntarnos algo bastante sencillo: «¿Estoy pensando para comprender o estoy pensando porque no sé parar?».
Quizá la madurez consista en poder hacer las dos cosas. Tener profundidad sin convertirla en una condena. Hacerse preguntas sin vivir dentro de ellas. Ser capaz de mirar una situación con detenimiento y, después, dejarla descansar.
Poder hablar durante horas sobre el sentido de la vida y, al día siguiente, sentarse con alguien que queremos, pedir una cerveza y hablar de cualquier estupidez sin sentir que estamos perdiendo el tiempo.
Una vida buena no tiene por qué ser una vida completamente comprendida.
Hay cosas que merecen la pena analizar.
Y hay otras que simplemente merecen la pena vivir.
Una cerveza fría. Una canción. Una conversación. Una comida. El sol entrando por una ventana. Una tarde de domingo.
Quizá eso era lo que Kurt Cobain envidiaba. No a las personas simples. No a quienes sabían menos. Quizá envidiaba algo mucho más difícil: esa capacidad de dejar de mirar la vida desde fuera y entrar en ella durante un rato.
Sin analizarla.
Sin explicarla.
Simplemente estando ahí.
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P.D. Para terminar esta reflexión y para que te relajes y te aflojes, te recomiendo que escuches: Come as you are, Something in the way o Polly (todas de su álbum Nevermind).

Joaquín Rández Ramos (Tudela – 1962). Escritor, conferenciante y divulgador. Autor del libro «Un viaje hacia el significado y propósito de tu vida». Le gusta pensar y reflexionar sobre nuestra realidad. Amante de la naturaleza y de los animales.