
Hoy nos visita en la Jungla la escritora Mayte Magdalena para hablar, entre otras cosas, sobre su última novela, Vientos de ira.
«En una España desgarrada tras la Guerra Civil, el mundo tal y como había sido hasta entonces se desvanece.
Mientras Paola lucha por sacar adelante a sus hijos en un Madrid arrasado por el miedo y la represión, Manuel cruza los Pirineos en busca de libertad, pero el exilio le depara hambre y humillación. En su huida conocerá a Sonsoles y a Pablo, quienes, perseguidos por amar sin permiso, sueñan con un futuro que parece imposible. Sus vidas, marcadas por la pérdida, se entrelazan en esta magnífica novela de pasión, sacrificio y esperanza.
Vientos de ira nos sumerge en la fuerza arrolladora de hombres y mujeres que se negaron a rendirse. Es la historia de los anónimos, de quienes amaron, resistieron y sobrevivieron cuando todo estaba en contra. Una novela intensa y profundamente humana que emociona y conmueve en cada página».

Pregunta: Su labor profesional ha estado estrechamente vinculada a la docencia, la pedagogía y la Historia del Arte durante casi cuarenta años. ¿De qué manera cree que esta profunda vocación por la enseñanza y la divulgación cultural ha moldeado su voz como novelista a la hora de estructurar una ficción histórica tan ambiciosa?
Respuesta: Mi profesión creo que me ha dado muchos recursos para poder analizar el comportamiento humano, pues no solo te mueves entre alumnos y alumnas, también tienes la visión de los padres que, a menudo, ven en la profesora una persona que podría entenderles en la difícil tarea que es educar. Poco a poco creo que fui desarrollando una sensibilidad que me hizo más consciente de la fragilidad del mundo en el que vivimos, pues recibí a niños y niñas procedentes de conflictos o de partes del mundo no tan privilegiadas como la nuestra, y siempre me gustó escuchar y aprender. Todo el mundo tiene mucho que contar. Y eso, unido a mi otra pasión, que es la historia y el arte, me ha permitido estructurar esta novela, Vientos de ira, de unos momentos tan complejos como pueden ser la Guerra Civil y la posguerra española.
P.: Para aquellos lectores que aún no han tenido la oportunidad de descubrir su literatura, ¿qué elementos diferenciales posee Vientos de ira para convertirse en su próxima lectura?
R.: Vientos de ira es una novela coral en la que se entremezclan muchos personajes que perfilan la vida, las actitudes y las decisiones de los protagonistas. Creo que este es uno de los elementos diferenciadores más importantes de mi trabajo, ya que son personas comunes, hombres y mujeres que tuvieron que tomar decisiones y realizar actos para los que no estaban preparados porque, si no, la vida les atropellaba. He huido del buenismo y he tratado de crear perfiles creíbles que toquen el alma de los lectores y las lectoras. Otra fortaleza del relato es que es una historia cargada de emociones, de sentimientos profundos que tocan directamente el corazón de quien lo lee porque nacieron de recuerdos y testimonios reales que después ficcioné, pero que tienen una base muy cercana. También he querido dar voz a esas mujeres nacidas a principios del siglo XX a las que no se les ha tenido en cuenta porque siempre se consideró que todo su esfuerzo, sus privaciones y sus desvelos, las ausencias que sufrieron y ser siempre las últimas era una obligación inherente a su género.
P.: Al leer su novela, llama poderosamente la atención el retrato de escenarios poco transitados por la literatura de la posguerra; por ejemplo, la vía de escape hacia Portugal a través de las rutas de Extremadura. ¿Cómo fue el proceso de investigación para rescatar este éxodo minoritario y contrastarlo con el doloroso exilio hacia los campos de refugiados en Francia?
R.: Hay mucha literatura sobre el éxodo a Francia en la posguerra, tal vez porque era el camino que se consideraba más seguro (aunque después resultara un fiasco) teniendo en cuenta que Portugal no dejaba de tener un régimen dictatorial más afín a los sublevados. Por lo tanto, fue una labor mucho más difícil encontrar información, pues fueron una minoría los que tomaron el camino a Portugal, y de estos, casi todos iban rumbo a Lisboa para embarcar, sobre todo, hacia Sudamérica. Indagué en el caso de la ciudad fronteriza de Barrancos, busqué testimonios sobre los contrabandistas de la Raya, los llamados mochileros, que tuvieron una gran actividad durante la posguerra española y se convirtieron en garantes de la supervivencia. Ellos actuaban también de guías y de ahí saqué la idea del cruce, mucho más arriesgado que en el caso francés.

P.: En la obra explora una interesantísima dicotomía entre vencedores y vencidos, mostrando que el nuevo orden también condicionó la conciencia, las responsabilidades y la moral de quienes quedaron en el bando ganador. ¿Le resultaba fundamental huir de los maniqueísmos para plasmar las complejas zonas grises de la condición humana en un periodo tan polarizado?
R.: Sí, siempre he pensado que las personas no son buenas o malas, simplemente son, y eso he querido reflejar en mi novela. Cada cual respondía de una manera distinta a las circunstancias que se les presentaban, que muchas veces se les venían encima, y sus actos no siempre eran los más certeros aunque estuvieran llenos de buena intención. Desde la ignorancia al no querer ver, desde la posibilidad de enriquecerse a la de ayudar, desde matar para sobrevivir a rendirse; todo era posible. Fueron unos años de decisiones vitales, y el carácter de cada cual inclinó la balanza hacia un lado. Hubo quien quiso olvidar inmediatamente y quien no olvidó jamás. Pero también es cierto que se había derramado mucha sangre, y la venganza, el dolor, la rabia… los vientos de ira, soplaban con fuerza y no con la misma virulencia para todos. Las zonas grises existen en todos nosotros.
P.: Las mujeres sostienen gran parte de la carga emocional de la trama. Personajes como Paola y Sonsoles, a pesar de sus orígenes sociales tan opuestos, demuestran una resiliencia inquebrantable y construyen redes de solidaridad. ¿Buscaba voluntariamente rendir un homenaje explícito a todas aquellas madres, viudas y trabajadoras anónimas que levantaron el país en los años más oscuros?
R.: Sí, sin duda. Cuando empecé a escribir mi primera novela, Zapatos de lluvia, recogí muchos testimonios de mujeres muy mayores que tenían mucho que contar. Una de ellas me dijo una frase lapidaria: «Cuando quisimos hablar no pudimos, y ahora que podemos, a nadie le interesa lo que tenemos que contar porque somos viejas». Comprendí entonces que estas mujeres habían sido los pilares de las familias durante mucho tiempo. Ellas, que habían sido educadas para ser madres y esposas, de repente se vieron solas, con maridos, padres e hijos en el frente que no volvieron, o que volvieron mutilados o traumatizados; y en el caso de regresar en buenas condiciones, las relegaron de nuevo a un lado. Sufrieron como el que más, pasaron la misma hambre e incluso se quitaron la comida de la boca para los demás, sufrieron grandes penurias, soportaron las ausencias y, aun así, continuaron luchando en esa guerra oscura y terrible de la posguerra. Y poco se dijo de ellas, siempre se entendió como su obligación. Así que decidí que merecían este pequeño homenaje por ser tan fuertes, tener ese grado de resiliencia y regalarme unas historias maravillosas.
P.: En la novela asistimos a una interesante evolución de los personajes más jóvenes, como ocurre de forma muy simbólica con la pequeña Paz, cuyo cambio de nombre es toda una declaración de intenciones. Desde su perspectiva como pedagoga, ¿cómo planteó el reto de plasmar el impacto psicológico de la posguerra en los niños, esos héroes invisibles que tuvieron que reinventarse y madurar de golpe sobre las cenizas del conflicto?
R.: Si soy sincera, no fue un reto demasiado difícil porque, después de trabajar con niños y niñas tantos años, de ver tantos comportamientos, situaciones y dificultades, ponerme en la piel de esa niña que se cree abandonada no fue tan complicado desde un punto de vista psicológico. Si a eso añadimos que mi madre sufrió una situación similar, el resultado es bastante adecuado a la realidad. El tema de los niños y niñas en las guerras es algo que siempre me ha preocupado: es un robo a su infancia, un no dejarles crecer en unos parámetros normales. Pierden esa protección de los adultos, de la sociedad, del mundo, y se convierten en personas mayores que arrastrarán los traumas toda su vida. Y quise reflejar con Paz, pero también con Carmencita, esa herida que sangrará para siempre en un corazón que con el tiempo dejará de ser infantil. Una guerra y una posguerra es un maltrato brutal para los más pequeños, que surge de repente, que obliga a llenarles de responsabilidades porque no hay más remedio, en el mejor de los casos, o que les produce sufrimientos, desprotección, violencia y penalidades casi siempre.
P.: ¿Considera que la literatura de ficción es, a veces, la herramienta más eficaz para comprender los matices de la historia real que los libros de texto no logran transmitir?
R.: Si tiene una documentación adecuada y lo más objetiva posible, creo que puede serlo. Siempre teniendo en cuenta que se trata de una obra literaria con sus matices y licencias. Una ficción muchas veces es capaz de transmitir sensaciones, emociones y sentimientos que un libro de texto no puede ofrecer, porque a menudo todo queda restringido a fechas, hazañas, causas y consecuencias. Una novela, sin embargo, puede hacer que el lector o lectora se meta en la piel de esos personajes e imagine la barbarie de esta o cualquier guerra o situación, sin una obligación de estudio detrás, sin tener que memorizar, sin fechas, batallas ni héroes; simplemente dejarse llevar por una historia que no solo le conquiste el corazón, sino que le haga reflexionar sobre lo que la gente de a pie, como casi todos los mortales, puede vivir en momentos a los que nunca nos hemos enfrentado.

P.: ¿Cómo es su rutina a la hora de escribir?
R.: Soy un caos, por eso necesito estar sola. Admiro profundamente a los escritores y las escritoras que mantienen una rutina de trabajo fija. Yo no puedo. Escribo cuando algo dentro de mí lo necesita. Puedo estar delante del ordenador una hora o seis, puedo juntar la comida con la cena o trabajar de madrugada. Y en esos momentos vierto en el papel todo lo que sale de mi mente, con un cierto orden, pero sin fijarme en nada más que en escribir. Y hay días en los que solo leo y leo documentación. Cuando termino, lo guardo y al día siguiente releo lo que hice el día anterior. Si no me convence, borro; si creo que se puede arreglar, corrijo y alguna vez, pocas, quedo satisfecha con el resultado. Después sigo. Al terminar, lo imprimo en papel y ahí, sobre el papel, trabajo, subrayo, borro, rehago de nuevo, busco la información de las pequeñas cosas que aún no me cuadran. Así hasta que creo que ya no puedo mejorar nada más. No se puede llamar rutina, pero es mi manera.
P.: Si tuviera la oportunidad de viajar en el tiempo y reclamar la autoría de cualquier obra de la literatura universal, ¿cuál elegiría y cuáles son los motivos que le hacen admirar tanto ese texto?
R.: Es una pregunta dificilísima. Soy una lectora empedernida y me cuesta decidir. Así que me guiaré por la intuición y pondré la primera que me vino a la cabeza: La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca. He leído esta obra de teatro varias veces y la he visto representada otras tantas, y no me canso. Admiro profundamente la obra de este autor, su lírica, la emoción que transmite y los temas que trata.
P.: ¿Tiene autores de cabecera?
R.: La verdad es que no, hay tantos que me encantan…
P.: ¿Algún proyecto en el que esté trabajando ahora mismo y del que pueda hablarnos?
R.: Yo siempre escribo. Junto con la lectura, es lo que más me apasiona. Aunque nunca más publicara, seguiría contando mis historias, es una necesidad. Por lo tanto, tengo proyectos, claro; lo que ocurre es que son historias de las que aún no puedo decir nada.
P.: Para terminar, y como siempre nos gusta hacerlo aquí en La Jungla de las Letras, háblenos un poco de usted. ¿Cómo se describe como escritora y como persona?
R.: Como persona, es difícil definirse a uno mismo, creo que son los demás los que tienen que hablar, no yo, pero diré que soy una mujer normal, una maestra jubilada que ha sido inmensamente feliz con su profesión. Intento ser buena persona, ayudar si puedo, y mi sensibilidad hace que muchas veces no entienda el mundo en el que vivo. Odio que se trate de justificar lo que está mal, porque si está mal, no hay más que hablar. Adoro la tranquilidad, leer en silencio y estar junto al mar. Me encantaría que la Humanidad fuera más solidaria, que la ignorancia fuera algo del pasado y que entendiéramos de una vez que este planeta es una nave en la que tenemos que caber todos, que no hay otra. En cuanto a cómo soy como escritora, no tengo ni idea. Llegué a este mundo subida en una carambola y trato de disfrutar de lo que me ofrece la experiencia hasta donde llegue. Me gusta transmitir emociones en mis relatos y crear personajes muy humanos. Los temas me atropellan de repente: algo que oí y mi llamó la atención. Después, mi curiosidad hace el resto.
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