
Hoy nos visita en la Jungla la escritora Adriana García Sojo para hablar, entre otras cosas, sobre su última obra, Punto de fuga:
«Punto de fuga reúne dieciocho escenarios de la memoria: dieciocho relatos con su eco particular que se desplazan entre la emoción, la imaginación, la experiencia y la ficción. Cada historia transita por vivencias y recuerdos que interpelan al lector e invitan a encontrar belleza en la deriva de sus personajes, así como a servirse de esas referencias para observar la composición de la propia vida desde otro ángulo. El libro propone una mirada que oscila entre el adentro y el afuera, en busca de los puntos de convergencia desde los que afrontamos nuestras experiencias más íntimas.
En palabras del jurado del XXIV Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana, Punto de fuga es una obra de narrativa consistente y novedosa, centrada en episodios de crecimiento y vida cotidiana, especialmente desde una perspectiva femenina. Sus personajes eluden el cliché y ofrecen visiones originales de experiencias diversas. Con un punto de vista contenido y preciso, el libro amplía los horizontes de nuestra narrativa y explora asuntos universales con una sensibilidad que trasciende lo anecdótico».

Pregunta: En Punto de fuga, la memoria funciona como un territorio en constante movimiento donde los relatos transitan entre la experiencia, la imaginación y la ficción. ¿Considera que la frontera entre lo vivido y lo narrado tiende a desdibujarse en la literatura, o cree que es fundamental mantener una distinción clara entre ambos dominios?
Respuesta: La mirada original tiene claro lo vivido y lo imaginado; sin embargo, no es fundamental discernir esos límites, porque incluso esa mirada cambia con el transcurso del tiempo y lo que queda es el lenguaje, el puente entre la mirada, lo narrado y quien lee. Confío en quien lee para que descubra las referencias. No me inquieta esa frontera porque escribir es una rendición: entrego la historia al lector para que recupere esos mosaicos que surgen de lo biográfico o la imaginación, una combinación que puede ser producto del azar o la recuperación de experiencias para rendir un testimonio. La memoria es una narración de una circunstancia en la que estamos detenidos por el valor emocional que tuvo. Lo que recordamos es maleable y ese es un lugar incierto y fascinante para narrar. La narración ahonda en ese paisaje emotivo y hace al lector parte de ese proceso donde se entremezclan los territorios.
P.: Si tuviera que presentar Punto de fuga ante alguien que aún no lo ha leído, ¿qué aspectos destacaría para seducir a ese nuevo lector?
R.: Destacaría la honestidad de la propuesta. No hay pretensión en sus historias, no hay juicios ni moralejas. Son relatos que dan cuenta de la ambigüedad que nos envuelve a lo largo de la vida, y de la belleza que podemos hallar en esa contradicción y deriva. Las memorias infantiles, la vejez, la envidia, el amor y la muerte; la menstruación, la menopausia, lo espiritual y la superstición, el humor, todo está allí, para explorar y encontrarnos en la incertidumbre y las cicatrices que son comunes a todos.
P.: Punto de fuga articula dieciocho relatos atravesados por la memoria y la experiencia. ¿Cómo surgió la necesidad de organizar el libro desde esa multiplicidad de escenarios y voces?
R.: Uno de los primeros relatos que escribí fue 1927, las cartas que nadie escribió, en el que se recrea la correspondencia ficticia entre Georgia O’Keeffe, Virginia Woolf, Camille Claudel, Isadora Duncan y Frida Kahlo; esa fue la chispa inadvertida porque no lo escribí considerando especialmente el tratamiento de la memoria y esos disparadores que activan nuestros recuerdos, en este caso con las cartas. Luego, caminando por una calle del centro de Caracas, reparé en dos negocios contiguos con el mismo nombre, una pastelería y un hotel; allí nació Romeo y Julieta. Imaginando a esos dos inmigrantes españoles, desarrollando su historia de amor y exilio, se comenzó a tejer la relación de los cuentos con la memoria.
Cuando miramos una composición artística, nuestro cerebro de manera automática e inconsciente identifica caminos para la vista, reúne los rasgos comunes y los reagrupa en formas básicas, en líneas que construyen un orden. El punto donde se produce el encuentro de esas líneas se denomina punto de fuga y, dependiendo de su ubicación, obliga al observador a mirar hacia adentro o hacia afuera de la composición. En Punto de fuga, la multiplicidad de escenarios y voces nos reta como lectores a observar la composición de nuestras vidas desde otro punto de vista.

P.: El jurado del Premio Anual Transgenérico ha destacado la perspectiva femenina desde la que se abordan muchos de los relatos. ¿Hasta qué punto esta mirada responde a una intención consciente y hasta qué punto surge de manera natural en su escritura?
R.: No es una decisión consciente; cada personaje se presenta y va tomando su voz, su espacio. Como mujer, mi manera de ver el mundo e insertarme en él es distinta, pero no por ello al escribir me planteo un discurso de la mujer. Esa voz se hace presente porque es parte de mi experiencia. En Autorretrato con otras letras, por ejemplo, hay un solo personaje cuya voz es femenina o masculina según cuenta su historia en distintos momentos de su vida. Se trata de hablar sobre emociones y sentimientos que no distinguen género, raza o cualquier otra condición. Si la voz femenina está allí, no es con el peso atribuido al género del autor, sino para reinsertar ciertas vivencias desde la mirada que confiere la experiencia, y surge naturalmente.
P.: En sus cuentos se percibe un delicado equilibrio entre lo íntimo y lo universal. ¿Cómo trabaja ese desplazamiento entre la experiencia personal y la ficción literaria?
R.: Lo íntimo forma parte sustancial de la vida y siento que el desplazamiento es orgánico, porque va de encajar cuestiones comunes a todos, pero que cada quien procesa desde su bagaje y sensibilidad. Hay un relato, semibiográfico familiar, Tríptico en claroscuro, que es la historia de mis abuelos, y allí me desplazo entre las anécdotas y recuerdos que tengo de ellos, de lo que me hablaron y contaron, pero que recreo ficcionalmente, no para rellenar vacíos u olvidos, sino para mirar su experiencia desde los ojos de otros testigos: la familia, los vecinos, las costumbres y modos de una época en la cual no era socialmente aceptado que una mujer se divorciara y se casara de nuevo, y con un extranjero además.
P.: Sus personajes parecen huir deliberadamente del cliché y se construyen desde matices muy sutiles. ¿Qué le interesa explorar en ellos: la acción, la emoción o los silencios que los rodean?
R.: Toda acción, todo escenario en los relatos, da cuenta de un estado anímico, una intención o propósito; incluso el silencio, como bien lo planteas, delata situaciones. Escucho a mis personajes, les busco nombres y los imagino físicamente, aunque los describa a partir de sus movimientos y emociones. Ellos se van presentando, con su propia agenda, y me interesa hallar en ellos todo lo que les confiere aliento en la narración.
P.: Su formación como internacionalista y comunicadora atraviesa una trayectoria literaria muy diversa y transnacional. ¿De qué manera ese bagaje profesional y vital influye en su forma de narrar?
R.: Citaré a un escritor venezolano que admiro, José Balza: «El lugar del mundo donde ha nacido perseguirá siempre al escritor». El paisaje natal, la formación, las vivencias, configuran una huella que condiciona mi percepción del mundo y, por ende, mi forma de narrar. Puedo enriquecer mi visión, pero la raíz estará siempre conectada a esa identidad. Balza señala que el lugar, con sus costumbres, sonidos, idiosincrasia, etc., es un lenguaje que permea en el escritor, un lenguaje que lo nutre, que utiliza o combate. Me gusta la idea de expandirme, a partir de esas raíces.
P.: ¿Sigue algún método o ritual específico cuando se enfrenta al proceso de escritura, o su trabajo creativo se adapta a los ritmos de la vida cotidiana?
R.: Mi habitación propia incluye disciplina, porque tiendo a la dispersión; música, que varía según lo que escribo y mi estado de ánimo o disposición. Escribo a mano todo: las ideas, las curiosidades, las dudas, pequeñas reseñas de lo que voy leyendo, nombres. Escribir a mano me libera espacio y tensión. Suelo hacer bosquejos, cultivo un jardín de ideas e investigo sobre lugares. Camino. Caminar se ha convertido en un ritual, porque el silencio de las caminatas me da ideas y respuestas. Hago collages para traducir cosas que aún no logro atajar con palabras. Pero todo lo anterior lo adapto al ritmo de mi cotidianidad: mi marido y mis hijos interrumpen, mis amigas me llaman, converso con mi mamá, preparo la comida. He encontrado en esa dinámica un ritmo que me permite fluir.

P.: ¿Qué libro, ya existente, siente que le habría gustado escribir usted misma, y qué cree que la une especialmente a esa obra?
R.: Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, porque sencillamente es una joya, al igual que Funes el memorioso, de Borges.El diente roto, de Pedro Emilio Coll, porque encierra la redondez del cuento y, como diría Cortázar, no deja cabos sueltos. Amor, de Krina Ber, por lo íntimo, personal, universal y auténtico. La Cigala, de Fabio Morabito, por la dosis perfecta de absurdo y humor.
P.: A lo largo de su trayectoria como lectora y escritora, ¿hay autores o autoras que considere fundamentales en su formación literaria?
R.: Mi trayectoria, si puede utilizarse ese término, es la de lectora. Nombrar o hacer listas es peligroso porque siempre, siempre, queda alguien fuera, pero sin duda mi biblioteca personal, no física necesariamente, está llena de cuentos, y de cuentos latinoamericanos. Allí voy desde el cuento venezolano con Pedro Emilio Coll, José Rafael Pocaterra, Teresa de la Parra, Uslar Pietri, Julio Garmendia, Guillermo Meneses, Antonia Palacios, Francisco Masiani y un largo etcétera. Borges, Rulfo, Quiroga, Silvina Ocampo, Elena Garro, Cortázar, Clarice Lispector… La narrativa y poesía venezolana fundamental de Ana Teresa Torres, Victoria de Stefano, Krina Ber, Miyó Vestrini, Ida Gramcko, Eugenio Montejo, y voy dejando mucho por fuera, de otras latitudes: Antonio Muñoz Molina, Laforet, Gaitán, Millás, Javier Marías y sigue el etcétera.
P.: ¿Se encuentra actualmente trabajando en algún nuevo proyecto del que pueda adelantarnos algo?
R.: Recién terminé algo que podríamos llamar novela. Estoy trabajando un nuevo libro de cuentos; esta vez el hilo conductor son los sentidos. Y otras ideas que están germinando.
P.: Para concluir, y como es tradición aquí, en La Jungla de las Letras, nos gustaría conocerla un poco más: ¿cómo se define usted, tanto en su faceta de escritora como en el plano personal?
R.: Édouard Levé escribió en Autoportrait: «Me fijo en las canas de la gente que todavía no está en edad de tenerlas». Estoy en edad de tenerlas. Como a Levé, la competencia no me estimula; conocí a un anciano que era un museo en sí mismo, mi abuelo, y siento debilidad por la gente un poco rara. Pocas cosas me apuran, pero muchas me emocionan (sobre todo lo que tenga que ver con mis hijos, tengo dos). Levé lamenta que no haya toboganes para adultos, yo también. Soy venezolana e inmigrante. Casada y me gusta el chocolate.
Mi primer cuento lo escribí a los 12 años, El monstruo del faro, pero a la escritura como oficio llegué tarde, aunque creo que a las cosas importantes de la vida no se llega ni antes ni después, sino cuando corresponde.
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