«Es ahí donde el libro que dio luz a aquellas figuras toma un papel fundamental: es un objeto tan preciado como repudiado».

Los universos de Cornelia Funke contienen la maravilla de la fantasía europea: dragones, tragafuegos, juglares y hechiceros. Corazón de tinta, libro que da inicio a su saga Mundo de tinta, resulta especialmente querido para lectores asiduos, puesto que es una obra metaliteraria que guarda, además, una historia dentro de otra, recordando al concepto de la caja oculta o matrioska. Las historias se entrelazan de manera armónica, presentando a personajes adaptados en niveles diferentes a la nueva realidad que confrontan; hay una sensación de realización por parte de algunos de sus personajes, quienes parecen encajar mejor en la nueva realidad, mientras se presenta de manera simultánea la nostalgia por los viejos sitios donde residieron. Agrega mucho valor disfrutar la trilogía con las ilustraciones originales de la autora.

Nuestra heroína, Meggie, encarna el arquetipo de una doncella cuya ingenuidad va desapareciendo mientras avanza un viaje inesperado y frenético. La historia se plantea sobre una familia rota: Mortimer (a quien Meggie con cariño llama «Mo»), la misma Meggie, una tía lejana (Elinor) y su sobrina, Resa, la madre desaparecida sobre la cual no se habla demasiado. Mo es un restaurador de libros o, dentro de la simple pero ingeniosa y astuta mente de su hija, un «doctor de libros». Ambos viajan constantemente reparando viejos libros, los cuales son considerados casi entidades vivas, refugio en la tormenta. El libro retrata el amor mismo por las historias y la voluntad propia que estas parecen tomar. Cornelia Funke reconoce en el lector una criatura que se ha formado gracias a las historias que ha leído, pues comprende, gracias a ellas, virtudes y vicios que no siempre están presentes en la realidad base.

Es en este inicio cuando un misterioso tragafuegos forastero, Dedo Polvoriento, irrumpe en la ya inestable vida de ambos, revelando los dones de Mo y la razón que tiene para nunca leer en voz alta. Con personajes entrañables, tal como la querida Elinor (cascarrabias pero en sumo amorosa y amante profunda de los libros) o el ruin Capricornio, Cornelia Funke esboza un universo mágico y fantástico que colapsa con la realidad conocida.

El amor de Mortimer por los mundos fantásticos hace que las figuras cobren vida; sin controlar él mismo su propio don, desata en el mundo real una serie de figuras malévolas o grises (como lo es el mismo Dedo Polvoriento), cuya adaptación al nuevo mundo es diversa: mientras unos recuerdan con melancolía el mundo fantástico, otros se alegran del nuevo mundo con sus reglas ventajosas.

Es ahí donde el libro que dio luz a aquellas figuras toma un papel fundamental: es un objeto tan preciado como repudiado. Su autor, Fenoglio, parece harto del tema, pues ha conocido en carne propia a quienes dio luz a través del papel y la tinta. Intenta alejarse del asunto y parece haber aborrecido su obra después de ver sus resultados en el mundo real, pues todos sus ejemplares (menos uno, el de Mo) han sido robados y quemados.

La obra explora la influencia de la fantasía en lo real, volviéndola, en un sentido, una pesadilla: una historia que pierde el control de su creador y se reescribe a sí misma. La tarea de los personajes amantes de los libros es recobrar las riendas narrativas y reescribir la realidad, tomando un papel más activo en su historia.

Surge una gran nostalgia al leer este libro, pues diversas referencias a clásicos como Las mil y una noches o El mago de Oz se hacen presentes. Es gracias a esto y a una historia muy bien tejida que el libro resulta un refugio de lectura también para adultos, llevándolo a una dimensión mayor: el libro parece también hablarles a esos padres y madres que incentivan la lectura en el momento fundamental.

El camino de Meggie tiene más tintes de viaje del héroe, pues sus aventuras parecen ser bastante más externas. La historia se encarga de volverla más prudente y racional, y la lleva a descubrir su gran fuerza interna, desatando en ella habilidades desconocidas para sí misma.

El miedo y el anhelo componen también parte central de las reglas de la creación dentro de la novela; es la misma emoción, antes que el conocimiento o la sabiduría, lo que permite a los personajes mover las tramas de ambas historias. La emotividad de personajes como Mo o Darius (otro lector con el don de traer a la vida a personajes de libros) es lo que los lleva a conformarse como «hechiceros»; su magia reside en el amor y pasión que tienen por las historias, antes que en cualquier otro atributo que se les pueda dar. Fenoglio, si bien conoce toda su historia, no tiene una influencia en ella una vez sus personajes salen de la línea de comando que les ha entregado; esto no lo relega a ser un personaje sin valor, sino que, en cambio, ayuda a tomar las decisiones lógicas y estratégicas para contrarrestar el mal que se ha desatado en el mundo.

Se suele entender (de forma errónea) la literatura infantil como una literatura de menor valor; sin embargo, este tipo de historias abren las puertas a un gran mundo que tiene infinitas vertientes. Es en estas historias en las que una puede encontrar claridad cuando todo parece oscuro; se planta la fantasía como una medicina innegable y necesaria, que puede convertirse también en la perdición de quienes se obsesionan con ella.

Cornelia Funke es una autora que, como guardiana, cuida la puerta de entrada a la lectura, lo que constituye un trabajo vital. Las historias se convierten en la voz viva para escribir y preservar la memoria humana, y el amor por las historias debe comenzar en la niñez. Es eso lo que hace maravillosa a la heroína de la historia, quien comprende cómo las historias acompañan, abrazan y, más que nada, transforman.

El libro nos responde a la pregunta sobre la necesidad de leer: se lee para vivir lo que no se puede en una sola existencia; se lee para comprender la virtud, el vicio, la maravilla y el horror; se lee para experimentar a través de una ventana de papel y tinta; se lee para comprender dentro de la carne lo que el mundo por sí mismo no nos puede ofrecer directamente. El concepto de la historia elimina la imposibilidad de experimentar en carne propia los efectos de los personajes en el mundo real, llevando a los lectores a convertirse también en creadores y participantes de la historia.

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