Foto de Manuel Torres García

Hace más de dos mil años, Virgilio escribió un poema sobre el campo. Sin saberlo, también dejó una advertencia para nuestro tiempo.
Cada verano contemplamos las mismas imágenes: montañas envueltas en llamas, helicópteros descargando agua, pueblos desalojados y bomberos enfrentándose a un enemigo que parece imparable. Después llegan las explicaciones: el viento soplaba con fuerza; la temperatura era extrema; hubo una negligencia; tal vez una máquina agrícola; quizá una colilla; puede que un pirómano.
Todo eso importa, pero ninguna de esas respuestas explica por qué el fuego encuentra hoy un territorio tan dispuesto a arder. Ahí está la verdadera pregunta. Y, para empezar a responderla, quizá debamos apartar por un momento la vista de los informativos y volver a un libro escrito hace más de dos mil años.
Las Geórgicas no son únicamente un poema sobre la agricultura. Son una reflexión sobre la relación entre el ser humano y la tierra. Su título procede del griego geōrgiká, «los trabajos del campo», pero habla de algo mucho más profundo que sembrar o cosechar. Habla del cuidado, de la responsabilidad de mantener vivo aquello de lo que dependemos.
Por eso resulta tan revelador que, cuando Virgilio menciona el fuego, no empiece describiendo una montaña envuelta en llamas. Empieza con un descuido. Con una imprudencia mínima que, ayudada por el viento y por la materia seca, termina convirtiéndose en un desastre.
Más de veinte siglos después, seguimos obsesionados con esa primera chispa. Discutimos si fue una colilla, una cosechadora, una línea eléctrica o una acción intencionada. Es lógico que se investigue, pero esa búsqueda suele ocultar una realidad que no queremos ver.
Los grandes incendios empiezan mucho antes de que alguien prenda fuego al monte: cuando dejamos de cuidarlo.
Existe una idea muy extendida en nuestras ciudades que apenas cuestionamos. Creemos que proteger la naturaleza consiste, sobre todo, en no intervenir sobre ella. La contemplamos, la fotografiamos y la recorremos durante un fin de semana convencidos de haber cumplido con nuestra parte. Sin embargo, los bosques ibéricos nunca fueron espacios completamente ajenos al ser humano. Durante siglos fueron territorios habitados, trabajados y conocidos.
No es que nuestros antepasados fueran más ecologistas que nosotros. Ni siquiera utilizaban esa palabra. Lo hacían porque comprendían que su vida dependía del paisaje y que el abandono también destruye. Pastores, agricultores, resineros, carboneros y leñadores mantenían un equilibrio silencioso. Las cabras reducían el matorral, la leña se aprovechaba, las ramas secas se retiraban y los caminos permanecían abiertos porque alguien los recorría cada día.
No era una naturaleza intacta. Era una naturaleza cuidada.
Con el abandono del mundo rural, esa relación empezó a romperse. Los pueblos se vaciaron, desaparecieron oficios centenarios y el monte comenzó a quedarse solo. Acostumbramos a hablar de la despoblación como un problema económico o demográfico. Muy pocas veces la relacionamos con los incendios. Sin embargo, ambos fenómenos forman parte de la misma historia.
Hoy el problema no es que el bosque produzca más combustible que antes. El problema es que casi nadie lo retira. La biomasa se acumula, el matorral crece sin control y los antiguos mosaicos agrícolas han sido sustituidos por grandes masas continuas de vegetación. Basta entonces una chispa para que el incendio encuentre una autopista abierta.
Llegados a este punto, suele aparecer una discusión tan estéril como previsible. Unos sostienen que todo se debe al cambio climático. Otros afirman que el verdadero problema es la gestión forestal. Ambos hablan como si una explicación excluyera a la otra.
El cambio climático existe. Las temperaturas más altas, las sequías prolongadas y las olas de calor hacen que los incendios sean más intensos y difíciles de extinguir. Negarlo sería absurdo, pero también lo sería ignorar que un bosque saturado de combustible ofrece al fuego unas condiciones completamente distintas que un territorio gestionado.
Una chispa inicia el incendio.
El viento lo acelera.
El calor extremo multiplica su violencia.
Y el combustible acumulado permite que ese fuego se convierta en una catástrofe.
Virgilio intuía algo que hoy seguimos olvidando: la naturaleza responde a nuestras decisiones mucho antes de que nosotros percibamos sus consecuencias. El agricultor no esperaba a que el campo enfermara para empezar a cuidarlo. Sabía que la prevención no produce aplausos, pero evita tragedias.
Quizá ahí resida una de las diferencias más profundas entre aquella civilización y la nuestra. Ellos vivían pendientes del cuidado cotidiano. Nosotros vivimos fascinados por la gestión de la emergencia.
Nunca habíamos tenido tantos medios para combatir un incendio. Aviones anfibios, helicópteros, brigadas especializadas y satélites capaces de detectar un foco de calor casi en tiempo real. Todo eso merece reconocimiento. Sin embargo, apenas nos preguntamos por qué invertimos tanto en apagar el fuego y tan poco en evitar que el monte quiera arder.
Las Geórgicas ofrecen una respuesta que debería sonrojarnos. Virgilio no escribe sobre grandes gestas, sino sobre tareas pequeñas y repetidas: podar, limpiar, observar, sembrar, esperar el momento oportuno, conocer la tierra. Todo el poema gira alrededor de una idea sencilla: el cuidado cotidiano vale más que la intervención heroica.
Nosotros hemos invertido esa lógica. Admiramos al bombero que se juega la vida entre las llamas, y con razón, pero apenas reparamos en el pastor que, durante años, ha mantenido limpio un monte sin recibir un solo aplauso. Celebramos la espectacularidad del rescate y olvidamos la humildad de la prevención.
La prevención tiene un problema: cuando funciona, parece que no ha hecho nada.
Durante siglos, un rebaño de cabras hizo más por la prevención de incendios que muchas campañas institucionales. No porque las cabras supieran apagar fuegos, sino porque eliminaban el combustible que los alimenta. Cuando desaparecieron los rebaños, no solo cambió la economía rural. Cambió el paisaje. Y cambió, sobre todo, nuestra relación con él.
No fueron las cabras las que abandonaron el monte. Fuimos nosotros quienes abandonamos una manera de entenderlo.
Esa pérdida va mucho más allá de la gestión forestal. Habla de una forma de vivir. Durante generaciones, el campo enseñó algo que la ciudad ha ido olvidando: casi todo lo importante exige atención constante. Una viña no se cuida el día antes de la vendimia. Un olivo no se poda cuando ya está enfermo. Un bosque no se limpia cuando el incendio ya se acerca.
El cuidado siempre llega antes que el problema. Nos hemos convertido en especialistas en reparar lo que antes dejamos de cuidar.
Quizá por eso las Geórgicas siguen resultando tan actuales. No porque Virgilio pudiera imaginar los incendios del siglo XXI, sino porque comprendió una verdad que no depende de la tecnología. La naturaleza responde a nuestra forma de habitarla. No actúa por venganza. Simplemente devuelve, tarde o temprano, las consecuencias de nuestras decisiones.
Sería un error convertir esta reflexión en una crítica al ecologismo o en una negación del cambio climático. El clima agrava el problema. Pero el abandono lo prepara. El fuego necesita una chispa. También necesita un bosque dispuesto a arder. Y esa disposición se construye durante años de despoblación, de pérdida de oficios y de una concepción de la naturaleza que, en ocasiones, ha confundido proteger con dejar sola.
Probablemente esta sea la enseñanza más valiosa de Virgilio: la civilización no se sostiene gracias a los grandes gestos, sino gracias a miles de pequeñas acciones que rara vez ocupan un titular. Un sendero que alguien mantiene abierto. Una poda realizada en invierno. Un muro de piedra que resiste. Un rebaño que limpia el monte mientras busca alimento. Son tareas discretas, casi invisibles. Sin embargo, de ellas depende muchas veces que el paisaje siga siendo habitable.
Las grandes catástrofes casi nunca nacen de un gran error. Suelen ser la suma de muchos pequeños descuidos.
Mientras discutimos sobre quién provocó el último incendio, seguimos ignorando la pregunta que realmente importa: ¿qué sociedad hemos construido para que una simple chispa encuentre un territorio dispuesto a convertirse en ceniza?
Las llamas que vemos cada verano son la parte visible del problema. Lo invisible comenzó mucho antes: cuando el campo perdió habitantes, cuando dejamos de valorar el conocimiento de quienes habían aprendido a convivir con la tierra y cuando confundimos el progreso con la idea de que la naturaleza podía cuidarse sola.
Las Geórgicas siempre hablaron de algo más que de agricultura. De cuidar la tierra, por supuesto, pero también de hacernos responsables de aquello que dejamos crecer o abandonamos.
El abandono rara vez se nota al principio. Sus consecuencias, en cambio, siempre acaban haciéndose visibles. Y esa lección no sirve únicamente para los bosques. Sirve para las familias que solo se reúnen cuando alguien enferma; para las amistades que damos por supuestas; para las empresas que descubren demasiado tarde que el talento también necesita atención; para las democracias, que no se deterioran de un día para otro, sino por la lenta erosión del desinterés de quienes las sostienen; y también sirve para nosotros mismos.
Hay incendios que devoran montañas en unas horas, pero los más peligrosos son aquellos que llevan años preparándose en silencio. Los que nacen del abandono. Los que nadie ve mientras todavía pueden evitarse.
Quizá esa sea la verdadera lección que Virgilio dejó escondida entre los surcos de las Geórgicas: el cuidado nunca hace ruido, pero su ausencia siempre acaba haciéndolo.

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