«Soy de los que piensan que un buen librero no es un simple tendero despachapapel, alguien que solo vende libros. Ya lo decía Borges, el oficio de un buen librero te puede cambiar la vida».
Foto de archivo de la Semana Negra de Gijón: Paco Camarasa y José Antonio Castro en la presentación del libro «La última confesión».

Ya son más de ocho años los que han pasado desde que Paco Camarasa nos dejó. La verdad es que el tiempo es una mala puta, nunca sabes cuándo va a azotarte en las nalgas y dejarte ñoño, recordando una época en la que fuiste protagonista y director al mismo tiempo. Paco Camarasa era mucho más que un librero. Bueno, qué tontería. Paco Camarasa era el librero. El perfecto anfitrión que cualquier escritor, editor, lector o aspirante a librero quisiera tener al lado. Te hacía sentir importante y también, con elegancia y sin dramas, te daba tu ración de realidad cuando hacía falta. Te quitaba los humos de golpe. Era una buena persona.

La primera vez que me tropecé con él fue en 2009. Se había leído La última confesión, mi novela; le había encantado, quería presentarla en su templo y preguntó por ahí quién era yo. Acabó arrastrándome a su mítica Negra y Criminal de la Barceloneta a comer mejillones y brindar con cava. Al año siguiente se repitió la escena: él y yo en Gijón, en su Semana Negra, con otra presentación. A partir de ahí, cada vez que pisaba Barcelona era visita obligada robarle algún café a su compañía. Pocos cafés, demasiados pocos.

Cuando te topas con alguien que vale el doble de lo que aparenta, solo queda rendirse a la evidencia. Ahora, muchos años después, lo entiendo perfectamente. Paco no me estaba haciendo un favor al presentar mi novela; estaba haciendo su trabajo. Pero qué manera tan extraordinaria tenía de hacerlo.

Soy de los que piensan que un buen librero no es un simple tendero despachapapel, alguien que solo vende libros. Ya lo decía Borges, el oficio de un buen librero te puede cambiar la vida. Hoy, entre redes sociales, modernidades impostadas y postureo, todo se está desvirtuando a pasos agigantados. Y no precisamente para mejor. Hay quienes han confundido la prescripción con el púlpito, convirtiendo el oficio en una forma bastante sofisticada de hablar de sí mismos. Pero gracias a San Juan de Dios, patrón de los libreros, seguimos disfrutando de una maravillosa excepción, ya que casi todos los libreros que he conocido a lo largo de mi vida como lector, escritor y editor entienden que su función es tender puentes. Aunque, eso sí, haya habido otros convencidos de que su labor era levantar fronteras.

Imagina que un editor, o incluso un autor, llega a una librería con un libro bajo el brazo que ha costado muchísimo trabajo sacar adelante. ¿Cómo crees que deberían tratarlo? Hay libreros —espero que los menos— que cogerán ese ejemplar entre sus manos, lo mirarán y parecerá que les estás molestando. Mientras tanto, el buen librero te podrá soltar un «no me interesa» y no pasará nada. Eso también forma parte del oficio, sobre todo si te lo despacha con respeto, te explica por qué, te escucha o incluso te recomienda otra librería, otro lector u otro espacio. ¿Estamos de acuerdo en que tener criterio no obliga a ser un soberbio?

Quizá por eso, en un mundo tan dado al lucimiento personal, sigo pensando en Paco de vez en cuando. No porque fuera perfecto —no creo que nadie que lo conociera utilizara esa palabra—, sino porque sabía algo que algunos parecen haber olvidado, y es que un librero no está para demostrar que es la persona más importante de una librería. Está para conseguir que, durante unas horas, lo sean los libros.

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