
Como alegoría, el pantano resulta la imagen ideal para describir la depresión. En la novela Instantes/Estantes, de la autora mexicana Andrea Calderón, la protagonista muestra, a través de un diálogo íntimo e interno, la decadencia y el estancamiento cíclicos de dicho padecimiento. Se exploran, a través del hilo del pensamiento, los confines de esta enfermedad y el desarrollo de mecanismos autodestructivos, la repetición de patrones y la sensación de podredumbre y decadencia que lleva consigo.
Annie, la protagonista, narra su historia en primera persona, contando el desamor causado por una relación infructuosa con su profesor de literatura, diez años mayor que ella. En una serie de sucesos en espiral y descenso se exploran las dinámicas del poder, que tienen como origen, además del factor externo (Daniel, dicho profesor de literatura), un discurso interno de la propia protagonista que destruye, hasta cierto punto, la respuesta adecuada ante la situación de abuso. Sin embargo, la novela alcanza a apuntar a un nivel de responsabilidad más profundo: funge como una crítica a la falta de mecanismos para defender la vulnerabilidad de las mentes en crecimiento.
Hay, en la construcción del personaje principal, una idea de cierta infantilidad que se sigue atravesando o dominando, y es con el despertar de la sexualidad que la vinculación pasa a ser un arma para autodañarse. Los vínculos que genera Annie con los hombres parecen tener término único en la adrenalina, la vacuidad y el placer inmediato. La enfermedad obnubila las razones para detener dicho patrón: no hay posibilidad de apelar a la empatía por las parejas de los hombres de sus distintos encuentros. Una sensación de competencia con otros personajes femeninos se instala desde las primeras páginas.
La voz parece guiarse por un flujo de pensamiento crudo, letal y desgarrador; asimismo, se muestran la injusticia y la indiferencia que pueden surgir durante esta etapa de la vida. La novela misma, desde la construcción ambiental, propone la existencia de una población juvenil que entra en la adultez y es observada solo como un número más, considerándose una mente con cierto grado de responsabilidad, pero aún en desarrollo. El rasgo de responsabilidad supuesta se transforma entonces en una excusa para negar la necesidad de protección. Se asoma, en el actuar de la protagonista, un comportamiento un tanto infantil del cual, sin embargo, no se le puede culpar del todo: la ambigüedad en los roles que deberían tener las figuras de autoridad es un peso importante que mueve la trama.
Después de una serie de desventuras y devaluaciones sufridas por la relación caótica con Daniel, quien además incurre en ser infiel a su novia con varias de sus estudiantes (entre ellas, la protagonista), hay una suerte de despegue para salir de dicho pantano de la depresión. Annie decide salir de esa relación; el camino, sumamente escabroso, demuestra la actitud predatoria de Daniel y aún cierta vulnerabilidad que hace caer a la protagonista dentro de las redes de control y manipulación. Annie no es indiferente ante sus propios errores: existe una conciencia crítica en ella; sin embargo, se hace evidente la carencia de fuerza de voluntad, acelerando la frecuencia e intensidad autocrítica y convirtiéndose en otro mecanismo para la autodestrucción.
La ternura y otras formas de vinculación más sanas se encuentran, para dar contraste, por medio de las relaciones con los animales de compañía. Aunque este punto llega a ser contaminado por la misma decadencia psicológica del personaje, hay una sensación que la autora construye alrededor de la impotencia: el estar incómodo dentro de una situación y no contar con la fuerza para moverla.
El erotismo surge como un arma que induce a observarse a sí misma como un objeto de consumo, haciendo una crítica hacia la visión que se llega a presentar por parte de las figuras masculinas de la novela: una mirada que devalúa y desprecia, deja heridas invisibles y profundas, y se instala con sutileza dentro de las figuras femeninas, convirtiéndose en un patrón infeccioso.
Dentro de la novela surge una agria crítica al sistema: la indiferencia ante posibles denuncias agrava la situación de vulnerabilidad de los personajes. El ambiente se construye con una actitud generalizada de negligencia y estancamiento que revelan, por sí mismas, una necesidad constante de evasión; nuevos placeres, nuevos intereses, terminan por deshumanizar y alejar todo intento de justicia o rectificación.
Todos los elementos eróticos se escriben desde lo crudo, la experiencia directa, sin atisbo aún de un sexo intencionado. Se propone la actividad como una única forma de conectar con la energía vital; la desconexión entre sentimiento/pensamiento y el propio cuerpo hace pensar que la protagonista se guía por los flujos del deseo corporal. Antes que conformarse como un verdadero placer, termina siendo una suerte de sentencia, un escapismo que genera cierta adicción.
Cuando se visualizan posibilidades de verdadera conexión gracias a Abed, un chico que conoce en una librería, sale de manifiesto otro elemento recurrente en la novela: la comparación, los celos y una perspectiva de no ser suficiente. Por medio del gusto literario surge una posibilidad de conexión romántica más sana; sin embargo, la revelación de un pasado enamoramiento con otra persona corta toda posibilidad.
En términos generales, la obra es una exploración de la sombra humana, los vicios mentales y el placer como un elemento de escape. Asimismo, explora también la crítica tanto al sistema educativo, observando a sus componentes solo como un número, como la indiferencia ante la vulnerabilidad por parte de las autoridades. Una posibilidad de rectificación, de venganza, surge de las manos de la protagonista, Abed y Andrea, otra de las antiguas víctimas del depredador de la historia.
La narración de Andrea intercala memorias y reflexiones con una línea de historia destinada a la desgracia. Aparecen recuerdos que guardan cierta ternura y signos básicos de cuidado en las interacciones románticas, volviéndose oasis entre los momentos complejos y formando una razón que explica el retorno a los patrones negativos.
La sensibilidad y el arte constituyen un punto de interés, pues demuestran la ironía de los personajes al encontrarse inmersos en un mundo donde habitan la intelectualidad, la sensibilidad y el gusto estético, mientras que en sus vínculos personales prevalece la mentalidad de uso y desecho. Uno de los objetivos no tan visibles que persigue la autora es cuestionar el valor humano que desaparece y cuya ausencia es justificada por una posición que teóricamente alberga conocimiento. Las dinámicas de poder se convierten entonces en estructuras de abuso.
Finalmente, el discurso interno de la protagonista, aunado al conocimiento de otras víctimas, lleva a una situación donde la decadencia y los desequilibrios conducen a una tensión que exige justicia, dejando como punto principal de reflexión la necesidad de cuestionar cómo el ambiente social y familiar puede hacer de la mente —en específico, la femenina, pues es contra la cual existe el pensamiento de uso y desecho— un campo de batalla, haciendo de la obra una forma de concientizar sobre el problema de la depresión.

Aura Metzeri Altamirano Solar (Ciudad de México, 1999) Trotamundos, escritora y tarotista apasionada por el mundo de los símbolos y la narrativa, amante de lo extraño y la otredad.
