Lo más parecido a la vida

Este es el segundo ensayo que leo de James Wood, del que, reitero –ya lo mencioné en la anterior reseña–, se dice que «es uno de los críticos literarios más destacados y elegantes de nuestro tiempo». Sin embargo, digo ensayo, pero no me ha parecido un texto ensayístico como tal, sino más bien una bitácora literaria por la que Wood nos hace pasar y nos revela algunas de sus, digámoslo así, «inquietudes» y que pasan por una estrecha conexión entre la vida y los libros, o más bien, entre la literatura y su influencia sobre la vida de ciertos escritores y viceversa. Y cuando habla de vida no lo hace en el sentido estricto del ser que nace, crece, se reproduce y muere, sino en términos que conectan a ese ser humano escritor con su mundo interior y con el modo en cómo lo percibe, tomándose a veces a sí mismo como ejemplo a la hora de esbozar esa reflexión sobre el hogar que dejamos atrás y que siempre se añora pero nunca se vuelve a alcanzar porque el hogar que todos llevamos dentro ya no termina por salir. Vuelvo a alabar la capacidad del autor de Lo más parecido a la vida para aglutinar en su memoria todas esas anécdotas de escritores de los cuales ni siquiera conocía el nombre, así como su talento para hilar esos acontecimientos con los suyos propios y así ofrecernos una pizca de lo que ha sido su vida hasta el momento, determinando cuáles de los momentos de su historia personal han influenciado de manera más o menos directa sus decisiones, lecturas y existencia y cómo cree él, con su amplio bagaje literario, que han influido también las de algunos escritores sobre sus obras, usando para ello muy buenos ejemplos de entrevistas o de sus libros. Este libro, a diferencia del anterior que leí de su autoría –Los mecanismos de la ficción (Taurus, 2016)–, me ha parecido más llevadero, con un lenguaje más cercano y menos académico, lo que lo hace más asequible y humano. No deja de ofrecer la seguridad propia de quien sabe de lo que habla, pero no hay deje de prepotencia o soberbia, sino todo lo contrario. Alguno de sus pasajes resulta incluso inspirador y motivador. No resulta, además, difícil imaginarlo sentado en un cómodo sillón frente a una ventana con vistas a la naturaleza urbana, con el codo sobre la mesa, la mano en el mentón y la mirada perdida mientras evoca algunas de estas anécdotas. No es un libro pretencioso, sino que goza de una sencillez hipnótica. Creo que es una muy buena ocasión para conocer al hombre que se esconde tras la figura del crítico, de ver más de cerca el modo en que funciona su mente a la hora de hilvanar pensamientos, reflexiones y recuerdos. Además es un texto breve de letra cómoda, amplios márgenes y pocas páginas, lo que hace que sus cuatro apartados se lean casi en un suspiro.

Víctor Morata Cortado

LO MÁS PARECIDO A LA VIDA de James Wood / Título original: THE NEAREST THING TO LIFE / Traducción: Mariano Peyrou Tubert / Editorial: Taurus / Colección: Pensamiento / Género: Ensayo / 160 páginas / ISBN: 9788430618149  / 2016

Fragmentos

Bo7NW6hIUAEo3J0Algunas personas, tal vez más de las que yo creo, consiguen que la sucesión de acontecimientos que suceden a lo largo del tiempo, encajen como eslabones de una cadena logrando al final una trayectoria vital que sigue un hilo conductor continuo, coherente, sin más sobresaltos que el de algunos traspiés inesperados como un accidente o una enfermedad. Son muchos, sin embargo, los que se encuentran con tropiezos que rompen la continuidad de lo vivido y tienen su evolución en este mundo dividida en etapas. Etapas que en ocasiones siguen la lógica de la edad, la carrera profesional y sus altibajos, su vida sentimental, sólida o inestable… Viven en una cierta harmonía pero deben ser muy capaces de adaptarse a los cambios y tenaces para que los sustos que a todos nos llegan no trunquen su camino ni su moral para afrontar las nuevas situaciones. En esta división arbitraria que estoy definiendo, me quedan los que tienen periodos tan cortos de estabilidad y situaciones tan cambiantes que no son ni eso, son simples fragmentos. Se enfrentan a un puzzle de diez mil piezas que no siempre se puede completar, por falta de piezas o por tener algunas repetidas que aparecen inopinadamente de tanto en cuanto de nuevo cuando ya creíamos tenerlas colocadas. Vuelta a empezar. La inestabilidad que esto genera hace afrontar los acontecimientos con incertidumbre y su consiguiente pérdida de seguridad en uno mismo.

Dicho todo esto, he llenado la palabra fragmento de connotaciones negativas. Habrá que solucionarlo. Os preguntaréis que tiene que ver esta introducción con los temas que habitualmente se tratan en «El último refugio». Pues bien, el caso es que los pequeños trozos de cosas de lo más variopinto también tienen una vertiente alimenticia, espiritual, culturalmente hablando. 

Yendo a la cosa cultural, ya sabemos que si uno tiene inquietudes y curiosidad, nunca se deja de aprender. El legado que nos viene de atrás y todo lo nuevo que se crea constantemente, nos sitúa frente a un panorama tan amplio que no podemos abarcar en su totalidad. A pesar de no perder el interés por lo nuevo y la curiosidad por repescar cosas pretéritas, a cierta edad, tenemos ya construido nuestro catálogo particular de disciplinas, autores, películas, canciones, etc. que nos interesan especialmente. Tanto es así que no podemos remediar volver a lo ya conocido aparcando para otro rato lo que está por descubrir.

Aquí aparecen los fragmentos. Últimamente me he descubierto a mí mismo viendo trozos de películas, sin intención de revisarlas por completo, por el placer de recuperar una escena como el final de Casablanca, de sentir de nuevo el gozo estético de una obra como La Aventura de Antonioni, de oír la soberbia voz de Gregory Peck en Matar a un ruiseñor y así podría seguir con muchos ejemplos. En lo musical, es más frecuente dejar de oír LP’s enteros a ponernos un par de canciones que inevitablemente nos llevan a otras que queremos degustar en el momento. La literatura parece menos proclive a este tipo de picoteos pero también se da el caso de buscar descripciones, diálogos o inicios o finales que tenemos grabados.

edward HartwigTal vez sea a causa de que con los avances tecnológicos y con el mayor número de cosas a las que atender que tenemos cada día, sea difícil encontrar dos horas de concentración absoluta, sin interferencias, sobre todo si no se está en el lugar adecuado. En fin, siempre nos quedarán los museos, cines, conciertos y otros «templos» en los que huir de la dispersión.

José A. Valverde

Marlowe y yo

El otro día salía de casa de forma apresurada cuando caí en que no llevaba lectura para el metro. Me acerqué a lo que me gusta llamar mi biblioteca y atrapé al vuelo una novela de Chandler. De las editadas por Alianza en formato pequeño y, en este caso, poco voluminosa además. Era Playback. No recordaba haberla leído en el volumen «gordo» Todo Marlowe de RBA y, en cualquier caso, no me importaba repetir. Una vez instalado en el vagón, no antes, hay que respetar los tempos, abrí la novela y a la segunda página ya me veía a mí mismo más seguro, brillante, sagaz, temerario pero honesto… Vaya que me veía con traje, corbata, sombrero y tal vez un arma en la sobaquera. La escritura de Chandler y el personaje de Marlowe en particular ejerce ese efecto que a veces tiene la ficción de transformar, momentáneamente, la realidad y cambiarnos el ánimo e incluso la personalidad. Cualquiera que haya visto El sueño eterno, remitirá la imagen del personaje a la efigie dura y noble de Humphrey Bogart. Es inevitable. Alguno puede recordar a Robert Mitchum en Adiós muñeca pero lo veo menos probable. Marlowe es Bogart.

big-sleep-posterSumido en estas reflexiones que me apartaban del hecho físico de la lectura, caí en que a menudo nos pasa lo que, según dicen, dijo Chesterton: «La realidad es un lujo, la ficción una necesidad». Necesidad de evadirse, de vivir otras vidas, de ser héroe o villano por un momento. Todo eso nos brinda la literatura y también el cine, claro. ¿O no recuerdan los que eran niños en los setenta salir del cine lanzando puñetazos al aire al salir de ver Rocky, o no querer bañarse en el mar el verano que estrenaron Tiburón y no digamos subir al ascensor de un rascacielos tras la traumática experiencia de El coloso en llamas?

Todo eso, trasladado a la actualidad, nos sigue pasando y es un indicador muy positivo de la capacidad de imaginar que aún conservamos. Después siempre hay tiempo de volver a la realidad de la vida diaria y las rutinas. Como supongo que harían unos señores que protagonizaron una escena curiosa que viví en París. Andaba cerca del barrio latino y vi un personaje, inequívocamente americano, que tenía un aire a Hemingway. Pasé después por la puerta del Café de Flore, había dos más, y por si faltaba algo al doblar la esquina me topé con otro. No había ninguna convención. Simplemente estaban disfrutando de su derecho de creerse su propio héroe paseando por los «santos lugares» que el escritor frecuentara en los años ’20.ThebigsleepH4ev1qbbjxvo1_500

La conclusión de todas estas divagaciones es que hábitos como la lectura, el cine, la pintura, la escritura, etc. son muy saludables para reconfortar el alma aunque sea con la fugaz percepción de sentirse miembro del MI6 unos instantes.

José A. Valverde

Higgins, resurrección

 

george-v-higginsGracias a la gran labor de editoriales independientes, en este caso Libros del Asteroide, podemos disfrutar de autores muertos en términos físicos y de presencia en librerías. No sé si la expresión correcta es resurrección o anunciación, no estoy muy puesto en términos religiosos, pero el advenimiento de George V. Higgins de la mano de la citada editorial fue una gran noticia. Comento lo de la anunciación porque muchos no conocíamos a este autor y la repesca, aquí vendría la resurrección, de Los amigos de Eddie Coyle nos abrió los ojos a un noir diferente. 

La característica esencial de las novelas de Higgins es su construcción a través de los diálogos que, muy bien tejidos, guían toda la acción. 

Nacido en el estado de Massachusetts, desarrolló toda su actividad profesional en Boston, centrada en temas que tenían que ver con el crimen pero desde el otro lado de la barrera. Dado su conocimiento de las mafias locales y de sus usos y costumbres, pudo plasmarlas con maestría. En general estamos ante argumentos no muy enrevesados pero que, como digo, a lomos de unos fantásticos diálogos, se hacen trepidantes. No escatima en violencia y crudeza pero ésta no se hace molesta para el lector ya que se integra de manera perfecta en el devenir de la historia que nos está contando.

AmigosTres son las novelas que hasta ahora ha rescatado Asteroide: Los amigos de Eddie Coyle (2011), Mátalos suavemente (2012) y La rata en llamas (2013). Parece que, de momento, nos quedamos sin la entrega correspondiente a 2014. Las tres fueron escritas entre 1970 y 1980 y las dos primeras cuentan con adaptación cinematográfica.

Eddie Coyle fue interpretado por Robert Mitchum en la película dirigida por Peter Yates en 1973. Tal vez habiendo leído antes la novela, no parece el actor más indicado ya que Coyle es un poco torpe, huidizo y pusilánime, características que no solemos asociar a Mitchum. En cualquier caso es buena pero no tanto como la novela, opino.

En el caso de Mátalos suavemente estamos ante un conflicto de intereses entre los espabilados de turno que intentan un golpe de por libre y la organización que controla el negocio de las partidas clandestinas. Para este tipo de problemillas hay un «solucionador», Jackie Cogan, muy dignamente llevado a la pantalla por Brad Pitt que parece crecerse en estos papeles. En el cine se nos presenta un cóctel un tanto extraño pero efectivo. Nos mezclan la época de la acción, situándola prácticamente en la actualidad, con la de la novela a través de imágenes en televisión y canciones. Consiguen buenos efectos, como una excepcional escena de violencia mecida por la lentitud y suavidad de la balada Love letters. Lo mejor, una vez más, olvidarse de Pitt y leer la novela aunque, ya digo, la adaptación es resultona.

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En mi escala de valoración particular, La rata en llamas baja el nivel. Aun así merece una lectura. No faltan los fabulosos diálogos, piedra angular, que consigue este autor especial de estilo muy particular pero con gran capacidad para captar adeptos entre los lectores de novela negra. Justamente, por cierto.

Mientras esperamos nuevas entregas, podemos echar mano de otras resurrecciones obradas por Asteroide como las novelas de Léo Malet. Autor francés de posguerra y padre del género en su país del que también hay tres reediciones. Destaco en especial Calle de la Estación 120 donde conocemos los orígenes del gran Nestor Burma. En Francia hay, al margen de los libros, cómics, que aquí editó Norma, películas y mucho material. O recurrir a El complot mongol génesis del género negro en México y cuyo autor, Rafael Bernal, era un auténtico desconocido para mí pero parece que no hay mucho más disponible.

En definitiva, gracias a Libros del Asteroide por hacer llegar estas preciadas obras a nuevas generaciones de lectores.

Si os animáis, ya me comentaréis qué os parecen. Yo, si tuviera que elegir una, ¡leería las siete!

José A. Valverde