
APUNTES PARA UN INCENDIO DE LOS OJOS de Gabriel Ventura / Editorial: La Bella Varsovia / Traducción: Unai Velasco / Prólogo de Ángela Segovia / Género: Poesía / 128 páginas / ISBN: 9788433949875 / 2026
«Estatuas con cabezas cortadas, templos quemados y abandonados, niños corriendo entre el desastre… Apuntes para un incendio de los ojos es un libro atravesado por el fuego, una tentativa de reflexionar sobre la iconoclastia y la adoración de imágenes.
¿Contiene la poesía, aún, el germen de la rebelión? La puerta de entrada a este archivo de poemas extraños y fragmentados —como las piedras que lanzan los rebeldes— es una fotografía de Bruno Braquehais, tomada en la Place Vendôme de París, el año 1871, durante los días más salvajes de la Comuna. En ella se observa una estatua derrocada de Napoleón, tumbada a los pies de los sublevados. Dice la leyenda que, entre los retratados, se encuentran los rostros de Rimbaud y Manet, el poeta y el pintor que se alzaron contra la literatura y el arte de su tiempo. Revuelta estética y revuelta política, ¿no deberían ir siempre de la mano? «El interés por la destrucción de un icono suele ser el indicio de un miedo ancestral: el miedo a que las imágenes estén vivas. Eso las convierte en entidades temibles, en objetos que han de ser eliminados y mutilados.»
Entendiendo el lenguaje como un cuerpo en construcción, errático y poroso, Gabriel Ventura nos adentra en una experiencia lingüística que busca constantemente «más ojo, más piel, más límite donde despeñarse». Subversión, inocencia, destrucción y transformación son los temas de una obra que se pregunta si es posible «arrancarle la cabeza al cuerpo del poder» y si todavía nos podemos rebelar a través el lenguaje».
Apuntes para un incendio de los ojos no es una lírica convencional. Gabriel Ventura ha escrito una obra a modo de archivo. Poemas porosos, extraños, abiertamente fragmentados, como metralletas conceptuales.
El corazón de este poemario está atravesado por la metáfora del fuego. Aquí las llamas en ningún momento son descritas como pulsiones físicas, ni cumplen la función tópica de la mera destrucción romántica. Aquí son otra cosa, funcionan como algo que purifica, y también algo iconoclasta. El poeta nos está invitando a pararnos un momento en la relación, siempre compleja, que existe con las imágenes. A veces las adoramos, casi de una manera sagrada, nos invita a detenernos en la compleja relación que mantenemos con ellas. De la lectura se recoge que el acto de acabar con un icono no es otra cosa más que el síntoma de un miedo ancestral y soterrado que llevamos dentro. Hay una sospecha que está ahí, pero que no se confiesa, de que las representaciones puedan llegar a cobrar vida propia y, sin avisar, volverse en contra nuestra.
Para plasmar toda esta idea, el poeta escoge la célebre fotografía tomada por Bruno Braquehais en 1871 durante esos días convulsos de la Comuna de París. En la imagen se inmortaliza la estatua de Napoleón en la Place Vendôme, rodeado por los comuneros. El mito cuenta que entre la multitud rebelde estaban camuflados unos jovenísimos Arthur Rimbaud y Édouard Manet. Es esta instantánea la que sirve para establecer un paralelismo entre el arte y la barricada, y para fundir en un único gesto la revuelta estética y la insurrección política. Si hablamos de lo que es puramente formal, el poemario es igualmente subversivo. El poeta trata al lenguaje como un cuerpo errático, que es mutable y está en permanente reconstrucción. Podríamos decir que estos versos son como las piedras lanzadas contra el orden establecido; estos versos buscan resquebrajar las narrativas hegemónicas de poder explorando los límites corporales y sensoriales de la propia escritura. Lo único que me ha sobrado, por poner un pero, han sido las explicaciones o anotaciones sobre algunos de los versos que hay en el apéndice que se titula Astillas, notas, nombres: cuaderno de fugas y versos descartados. Quizá ese capítulo del poemario, una vez cerrado el ciclo, no era necesario… al menos esa es mi percepción.
Este poemario es un dardo directo al corazón de nuestro tiempo. Apuntes para un incendio de los ojos nos hace preguntarnos si acaso la poesía contemporánea aún conserva en sus entrañas el germen genuino de rebelión que ha tenido siempre la palabra.

Jesús Cuenca Torres (Santiago de Compostela – 1957) Doctor en filosofía y exprofesor de instituto. Habla siete idiomas con fluidez, amante de los libros y del cine en blanco y negro. No le ve sentido echarle azúcar al café.