¿Qué nos queda cuando el presente escapa de entre los dedos? «El eco en el vacío» es una obra sobre la pérdida y la redención por la palabra.
Foto cedida por el propio autor

Hoy nos visita en la Jungla el escritor Jorge Gutiérrez Diego para hablar, entre otras cosas, sobre su último poemario, El eco en el vacío.

«Qué nos queda cuando el presente escapa de entre los dedos?

El eco en el vacío explora la fragilidad de la identidad a través de la desolación del vacío, la pureza del silencio y la persistencia del eco. Con una voz que dialoga con figuras como Baudelaire o Pizarnik, Jorge Gutiérrez Diego explora el dolor, el amor que se pierde en el tiempo y la búsqueda de una verdad en un mundo que parece esconderse en la ausencia.

Este es un poemario que invita a descender al precipicio de la existencia, de la propia, para descubrir que, incluso entre la ceniza, también habita la esperanza.

Una obra sobre la pérdida y la redención por la palabra.

            (VIII)

He dejado de estar
en lo que amo.

Abandoné toda presencia,
dejé huérfana cada una
de las batallas que estaba librando.

Ahora me encuentro en otros campos
cuyo aroma no reconozco.

Con mis callosas manos
me apresuro a tocar
la áspera corteza de mi piel.

Levito sobre el paso de los días
como una bruma suspendida
sobre un infinito paisaje.

Cómo gritar en esta asfixia,
cómo explicar la lejanía
que solo yo me impongo».

Pregunta: Su formación en Literatura Alemana Comparada en Heidelberg y sus raíces sevillanas sugieren un puente cultural fascinante. ¿Considera que la tradición lírica centroeuropea y la herencia del sur peninsular se mezclan y bullen dentro de la sobriedad formal de El eco en el vacío?

Respuesta: Estudiar en Heidelberg fue un privilegio inmenso. Cambió mi forma de entender la universidad y me abrió a muchas lecturas. Seguramente fue Hölderlin el poeta alemán que más me impresionó y que me dejó una impronta más duradera. Sin embargo, el romanticismo alemán nunca me caló hondo. De los autores alemanes, y de Alemania en particular, quizás absorbí su parte más racionalista y el respeto por la estructura literaria, tratando de fundirlos en mi escritura con la calidez de la literatura en lengua española. En todo caso, Alemania ha estado siempre presente en mi poesía, como escenario de mi infancia y como lugar de aprendizaje y crecimiento. Mi imaginario a menudo pasa por esos paisajes en los que, repartidos en dos etapas muy distintas, infancia y universidad, fui construyéndome, aunque sin olvidar mis raíces y consciente de que mi esencia es el sur.

P.: Para aquellos lectores que aún no han tenido el eco de sus versos entre las manos y se acercan por primera vez a su poesía, ¿cómo les presentaría El eco en el vacío? ¿Qué van a encontrar en este nuevo viaje poético?

R.: El eco en el vacío es un viaje en tres actos por una época ya pasada de mi vida. Cabría decir que una menos luminosa. Pero, en todo caso, yo siempre me he esmerado por vislumbrar esperanza in las crisis, algo de orden entre tanto desorden, una suerte de guía que marque el camino. Y aquí la palabra siempre es guía. Es faro. En ella encuentro refugio cuando otras circunstancias de la vida no lo dan. Como se observa ya en la primera parte, yo quería recorrer ese camino lleno de preguntas, pues era un vacío el que sentía, o era acaso un vacío el lugar del que venía. Y, en referencia al título, ya sabemos que en el vacío no hay eco. Sin embargo, en la estructura se puede observar que, a pesar de que hay una búsqueda y se hallen ciertas rendijas de comprensión, al vacío lo que le responde es el silencio y, después, el eco. Aunque en ese eco, que constituye la tercera parte, sí se encuentran ya atisbos de un horizonte más benévolo. Creo que lo reflejan muy bien en la descripción del libro que hacen desde la editorial: «El eco en el vacío explora la fragilidad de la identidad a través de la desolación del vacío, la pureza del silencio y la persistencia del eco». A mí me parece que es una forma muy bella de expresarlo.

P.: En la primera parte del libro, dedicada a «El vacío», usted incluye un bellísimo epígrafe de Charles Baudelaire y unos versos de José Ángel Valente. ¿Cómo dialoga su propia voz con estos referentes de la modernidad y la mística de la nada, y en qué punto se distancia de ellos para hallar su propia luz en la penumbra?

R.: Lo que más me interesa de la poesía es la posibilidad que me ofrece de acercarme a esos lugares a los que no llegan ni la razón ni el lenguaje puramente comunicacional. La poesía parece quedarse muchas veces siempre al borde de aquello que quiere nombrar, de aquello a lo que quiere referirse o de la imagen que quiere crear. Sin embargo, al menos llega a ese límite al que nosotros no llegamos. Y a ese borde, casi imposible, llegaron otros poetas antes que nosotros, y probablemente se asomaron aún más a ese abismo que yo pretendo evocar. Todo eso que forma parte de la existencia, sin que seamos capaces de apresarlo. Así que cómo no dialogar con ellos si fueron quienes me abrieron el camino, quienes me mostraron el sendero a transitar. A pesar de que en mi poemario hay referentes clásicos, del simbolismo y de la poética del silencio, que es la que más me conmueve, también converso internamente con las nuevas generaciones y a través de otras artes, como con las canciones de Viva Belgrado, que también se acercan a un existencialismo exacerbado y a una mística que bebe de la tradición, aunque, ante todo, se debe siempre a la duda. E intento aprovechar todo lo que estas voces me ofrecen para encontrar la mía, e ir construyendo un diálogo interno que no olvide que las sombras solo pueden ser vistas si aún entra luz. Si hay sombras, la oscuridad aún no lo ha invadido todo. Y esto es, sin duda, vital.

P.: En el poema II de «El vacío», usted escribe una línea lapidaria: «En el espejo el rostro asoma imperturbable. Pero ya no soy yo. Soy otro». Teniendo en cuenta que en 2016 publicó el libro de relatos La profundidad de los espejos, y que el propio colofón de este poemario evoca el laberinto de espejos de Borges, ¿este objeto ejerce cierto magnetismo en su imaginario? ¿Cómo ha evolucionado su significado desde su narrativa breve hasta su poesía actual?

R.: Sin duda este objeto, a modo de símbolo, marca mi pensamiento y la forma en que aspiro a relacionarme con los demás y así poder entender quién soy y en quién deseo reconocerme. Creo que en estos tiempos de acentuado individualismo —en el que todos caemos, casi nadie queda fuera de esta tendencia— resulta un hermoso posicionamiento el de querer reivindicar que nos construimos a través de los demás. Incluso aunque nos resultan en ocasiones muy ajenos. Recuerdo, por ejemplo, que durante mis años de estudiante de periodismo me marcó notablemente el libro Encuentro con el otro, de Kapuściński. Una forma de estar abierto al otro, incluso al diferente, para que te cambie, o al menos para reconocerlo no como enemigo, sino simplemente como eso, como alguien distinto. Esto me llevó a querer explorar esa construcción personal mediante lo que puedo y debo absorber de aquellos que me rodean y a los que quiero. Y también, como indicaba arriba, a hacerlo apoyándome en esos escritores más sabios de los que uno se alimenta y a los que aspiras humildemente a parecerte. En este sentido, creo que recuerdo el momento exacto en el que me enamoré de esta idea, ya que fue precisamente leyendo unos versos muy dolorosos de Valente: «En el espejo se borró tu imagen. / No te veía cuando me miraba». Qué manera tan hermosa de recordarnos que somos menos cuando nos abandonan esas personas que nos conforman, en las que siempre deseamos mirarnos.

P.: Resulta sumamente sugerente que en el poema IX de la sección «El silencio», usted afirme que «anida mayor transparencia en la pupila que en la palabra», mientras que en el poema XII confiesa que «el silencio de las palabras es todo cuanto temo». Como periodista y poeta, ¿cómo gestiona esa paradoja existencial entre la insuficiencia del lenguaje y el quedar desarmado ante el silencio absoluto?

R.: Las palabras van a ser siempre insuficientes. Y, a veces, incluso innecesarias. Y es con esto, precisamente, con lo que pretendo jugar. La palabra es, evidentemente, la herramienta más poderosa de la poesía, pero creo que también el silencio es una herramienta poética. El poeta debe intuir dónde una palabra ya no es necesaria, o lo que es lo mismo, en qué lugar silenciar una palabra para que hable, justamente, su ausencia. La poesía requiere tiempo para depurarse y para encontrar la palabra precisa. Lo decía Eugenio de Andrade: «Sé paciente; espera / que la palabra madure / y se desprenda como un fruto / al pasar el viento que la merezca». Yo siento que, en el momento adecuado, necesito regresar a la palabra poética, a ese descubrimiento que espero que sea descubrimiento para el lector, pero sobre todo anhelo que sea hallazgo para mí. Ese encuentro casi inesperado con lo que uno lleva tiempo queriendo decir, queriendo decirse.

Me gustaría añadir también que, al igual que uno conversa con otros poetas, lo hace también con la poética propia. Y «La pupila de la palabra», referida en la pregunta, es tanto un poema en cuatro partes de mi primer poemario y que reflexiona sobre mi propia creación poética, como el blog que llevo junto a mi madre y en el que aunamos poesía y fotografía. Porque la poesía es fundamentalmente una forma distinta de mirar. O debe serlo, o así lo concibo yo, desde luego. Por otro lado, a veces —y es algo que intento no olvidar en estos tiempos en que todo se llena de demasiado ruido y pasa demasiado deprisa— es suficiente tan solo con mirar.

Foto cedida por el autor

P.: La tercera parte del libro, «El eco», se abre con el recuerdo de las campanas de la infancia y avanza hacia poemas de una profunda carga elegíaca, como el dedicado in memoriam a su tío Juan Manuel. ¿Es el eco literario una forma de resistencia contra el olvido, o es, como sugiere en los versos finales, una vibración que inevitablemente perece vacía?

R.: Creo que la respuesta, como casi en todas las ocasiones, no puede ser absoluta. La palabra, oral o escrita, ha servido siempre para mantener viva la memoria o, lo que es lo mismo, para luchar contra el olvido. Al mismo tiempo, la memoria también reconstruye, deforma y amolda lo contado a nuestra propia visión de lo narrado. Podemos pensar que falsea; yo prefiero pensar que hace renacer aquello que parecía destinado a desaparecer. Ahora mismo hay una obsesión que me persigue: la de que incluso esos momentos que nos convierten en quienes somos, ese instante diferente, distinto, ese que te cambia sin saberlo, puede desvanecerse si no lo vuelvo a nombrar, sobre el papel o, al menos, en mi pensamiento. Y puede que algunas palabras, efectivamente, estén hechas para perecer en su propio eco, quizás porque su resonancia no era lo suficientemente fuerte; pero, para mí, la palabra es memoria y la memoria, como en el caso del poema mencionado a mi tío Juan Manuel, es, por un lado, reconocimiento de lo que fue importante y, por el otro, agradecimiento.

P.: En el poema VI de «El eco», usted lanza una dura y lúcida crítica hacia los «versos fútiles y complacientes, tristes sin tristeza, huecos en su perfecta opacidad». ¿Cuál cree que debe ser el compromiso ético y estético de la poesía contemporánea frente a la ligereza, la inmediatez y el ruido de los tiempos actuales?

R.: Lo primero que me gustaría decir al respecto es que no siento, ni mucho menos, que tenga la carrera ni la posición para definir cuáles deberían ser estos compromisos, ni definir qué criterios son los que deben regirnos. Dicho esto, y a riesgo de volver siempre a lo mismo, ya he mencionado que la poesía es un diálogo y, añado, considero que este diálogo no tiene por qué ser siempre cómodo ni complaciente. Las redes sociales no son un mundo en el que haya estado nunca muy presente, si bien es cierto que resulta inevitable ir asomándose con los años. Aunque este boom de la poesía joven de redes ha perdido un poco de fuerza, la poesía en estos medios sigue muy activa; basta, como digo, con asomarse, y basta también con echar un vistazo a algunas de las editoriales que apuestan por un tipo de poesía muy actual, para observar que se trata de una escritura que vive demasiado en el presente, que se deja llevar por las emociones y, desde mi punto de vista, por el sentimentalismo. Es una poesía que reflexiona poco. Que vive el momento. Que no se depura, que no se deja el tiempo suficiente para madurar, que se consume a sí misma —en mi opinión, exactamente porque parece repetirse hasta la saciedad—. Se repite en el interior del mismo poema, pero también se imitan constantemente las fórmulas y hasta la forma de declamar. Para mí la poesía no es únicamente —quizás ni siquiera principalmente— emoción, sino que es pensamiento, reflexión, una forma de estar en el mundo, una manera de habitarlo y de acercarnos, sobre todo, al misterio, a aquello que parece innombrable —o que lo es— pero que nunca vamos a dejar de perseguir.

P.: ¿Cómo es su rutina a la hora de escribir? ¿Hay diferencia entre escribir poesía o narrativa?

R.: No tengo una rutina de escritura, desde luego no con la poesía. Aunque sí que tengo, quizás, una forma de trabajar que se parece de un libro a otro: dejo que los poemas se vayan acumulando, que los hallazgos vayan reconociéndose entre sí y, cuando descubro ese hilo que los une, ese pensamiento que sabía sin saber que se encontraba detrás, sigo indagando en ello y escribo de una manera algo más consciente, con mayor dirección, quizás. Es ese momento en el que ya sé que está empezando a construirse un nuevo libro. Es un momento emocionante, además. Pero el camino es entonces aún largo y toca seguir escribiendo, normalmente cuando encuentro momentos de soledad, más que regido por los momentos del día. Y, bueno, reescribir, dar a leer, recibir la crítica, pulir y, en definitiva, depurar hasta que consideres que no sobra nada.

Es cierto que la prosa suele requerir una constancia mayor. O esa es mi experiencia. Cuando me he enfrentado a proyectos de novela, sí he intentado darle siempre una continuidad en el día a día, dedicarle un tiempo diario. Y si las palabras no salen, siempre puedes reescribir, volver atrás; siempre hay algo que puedes hacer. De esta manera te mantienes ligado al proyecto, ya que, entre el trabajo y la vida personal, no es sencillo en ocasiones encontrar la energía.

P.: ¿Qué libro le hubiera gustado escribir y por qué?

R.: Probablemente, en el caso de la poesía, me quedaría con Lugar de la derrota, de Ada Salas. Con él aprendí que decir menos muchas veces puede ser más. Me impactó y considero que me abrió un espectro nuevo de posibilidades.

Si nos vamos a la novela, el primero que se me viene a la cabeza es 4, 3, 2, 1, de Paul Auster. De la literatura alemana me quedo sobre todo con el Bildungsroman, género que conocí en la carrera y que me fascinó. Así que podría haber contestado Anton Reiser, libro muy desconocido en España, creo, aunque esté publicado por Pre-Textos, pero Auster le añade al género ese toque más moderno, además de una estructura que yo solo recordaba de Digamos que me llamo Gantenbein, otra novela fundamental en mi formación.

P.: ¿Tiene autores de cabecera?

R.: Todos tenemos autores a los que volvemos o cuya escritura nos guía o nos ha servido de guía en algún momento. Estos pueden ir cambiando, por supuesto, pero diría que en poesía los que más me han marcado y me acompañan son Valente, Robayna, Ada Salas y Chantal Maillard. También Caballero Bonald, tanto con su poesía como con su espléndida La novela de la memoria. Tomás Sánchez Santiago es alguien que me toca de cerca y cuya poesía considero que eleva y pone en el centro la palabra.

En cuanto a la prosa, me encantaría poder tener el don de Auster de conjugar lo profundo con esa capacidad de crear y atraparte con sus historias. A pesar de que, como decía, son muchos y van cambiando. Ahora he vuelto a Dostoievski, cuya lectura es siempre una experiencia extraordinaria, y, desde luego, deseo retornar pronto a La montaña mágica, de Mann.

P.: ¿Algún proyecto en el que esté trabajando ahora mismo y del que pueda hablarnos?

R.: Hace años que vengo trabajando en una novela de no ficción sobre la memoria. Es un proyecto que surgió a raíz de la pandemia, donde parecía que lo que tocaba era mirar atrás —algo que por otro lado siempre he tenido como eje central de mi escritura—, profundizar en aquello que nos construye, desde nuestras raíces familiares, nuestro entorno o nuestra relación con el arte.

También tengo en marcha un poemario que gira en torno de la fe, o de la falta de esta. Poemas que conversan con lo espiritual, con esa tradición que me ha rodeado desde la infancia, aunque jamás haya penetrado en mí realmente la creencia. Y una reflexión asimismo sobre la importancia de la duda, a la vez que buscamos un pilar que nos sostenga.

P.: Para terminar, y como siempre nos gusta hacerlo aquí en La Jungla de las Letras, háblenos un poco de usted. ¿Cómo se describe como escritor y como persona?

R.: Soy una persona tímida en el primer contacto, que luego se abre. Que convive permanentemente con la melancolía, de ahí también la insistencia en mirar hacia atrás, de mirar lo pasado y lo perdido, y llorarlo a veces. Me encantaría ser algo más lanzado; me cuesta dar ciertos pasos adelante, pero soy persistente y esto creo que me convierte en alguien leal y agradecido con aquello que amo y aquellos a los que amo, aunque también en esto fracasa uno a veces. Y me gusta pensar que todo esto se traslada a lo que escribo. Ya la conversación sobre quién es o no escritor, qué te convierte en escritor y qué no, la dejamos para otro día.

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