LA CASA DE LOS ESPEJOS ROTOS de Manel Medina / Editorial: Grijalbo / Género: Narrativa / 384 páginas / ISBN: 9788425359330 / 2026

Me la ventilé entre la tarde de un sábado y la mañana del domingo. La casa de los espejos rotos de Manuel Medina ha sido, de las últimas veinte lecturas —y no exagero—, la que más me ha enganchado y fascinado a partes iguales. Es una de esas historias que, como decía mi santa Tía Tula, te arrastra por el pasillo de los deseos distorsionados y te obliga a fantasear aunque no quieras hacerlo. Hacía tiempo que no encontraba una novela romanticona, de cualquier subgénero, que resultara imposible de abandonar.

Los pilares fundamentales que sostienen la novela son dos hermanos: Yago y Xela. Cada cual, a su manera, ha decidido no complicarse en eso del amor. Yago lo tiene todo milimétricamente estudiado, con una rutina donde todo encaja y nada estorba; Xela simplemente se mantiene al margen… podríamos decir que está cansada emocionalmente. No voy a desvelar mucho de la trama o del embrollo de la historia, pero diré que un traslado a Galicia, a la casa de la abuela Marisa, hace que las cosas cambien; un cambio que no es inmediato, pero sí constante. La casa, los espejos, el propio ritmo de la vida… todo parece moverse bajo una lógica muy distinta a la cotidiana o natural. Y ahí es donde entran en juego los espejos rotos —elemento mágico por antonomasia—: piezas que la abuela recompone pacientemente y que esconden algo más mágico de lo que pudiera parecer.

Manuel Medina es verdad que nunca fuerza ese componente fantástico de su historia. Aparece como si tal cosa, poco a poco, como si fuera una parte más del tono íntimo que domina toda la novela. Siempre ronda la idea de que esos espejos puedan revelar o mostrar algo decisivo, pero emocionalmente todo está muy mesurado, muy pensado. Toda la historia tiene que ver con la reparación, y no solo la de los objetos —que ya de por sí tiene una enorme carga simbólica— sino la de las propias grietas emocionales de los personajes. El libro te va dando pistas sobre ello, no todo lo roto necesita ocultarse, repararse o sustituirse; a veces basta con asumir esa herida, esa marca y seguir adelante con ella, visible a todo el mundo. Yo he encontrado cierta cercanía con sensibilidades propias de la literatura asiática, sobre todo en esa manera de integrar lo simbólico en lo cotidiano, sin subrayarlo en exceso y sin robarle protagonismo a la trama.

Yo no había leído nada del autor antes de esta novela, y debo confesar que su estilo me ha gustado bastante. Es fresco, muy ágil, de una vocación claramente narrativa y con una marcada inclinación hacia lo coloquial. El diálogo funciona con mucha naturalidad y aporta dinamismo, de eso no hay duda, aunque es verdad que en ocasiones esos mismos diálogos rozan lo previsible. La sintaxis es especialmente sencilla, las frases avanzan avanzan avanzan… no hay nada que chirríe o las haga descarrilar de su trazado inicial. Sin embargo, esta accesibilidad conlleva, inevitablemente, a cierta reiteración en algunos recursos y a una tendencia a la explicitud emocional; es decir, lo que podría sugerirse termina soltándose de una manera frontal, directa. Quizá, por poner un «pero», ese es uno de los puntos más flojos de la novela, esa necesidad de decirlo todo. Pero nada serio… yo es que soy mucho de fabular mientras leo, y de vez en cuando me gusta imaginar las cosas que los autores obvian, o prefieren no contar.

¿Una conclusión? La casa de los espejos rotos es una novela que funciona mejor en las distancias cortas que en las grandes declaraciones. No es una novela que pretenda revolucionar nada —ni falta que le hace—; se mueve en un terreno reconocible, con una clara vocación de entretenimiento y con un firme propósito de perdurar en la memoria. Me ha gustado mucho. ¡Muy recomendable!

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