
Hoy nos visita en la Jungla el escritor e historiador Marcos Fernández García para hablar, entre otras cosas, sobre su ensayo, La oscuridad de la razón:
«Un viaje fascinante por la historia cultural del miedo, desde los oráculos griegos hasta los monstruos posmodernos, que revela cómo nuestras sociedades han dado forma a sus terrores para comprender (y controlar) el mundo.
Desde los oráculos de la antigua Grecia hasta los monstruos de la cultura contemporánea, La oscuridad de la razón propone un fascinante recorrido por la historia del miedo y sus representaciones históricas. Inspirado en la célebre estampa de Goya El sueño de la razón produce monstruos, Marcos Fernández plantea que la razón no elimina los temores humanos, sino que los moldea, los amplifica y les da nuevas formas. El miedo aparece así como una constante histórica que atraviesa religiones, mitologías, folklore y supersticiones, y que define, todavía hoy, cómo nos relacionamos con el mundo».

Pregunta: Podríamos decir que su libro parte de una imagen muy poderosa, el grabado de Goya El sueño de la razón produce monstruos. ¿En qué momento comprendió que esa estampa, y no otra, podía convertirse en el eje vertebrador de una investigación histórica y cultural sobre el miedo?
Respuesta: Los procesos creativos son realmente extraños, al menos en mi experiencia. Supongo que es lo que se suele llamar la «inspiración», un soplo de ideas que aparece de la nada y uno aprovecha. Pero, ahora que ha pasado un tiempo, tengo una suerte de amnesia artística.
La obra de Goya me ha acompañado desde que empecé mis estudios en Humanidades durante la secundaria y el bachillerato. Creo que la primera vez que di con esta estampa fue, de hecho, en una clase de Historia del Arte en mi instituto, el IES Escultor Juan de Villanueva. La atracción que sentí hacia esta obra —aunque no la única— la marcó a fuego dentro de ese imaginario artístico que todos los aficionados al mundo del arte tenemos, y creo que simplemente aguardó ahí hasta que, el día que me enfrenté al folio en blanco, decidió hablarme. Dotándola de vida propia, diría que llevaba esperando el momento justo para manifestarse y lanzarme su inspiración.
P.: ¿Si tuviera que convencer a un lector que aún no le conoce por qué debería acercarse a La oscuridad de la razón, qué razones le daría para despertar su interés?
R.: Siento decir que mis conocimientos en el ámbito del marketing y la publicidad son bastante limitados. Soy historiador y, por fortuna, un autor en sus inicios, si bien nunca se me ha dado bien la dinámica «véndeme este boli» al estilo El lobo de Wall Street (tampoco me ha gustado). Prefiero, en todo caso, recomendar o animar. Esta lectura fue pensada para ser muchas cosas, pero sobre todo, quería que fuese accesible y reflexiva.
Ya he hablado en otras ocasiones sobre mi repulsa ante el lenguaje retorcido y complejo que puebla la llamada «academia», un método para crear barreras y llenar egos con falsedades. Este libro no peca de eso. Ya sea por estas convicciones o por mi estilo en la escritura, donde siempre caigo en ser algo poético y literario aunque se trate de un estudio científico, creo que este texto es entendible y agradable.
Eso me lleva a la segunda característica, tan importante como la primera: la reflexión. Siempre me gusta llamar al debate, más en estos tiempos tan oscuros, donde necesitamos mentes críticas y afiladas. Esta obra llama a eso mismo, a plantearse cómo ha sido construido nuestro mundo y cómo, desde nuestra capacidad de acción como sujetos históricos, podemos ayudar a retomar el rumbo de un mundo, hoy por hoy, a la deriva.
P.: Por lo que he entendido, corríjame si no es así, usted sostiene que la razón no elimina el miedo, sino que lo reformula. Pero entonces… ¿qué implicaciones cree que tiene esta idea para nuestra manera contemporánea de entender el progreso y la modernidad?
R.: Más que reformular, diría que lo readapta o rescribe acorde a los tiempos que viven quienes tienen miedo. Estos dos conceptos son duramente criticados en la obra, pues el progreso y la modernidad son, desde mi visión, dos de las grandes mentiras del tiempo presente, pues además de falsas, resultan mezquinas. Estas ideas nacen en la época de la Ilustración, un siglo de «luces» que prometió futuros brillantes de la mano de la ciencia y que terminó, sin lugar a dudas, fracasando en sus planteamientos.
La separación epistemológica respecto a Dios enarboló a la ciencia como guía dogmática, la herramienta más poderosa de ese imparable progreso que nunca dejaría de crecer. Si bien podríamos entrar a debatir quién se benefició y beneficia del progreso (solo diré que la masa obrera industrial que se esclavizaba 12 horas diarias en las fábricas inglesas no gozó mucho de estos avances), lo importante es ver cómo esto se adapta al miedo.
La ciencia se reveló durante el siglo XX como un poder con un potencial maligno desconocido hasta entonces. Pensemos en su aplicación en el campo militar durante la IGM, en los procesos de exterminio de toda la centuria, el descubrimiento de la fisión atómica, etc. A día de hoy, vemos en qué ha resultado este progreso: reducción progresiva de la calidad de vida, del tiempo libre, empeoramiento de los sueldos respecto al coste de la vida, contaminación, cambio climático y un largo y escabroso etcétera. La ruptura del mito del progreso ha iniciado una serie de crisis de todo tipo, y, como recojo en palabras de Gramsci en la cita que abre la tercera parte de la obra, «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos».
P.: El ensayo abarca desde la adivinación griega hasta los monstruos digitales actuales. ¿Cuál fue el mayor de todos los desafíos que se encontró a la hora de articular un relato tan coherente a través de cronologías tan distantes?
R.: Este enfoque es conocido en el mundo de la Historia como «braudeliano», es decir, heredero de los planteamientos del famoso historiador francés Fernand Braudel, autor relacionado con la Escuela de Annales. Él defendió un modo de interpretar la historia alejada de los modos decimonónicos, que explicaban hechos factuales, políticos, militares y, por supuesto, de protagonismo íntegramente masculino. Braudel extendió esta visión a la llamada «larga duración», que buscaba conocer el devenir histórico a través de un recorrido exhaustivo de todos los acontecimientos previos relacionados.
Coincido en estos planteamientos, si bien en un primer momento me dio bastante vértigo afrontar un estudio de estas características. Me costó tomar la decisión sobre cómo acotar temáticamente la obra, ya que me parecía imposible e ingenuo lanzarme a hacer una historia universal del miedo. Por ello seleccioné «Occidente», ese constructo político, cultural y religioso en el que me siento más cómodo y soy más conocedor por la misma formación occidental que he recibido. Me parecía más prudente.
No por ello, dicho sea de paso, quise caer en un eurocentrismo recalcitrante, algo que advierto y anoto al comienzo del libro.
P.: En su obra combina historia, antropología, arte y cultura popular. ¿Es difícil equilibrar el rigor académico con una vocación divulgativa que sea accesible para el lector no especializado?
R.: En absoluto. De hecho, creo que rigor académico y vocación son partes necesarias la una de la otra, inseparables. El mundo anglosajón lleva décadas haciéndolo. Si no, díganselo a autores como Marvin Harris o incluso al gran John Elliot, que hizo de una biografía del conde duque de Olivares un libro amable de leer.
El rigor académico debe ser divulgativo, o si no, no es. La academia tal y como se entiende actualmente es diametralmente opuesta a lo que debería ser: un espacio de intercambio y generación de conocimientos que, por supuesto, no solo formen nuevos especialistas, sino que transmitan sus avances a la sociedad. Como dije antes, el uso de un lenguaje retorcido crea barreras y llena egos. Nadie tendría que dedicar dos horas a descifrar lo que pone en un artículo solo porque su autor o autora ha preferido demostrar sin éxito su fina prosa cuando solo ha conseguido perderse en ella. En vez de buscar claridad y comprensión para facilitar la difusión del conocimiento científico, muchos optan por creerse élites culturales alejadas de los mortales ajenos a su academia. Es ridículo.
P.: En los criterios de edición se aprecia un cuidado muy minucioso por las fuentes. Tengo curiosidad por saber qué papel ha desempeñado el trabajo filológico y documental en la construcción del ensayo. ¿Qué parte ha tenido un mayor peso en la construcción del ensayo, el rigor filológico de las fuentes o la elaboración interpretativa del discurso?
R.: Muy buena pregunta. Creo que, de decantarme, diría que la parte más importante es la interpretación de las fuentes y la formulación del discurso. Sí que es cierto que el apartado de fuentes es algo que a mucha gente le sorprende, y no es para menos. Son 26 hojas de bibliografía, fuentes artísticas, audiovisuales, documentos, textos antiguos, etc., además de 42 páginas de notas al pie —me encantan las notas al pie—. Sin embargo, a mí me parece lo más lógico del mundo, ¡ojalá haber podido usar más! Es parte obligada del trabajo en mi gremio la recopilación de fuentes de donde extraer información que luego, obligadamente, debe ser analizada y digerida.
La historia dista mucho de ser algo dado, como algunas personas suelen pensar. El estudio y la crítica de fuentes es un apartado vital dentro de cualquier estudio que tenga un mínimo de rigor. Yo, desde mi persona académica, extraje de estas fuentes unas conclusiones y un discurso en relación con el tema que me interesaba. Cualquier otro u otra colega habría formulado preguntas y conclusiones diferentes.

P.: La figura del monstruo atraviesa todo el libro como espejo cultural. Desde su propia perspectiva, ¿qué nos revela el monstruo contemporáneo sobre nuestras inquietudes colectivas?
R.: El monstruo actual ha dejado de ser lo que era antes. Si hablamos de espejos, la metáfora perfecta se encuentra en el callejón del Gato de Madrid, donde Max Estrella y Don Latino miraban sus reflejos deformados en la famosa Luces de Bohemia. Nosotros, los humanos, siempre hemos mirado al monstruo como aquello horrible, malvado y antinatural, siendo el monstruo nada más que lo peor de cada uno de nosotros. Con el paso del tiempo, esas fantasías se han ido disolviendo y nos hemos dado cuenta de que ese monstruo no es más que el reflejo en el espejo de nuestras conciencias, deformado pero veraz en lo que nos narra: nosotros somos esos mismos monstruos.
El siglo XX fue catártico en este sentido, porque reveló cómo los humanos fuimos capaces de acometer algunos de los peores actos contra la humanidad y contra toda moral jamás llevados a cabo. Por desgracia, parece que no hemos aprendido nada. Esta es una de las conclusiones más importantes con las que terminó la obra; sin embargo, siempre quiero llamar a la esperanza, pues aunque parece que no hemos aprendido nada, sí lo hemos hecho, si bien el mundo necesita de una fuerza que lo renueve y defenestre todos esos males que arrastramos desde hace siglos.
P.: ¿Cómo es su rutina a la hora de escribir?
R.: Soy la persona menos metódica del mundo, pero aun así, en mi caos siempre tengo mi propio orden. Siempre paso por varias fases a la hora de abordar un estudio, el que sea: la búsqueda y análisis de información, la organización del texto que voy a redactar y, por último, la redacción como tal. Son fases bastante intercambiables y no todas suceden en un orden similar siempre. Simplemente escucho lo que siento y me dejo llevar por mi instinto.
Sobre el acto de escribir como tal, podría decirle que mi relación con los textos que trabajo es como la de un amante. Suelo escribir por las tardes y por las noches. Todo pasa de noche. La noche siempre tiene un componente místico y romántico que me anima mucho a la hora de trabajar. Algunos días me da por no escribir nada y paso un tiempo —como me suelo decir— «enfadado con el texto». Luego siempre nos amigamos de nuevo; son riñas pasajeras. En otros momentos, llegamos a pasar horas y horas juntos, delante del blanco del folio, sobre todo cuando llega esa sensación de frenesí en la que parece que tus dedos saben exactamente lo que quieres escribir y todo fluye con una velocidad imparable. Esos días también son malos en parte, porque se me olvida hasta parar a comer.
P.: ¿Qué libro le hubiera gustado escribir y por qué?
R.: Creo que, de haber podido elegir una obra que hubiera nacido de mi pensamiento, esta sería Una temporada en el infierno, de Rimbaud. Fue una lectura paralela al comienzo de este libro y creo que me influyó mucho en el espíritu a la hora de llevarlo a cabo.
P.: ¿Tiene autores de cabecera?
R.: No soy una persona muy dada a ello, la verdad. Suelo fijarme más en la obra que en su autor, aunque sí puedo citar algunos que me parecen reseñables. En el mundo de la historia, por supuesto, me parece vital la obra del italiano Carlo Ginzburg, uno de los padres de la microhistoria y que tiene mucho que ver en la formulación de mi obra. En otros ámbitos, podría citar algunos nombres reseñables para mí, aunque no relacionados directamente con mi ámbito de estudio: soy un gran aficionado de la literatura del Siglo de Oro —algo de esperar de una persona que se dedica al estudio de ese siglo—, aunque también caigo mucho en ensayos políticos. Se me vienen a la mente los escritos de Pier Paolo Pasolini. Llevo tiempo sin leer novela, aunque, de citar a alguien, mencionaría toda la obra de Brandon Sanderson. Soy un gran fan de la literatura fantástica.
P.: Si no estoy equivocado, actualmente se encuentra realizando su tesis doctoral. ¿Está trabajando también en algún otro proyecto paralelo o en alguna futura publicación de la que pueda adelantarnos algo?
R.: Por ahora, aunque la tesis me quita todo el tiempo y espacio mental, tengo una obra más pensada. Mi idea es abordar más en profundidad una sección de la obra que se acaba de publicar, en donde me paro a tratar ligeramente mi visión del tiempo histórico. La idea sería explicar mi punto de vista respecto a la concepción de la historia como algo mutable y heredado a través de la figura de la Luna. Sin embargo, es una idea que aún se está cocinando. Espero poder comenzar a abordarlo antes de finalizar la tesis.
He de decir que tengo otro estudio escrito, si bien es mucho más específico y tedioso que el que acaba de publicarse. Se trata de un análisis documental de las informaciones recogidas en el catastro de Ensenada para mi pueblo natal, Pola de Siero (Asturias), analizando las descripciones del territorio en aquella época. Me parece una labor preciosa de recuperación del patrimonio local, y sé que en el concejo habrá mucha gente interesada en conocer más sobre la historia de su tierra.
P.: Para terminar, y como siempre nos gusta hacerlo aquí en la Jungla de las Letras, háblenos un poco de usted, ¿cómo se describe como escritor y como persona?
R.: Creo que hay poca o ninguna diferencia entre mi yo escritor y persona. Como advierto en el comienzo de esta obra, gran parte de lo tratado en ella es fruto de unos intereses que llevo guardando desde mi infancia y que han ido madurando gracias a mi experiencia y formación como profesional. Soy un gran consumidor de escritos y de cine, dos de los elementos que siempre me han ayudado a entender el mundo de forma no diferente, pero sí más crítica.
Lo mismo sucede con el apartado político, reflejado sobre todo en la tercera parte. Desde mi adolescencia he sido una persona con una gran convicción política. Aunque en un primer momento estuviese poco pulida, creo que con el paso de los años y la acumulación de lecturas y reflexiones eso ha ido cambiando. A estas ideas llevo anexos unos valores morales, unos principios que siempre me han comprometido con la justicia social y los desfavorecidos, y me han enfrentado a la desigualdad, el individualismo, la carencia de empatía y el fascismo.
Creo que todas estas características son las que han conseguido dar forma a este libro, que, como podrá ver quien considere oportuno leerlo, busca sobre todo llamar a una necesitada revisión moral de nuestros problemas en pro de una reformulación positiva de los tiempos que nos ha tocado vivir.
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