10 de enero de 2026

EL VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES de Tatiana Ţîbuleac / Traductora: Marian Ochoa de Eribe / Editorial: Impedimenta / Género: Narrativa / 256 páginas / ISBN: 9788417553036 / 2025

Comenzar esta reseña diciendo que El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es una novela difícil de no amar, y de no odiar en algunos momentos, es darle justicia a una autora que me ha hecho llorar, odiar, amar, recordar y reír a partes iguales. Este libro arranca con una incuriosa y abrumadora violencia verbal, y culmina en una conexión metafísica y al tiempo sanadora. Hay en esas primeras páginas un rugido áspero, casi adolescente, que quizás podría espantar a un lector impaciente, pero que con un poco de paciencia revela pronto su sentido: Tatiana Ţîbuleac necesita que entremos en la cabeza de Aleksy sin ningún condicionante previo, sin filtros, tal como él se recuerda a sí mismo.

La gran originalidad del libro reside, precisamente, en esa manera de escribir. Es como si la autora viviera dentro de la mente de alguien profundamente herido, alguien cuya salud mental está muy fastidiada, con muchos recuerdos mal gestionados. La autora consigue trasmitir al lector una retahíla de emociones que incluso nos puede llegar a doler: frustración, miedo, amor silenciado, olvido (como mecanismo de defensa), perdón (como último refugio posible). A ratos uno siente que el narrador nos entrega su historia a trocitos, como una tartana que avanza a trompicones, desde la grieta. Es en esa grieta donde reside parte del magnetismo de esta novela: en lo imperfecto, en lo abrupto.

La novela se lee de un tirón, es fresca y emotiva. Resulta imposible no enternecerse ante la evolución de esa relación madre-hijo: empieza teñida de rencor y termina casi redimida. Resulta también inevitable trasladar esta historia a la nuestra propia, aunque la relación con nuestros padres sea maravillosa. Tatiana Ţîbuleac no solamente habla de la familia, también lo hace de la vergüenza, de la incapacidad de expresar cariño, de la torpeza con la que muchas veces transitamos por el amor. Y esto lo hace con una honestidad que se siente muy amarga, pero que es necesariamente justa.

El ritmo de la novela es ágil, duro y a la vez confesional. Me recuerda a autores como Salinger, Bukowski o Kerouac. Hay en la prosa una especie de urgencia adolescente, un desgarro que se escribe casi a borbotones. Este es un libro que recomendaría, sin ningún tipo de duda, a cualquiera que busque historias provocadoras, intensas, alejadas de la representación edulcorada de la maternidad o de la comunicación afectiva. La escritura es sencilla en apariencia, pero tiene mucho mucho filo; la psicología de los personajes está cuidada, no hace falta dar grandes explicaciones. Hay pasajes dolorosos que obligan a detenerse, a respirar hondo. Pero eso es, a fin de cuentas, lo que la literatura —la buena literatura, por supuesto— debería provocar: incomodidad, alivio, resistencia, vértigo, lucidez.

El argumento, aunque aparentemente simple —un pintor en crisis creativa que revisita el último verano junto a su madre en un pequeño pueblo francés—, termina siendo un viaje íntimo a los rincones más escondidos de la culpa y la reconciliación. Tatiana Ţîbuleac ha escrito una novela que incomoda y consuela en igual medida. Una obra que, sin proponérselo, se queda dentro del lector como un pequeño nudo luminoso. Una maravilla, sí, pero de las que duelen. Y, quizá por eso mismo, de las que más necesitamos.

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