«Hemos convertido el bienestar en una especie de obligación moral».

Foto de Ahmad Loukili

Hay cosas que no se arreglan. Lo digo así, sin anestesia, porque llevo años intentando arreglarlo todo y todavía me cuesta aceptarlo.

Hace unos meses, una amiga me llamó llorando. Su padre había muerto tres semanas antes y no podía dormir. Me dijo: «Es que no sé qué me pasa. He leído un libro sobre el duelo, he ido a terapia, he hecho todo lo que dicen. Y sigo fatal». Le pregunté cuánto tiempo creía que debería pasar para estar mejor. Me contestó, sin dudar: «No sé. Un mes. Dos. Algo así».

Ahí estaba el misterio. Lo que le pasaba a mi amiga no era una avería. Tampoco había un manual para dejar de echar de menos a su padre en cuatro semanas. Y, sin embargo, ella buscaba el error en sí misma. Si después de un mes seguía llorando, era porque algo no estaba funcionando como debía. Como si el dolor también tuviera instrucciones.

Hace poco me topé con una distinción del filósofo francés Gabriel Marcel que me dio un poco de luz: la diferencia entre problemas y misterios. Un problema es algo que tenemos delante y podemos intentar resolver: una avería, una ecuación, una puerta que no cierra bien. Un misterio, en cambio, es algo en lo que estamos metidos hasta el cuello. No podemos colocarnos fuera de él para analizarlo como si no tuviera nada que ver con nosotros.

Puede parecer una distinción muy filosófica, pero tiene que ver con cómo vivimos. Tratamos casi todo lo que nos ocurre como un problema que necesita solución. Yo también trato la tristeza como una avería que debería reparar. Y cuando no lo consigo, pienso que el fallo está en mí. Vivimos en una época extraña: tenemos más información que nunca sobre cómo cuidar nuestra salud mental y, al mismo tiempo, cada vez toleramos peor sentirnos mal.

Hemos convertido el bienestar en una especie de obligación moral. Hay que dormir bien, alimentarse bien, hacer ejercicio, meditar, poner límites, trabajar la autoestima, gestionar las emociones y encontrar un propósito. Todo puede ser razonable, incluso necesario; pero cuando esa lista empieza a convertirse en un manual para conseguir una vida sin incomodidades, algo se nos está escapando. La vida humana, por mucho que nos empeñemos, no viene con garantía de funcionamiento.

Hay dolores que no son una enfermedad y pérdidas que no necesitan una solución. Cuando muere alguien a quien queremos, no existe ninguna técnica que consiga que dentro de seis meses nos dé exactamente igual. Y probablemente sería bastante preocupante que así fuera. Echamos de menos porque hemos querido. Nos duele porque aquello tenía importancia. Pretender eliminar completamente ese dolor sería, en cierto modo, querer eliminar también la importancia que tuvo aquella persona en nuestra vida.

Con las rupturas sucede algo parecido. Hay quien, después de una ruptura, busca en el móvil «cómo superar una ruptura en 7 días» y se encuentra con listas, vídeos y métodos que prometen justo eso. Los prueba todos, pero lo que busca no es un método. Es dejar de sentir lo que siente. Y eso no se puede hacer en siete días.

A veces necesitamos entender qué ocurrió, aprender de nuestros errores y seguir adelante. Pero otras veces nos empeñamos en encontrar una explicación definitiva porque nos cuesta aceptar que algunas historias sencillamente terminan. Buscamos culpables, lecciones, patrones, señales que no vimos. Todo antes de aceptar una posibilidad mucho más tozuda: que hay cosas que ocurren sin que exista una explicación capaz de dejarnos tranquilos.

Quizá nos hemos acostumbrado a pensar que comprender algo significa dejar de sufrir por ello. Y no siempre es así. Una excompañera de trabajo se fue de la empresa después de años de agotamiento. «Lo entiendo todo», me dijo. «Sé por qué me fui, sé que fue lo correcto. Y aun así hay días que me levanto con un nudo en el pecho y no sé de dónde viene». No había nada que comprender. Ya lo había comprendido todo. Y el nudo seguía ahí.

Puedes comprender perfectamente por qué has perdido a una persona y seguir echándola de menos. Puedes saber que una decisión fue necesaria y seguir teniendo miedo. Puedes entender que una etapa de tu vida ha terminado y, aun así, sentir nostalgia. Comprender no siempre elimina el dolor. A veces simplemente consigue que podamos convivir con él.

Esta distinción de Marcel puede darnos un poquito de luz. Hay problemas que debemos resolver y hay experiencias que tenemos que atravesar. Confundir unas con otras puede hacernos perder mucho tiempo. Si tienes una gotera en casa, no necesitas aprender a convivir con ella: necesitas arreglarla; pero si estás atravesando una crisis personal, quizá no exista una llave inglesa emocional que te permita solucionarlo todo en una tarde.

Vivimos en una época enamorada de las soluciones rápidas: cinco pasos para la autoestima, tres hábitos para dejar de preocuparte, siete claves para encontrar tu propósito. Una tarde me pasé viendo vídeos para perder peso, uno tras otro. Cerré el portátil con una sensación extraña: no había hecho nada, pero sentía como si hubiera avanzado. Y no. Estaba en el mismo sitio.

Es una solución aparente porque nos ofrece algo que todos queremos cuando estamos perdidos: la sensación de que alguien sabe exactamente qué tenemos que hacer. Por desgracia, la vida no suele ser tan ordenada. Hay momentos en los que no necesitamos una respuesta, sino tiempo. Hay preguntas que no se contestan leyendo un libro, haciendo un curso o siguiendo el consejo adecuado. Se contestan viviendo. Y algunas, probablemente, no se contestan nunca del todo.

Esto no significa resignarse. No es lo mismo aceptar que algo no puedes cambiar que dejar de intentar cambiar lo que sí está en tu mano. Confundimos las dos cosas todo el tiempo. Quizá madurar tenga algo que ver con aprender esa diferencia. Saber cuándo toca luchar y cuándo toca soltar. 

A estas alturas de la vida me generan más confianza las personas que son capaces de reconocer que hay preguntas para las que todavía no tienen respuesta. Quizá porque empiezas a sospechar que la madurez no consiste en haberlo entendido todo, sino en haber aprendido a vivir con algunas cosas que no entiendes.

También con nosotros mismos.

Porque otra de nuestras obsesiones es arreglarnos. Yo tengo una lista mental: «cosas que tengo que hacer, que quiero mejorar». La repaso cada pocos meses, añado, tacho, me siento mal por lo pendiente. Un día me di cuenta de que llevaba años intentando arreglar cosas que no estaban rotas. Solo eran parte de mi «yo»: mis contradicciones, mis días malos, mis manías. No necesitaban un plan de mejora, sino aceptación.

Y está bien querer crecer. Lo que quizá no esté tan bien es vivir permanentemente sintiendo que somos un borrador defectuoso de la persona que algún día deberíamos llegar a ser.

Tal vez no necesitamos arreglarnos tanto, sino conocernos un poco mejor, aceptar algunas de nuestras contradicciones y dejar de exigirnos una coherencia que ningún ser humano ha conseguido mantener durante toda una vida.

Gabriel Marcel murió el 8 de octubre de 1973. No sé si él habría pensado que su distinción entre problemas y misterios podía tener algo que decirle a alguien que, medio siglo después, intenta sobrevivir a una época obsesionada con optimizarlo todo. 

Quizá una de las mayores trampas de nuestro tiempo sea pensar que una vida buena es una vida en la que todo está resuelto.

No lo está.

Nunca lo estará.

Tendremos pérdidas, dudas, miedo, decepciones, errores y preguntas que se quedarán con nosotros durante mucho tiempo. Algunas cosas podremos cambiarlas. Otras tendremos que aceptarlas. Y habrá unas cuantas que simplemente tendremos que aprender a llevar.

No es una derrota.

Es la vida.

Y quizá crecer no consista tanto en solucionar todos nuestros problemas como en aprender a distinguir cuáles lo son y cuáles forman parte de ese misterio mucho más extraño, incómodo y hermoso que significa estar vivo.

No sé si lo consigo, pero últimamente me descubro diciéndome menos «tengo que arreglar esto» y más «esto también soy yo». Y así, poco a poco, me dedico a intentar construirme una vida lo suficientemente buena.

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