Marlowe y yo

El otro día salía de casa de forma apresurada cuando caí en que no llevaba lectura para el metro. Me acerqué a lo que me gusta llamar mi biblioteca y atrapé al vuelo una novela de Chandler. De las editadas por Alianza en formato pequeño y, en este caso, poco voluminosa además. Era Playback. No recordaba haberla leído en el volumen «gordo» Todo Marlowe de RBA y, en cualquier caso, no me importaba repetir. Una vez instalado en el vagón, no antes, hay que respetar los tempos, abrí la novela y a la segunda página ya me veía a mí mismo más seguro, brillante, sagaz, temerario pero honesto… Vaya que me veía con traje, corbata, sombrero y tal vez un arma en la sobaquera. La escritura de Chandler y el personaje de Marlowe en particular ejerce ese efecto que a veces tiene la ficción de transformar, momentáneamente, la realidad y cambiarnos el ánimo e incluso la personalidad. Cualquiera que haya visto El sueño eterno, remitirá la imagen del personaje a la efigie dura y noble de Humphrey Bogart. Es inevitable. Alguno puede recordar a Robert Mitchum en Adiós muñeca pero lo veo menos probable. Marlowe es Bogart.

big-sleep-posterSumido en estas reflexiones que me apartaban del hecho físico de la lectura, caí en que a menudo nos pasa lo que, según dicen, dijo Chesterton: «La realidad es un lujo, la ficción una necesidad». Necesidad de evadirse, de vivir otras vidas, de ser héroe o villano por un momento. Todo eso nos brinda la literatura y también el cine, claro. ¿O no recuerdan los que eran niños en los setenta salir del cine lanzando puñetazos al aire al salir de ver Rocky, o no querer bañarse en el mar el verano que estrenaron Tiburón y no digamos subir al ascensor de un rascacielos tras la traumática experiencia de El coloso en llamas?

Todo eso, trasladado a la actualidad, nos sigue pasando y es un indicador muy positivo de la capacidad de imaginar que aún conservamos. Después siempre hay tiempo de volver a la realidad de la vida diaria y las rutinas. Como supongo que harían unos señores que protagonizaron una escena curiosa que viví en París. Andaba cerca del barrio latino y vi un personaje, inequívocamente americano, que tenía un aire a Hemingway. Pasé después por la puerta del Café de Flore, había dos más, y por si faltaba algo al doblar la esquina me topé con otro. No había ninguna convención. Simplemente estaban disfrutando de su derecho de creerse su propio héroe paseando por los «santos lugares» que el escritor frecuentara en los años ’20.ThebigsleepH4ev1qbbjxvo1_500

La conclusión de todas estas divagaciones es que hábitos como la lectura, el cine, la pintura, la escritura, etc. son muy saludables para reconfortar el alma aunque sea con la fugaz percepción de sentirse miembro del MI6 unos instantes.

José A. Valverde