Albóndigas de carne

arvondigajeje

Domingo propicio para cocinar unas ricas albóndigas de carne, de las de toda la vida.

Ingredientes:

  • 500 gramos de carne de ternera picada o de mezcla de ternera y cerdo
  • La miga de pan de un tercio de una barra de “a cuarto”, a ser posible de molla no muy suelta, “apretá”, en el argot de mi santa madre…
  • 3 cebolletas o cebolla fresca medianitas
  • 1/2 vaso de leche
  • 1 vaso de vino blanco o, medio vaso de tinto y medio de cerveza (al gusto)
  • 2 cucharadas soperas de harina
  • 3 ó 4 dientes de ajo, picaditos
  • 1 huevo grande, hermosote
  • 1 vaso de caldo de carne, de pollo o de lo que sea (se puede hacer con pastillas de “caldo”, o comprarlo ya elaborado, o utilizamos el caldo de algún guiso que previamente teníamos y hemos aprovechado –lo que yo hago, es congelar del “puchero”, o del cocido, el caldo que sobra, para una sopita, croquetas, o como en este caso, albóndigas de carne)
  • Perejil picado al gusto ( un buen pellizco)
  • Aceite
  • Sal
  • Pimienta negra molida, y muy poquita (apenas unos granitos) de pimienta molida de cayena.

Preparación:

Lo primero que haremos será mezclar bien la miga de pan con la leche, dejándolo reposar unos diez minutos. Cuando nos acerquemos a esos diez minutos de obligado reposo, batiremos el huevo, (a mí me gusta batir la yema por un lado y la clara por otro, y después mezclarlo –esto lo dejo a la elección del cocinero-). Una vez bien agitado el huevo le añadimos el perejil, los ajos y la anterior masa de miga de pan con leche. Salpimentamos la carne y ¡hala!, a un bol junto a la argamasa que hemos hecho primeramente. Mezclamos todo bien, y será con esta masa con la que haremos las albóndigas. Una vez formadas, (no hacerlas muy gruesas), pasamos las albóndigas por harina y las freímos en aceite hasta que se doren. Las retiramos y las dejamos escurrir del aceite sobrante en un plato con unas servilletas de papel.

         Si hasta aquí ha sido fácil, para la salsa de las albóndigas no va a ser menos. La cebolla, previamente picada, las doramos en el mismo aceite que hemos utilizado para las albóndigas (cuelen antes ese aceite, y midan unas tres o cuatro cucharadas bien colmadas de aceite por cebolleta, –el resto del aceite, si sobra, pueden volver a utilizarlo para otra vez, o reciclarlo para jabón, etc…-). A la cebolla, bien “pochadita” ya (esto se consigue tapando el recipiente donde las cocinamos, y a fuego medio-bajo – échenle un pellizco de sal, si lo creen necesario) le mezclamos dos cucharadas de harina y meneamos bien (echaremos primero una, y la siguiente poco a poco). Vertemos el caldo de carne y el vino y dejamos que la salsa se cueza durante el tiempo que sea necesario para que la cebolla parezca desaparecer del recipiente.

        El último acto de esta receta, es el toque final… Colocamos las albóndigas en otro recipiente, a ser posible en una cazuela de barro, o en su defecto una olla plana, y vertemos por encima de ellas la salsa (la salsa la podemos pasar por un pasapurés, si se quiere, aunque a mí me gusta encontrarme los “cachitos”- esto es a gusto del chef, o de los consumidores-). Dejaremos a fuego lento, cociéndose durante unos 10 minutos, tapado el cacharro, antes de dar por concluido el “trabajo”. Después solo queda comérselas…

Receta facilita y muy sabrosa. ¡A los niños nos encanta…!

José Antonio Castro Cebrián

El amor que nos vuelve malvados

El amor que nos vuelve malvados - Marina SanmartínEl amor que nos vuelve malvados…

Justo después de leer “El Amor Que Nos Vuelve Malvados” de Marina Sanmartín Pla (Valencia, 1977)  se me avinagró la sangre. La mácula polvorienta que arrastra mi conciencia se desmoronó con la evidencia, más que plausible, de que esta joven escritora me había arañado las agallas con una novela grandiosa, una verdadera joya. Leyéndola me he dado cuenta de que estaba en lo cierto cuando creía que en el amor el hombre encuentra su felicidad y también la más cruel de sus condenas; que nadie está libre de penar por un amor correspondido, e incluso por uno inexistente; que el amor es una brújula que cambia de norte a sur, sin mediar causa alguna; que el amor es un mal de difícil cura y fácil contagio. Es, seguramente, uno de los libros que más me ha llegado de los últimos años.

Sara y Eduardo son una pareja joven que lleva una vida aparentemente feliz hasta el día en que ella presencia la muerte de un mendigo en el metro. Pero, ¿es eso lo único que ha sucedido? Desde ese día, Sara tiene que someterse a tratamiento psiquiátrico y la relación entre ella y Eduardo sufre una paulatina y maquiavélica transformación, donde cuidador y víctima a veces se intercambian los papeles. Todo se complica con el regreso a la casa de al lado del vecino de ambos, el doctor Jeremías Prun, médico especialista en anatomía. Inevitablemente, Sara siente que solamente Jeremías podrá liberarla del peso que oprime su vida desde el día del incidente.

Amarse a uno mismo es reconocer que sin ese amor no somos. El doctor Prun necesita mandar correos electrónicos a colegas para que no le olviden cuando éste muera, Sara, sin nada con lo que cotejar su retrato, sin espejos donde mirarse, o fotografías que le recuerden cómo era, necesita recuperar “la imagen” que le robó el doctor, cuando éste la vio sentada en un banco el día del accidente; al igual que ellos dos, cada ser humano que habita en este loco paraíso, necesita de la identidad que le procura la gente que le rodea. De alguna manera nuestra existencia está en los demás.

Esta novela merece ser leída una y otra vez. Bella alegoría sobre lo oculto. Sobre el amor oculto.

José Antonio Castro Cebrián

Editorial: Principal de Libros / Fecha de publicación: 2014 / Género: Novela / Páginas: 188 / ISBN: 9788494223402

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Ratas, chinches y cucarachas

Basuras
Basura en las inmediaciones del Portichuelo en Cox (Alicante)

Si es que nos estamos cargando el planeta, coño. Que todo tiene que ver. ¡Qué sí! No es que vaya de ecologista, ni de nada por el estilo. Es que me da pena. Mucha pena.

Miren, no hace ni una semana escuché en la radio que en la Península Ibérica tres plagas estaban haciendo estragos en numerosas ciudades. Ratas, chinches y cucarachas. Decía el experto que se estaba viviendo una “agravación”, y que era exponencial el problema. El incremento del tránsito de mercancías en el planeta, esa llamada globalización, y sobre todo el cambio climático que causaba la ineficiencia energética y la falta de “higiene” de nuestros campos, playas y ciudades, estaba propiciando un deterioro medioambiental alarmante y lo que es peor, sin cura. Y yo me pregunto, ¿es que somos gilipollas?

Paseando por el Portichuelo, una senda de asfalto que bordea la sierra donde vivo, me puedo encontrar, y no exagero, unas dos o tres toneladas de mierda, entre botellas de plástico, condones usados, compresas o pañales, y lo que os queráis imaginar. Muchas veces hemos ido unos cuantos con la bolsita recogiendo basura, pero es inútil… al poco de quedar limpia una zona, vuelve a aparecer la basura.

Repito: ¿es que somos gilipollas? Y entiéndanme, lo de que “somos” lo digo de manera irónica, porque en realidad lo que me gustaría decir es que “a veces las cosas son porque tienen que ser, y otras, porque hay unos malnacidos, guarros, hijos de la gran puta, que no tienen un dedo de decencia y carecen de cerebro, que no saben que ensuciar el monte, la playa, las calles, o su puta casa, puede acarrear, (y eso en el mejor de los casos), una plaga de ratas, chinches o cucarachas que terminará por hacernos enfermar a todos.”

Un día de marzo se celebra, si no recuerdo mal, el día mundial de la eficiencia energética. Esto que suena tan rimbombante, “eficiencia energética”, es igual de trascendental para el planeta que el mantener nuestros campos, playas y ciudades limpias. La única manera de garantizar la sustentabilidad ambiental, es concienciar al mayor número posible de personas de que somos parte de una realidad que engloba a todo el Universo, pero una muy muy pequeñita, ínfima, y que debemos ser respetuosos con la naturaleza, porque ya bastante paciencia está teniendo ella con nosotros.

José Antonio Castro Cebrián

Entremés: «Karl Eugen Eiselein» de Hermann Hesse

«Era curioso…, el joven parecía perfectamente sano, comprensivo e inofensivo, y en cambio los poemas eran casi siempre morbosos, incomprensibles y desesperados de la vida, como si fuese realmente un abismo lo que se lo había tragado. Los otros poemas no eran mejores, todo sonaba a gimoteo fantástico e idiota, cuyo sentido era sólo accesible a cuatro iniciados. Todo estaba lleno de templos, de soledades, de mares bravíos, de cipreses, visitados siempre por un tímido doncel entre hondos suspiros. Se comprendía que todo aquello quería ser simbólico, pero poco se ganaba con ello».

Karl Eugen Eiselein (Hermann Hesse, 1903)

Hermann HesseHermann Karl Hesse nació en Calw, ciudad del Imperio Alemán el 2 de julio de 1877. Tuvo una infancia y adolescencia familiar, época de su vida que se ve reflejada en muchas de sus obras. Fue librero antes que escritor o, acaso, mientras luchaba por abrirse camino en la literatura, lo cual consiguió en vida. Su escritura destacó en muchos de sus aspectos (no en vano ganó el Premio Nobel en 1946), pero sobre todo en su afán por mostrar la superación de las crisis personales. No obvió otros temas importantes de la época como la religión, la política o la moralidad. Vivió en Maulborn, Tubingia, Basilea y Gaienhofen hasta que, tras viajar a la India, ubicó su residencia en Suiza, donde murió el 9 de agosto de 1962 en Montagnola. Se le conoce por obras tales como: Bajo las ruedas (Unterm Rad, 1906), Gretrudis (Gertrud, 1910), Demian (Demian, 1919), Siddhartha (Siddhartha, 1922) o El lobo estepario (Der Steppenwolf, 1927).