“La Ceguera”

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El Íncubo (1781), de Johann Heinrich Füssli,

He escrito guiones, poesía, teatro, relato, novela… y desde hace unos pocos meses también ensayo.

Es un trabajo sobre la inspiración, sobre las “musas”, las de cada escritor, poeta y vividor; o quizá sería más correcto decir que es un estudio sobre la pulsación creativa de los artistas, la génesis y el por qué de sus obras.

Debo reconocer que cuando el editor valoró y aceptó la  propuesta que le presenté, me acongojé un poco. La idea de reflexionar sobre “las musas y su mundo” y plasmarlo en un libro (y sobre todo de la manera que yo quiero hacerlo), es algo tan subjetivo e intimidante para mí, como autor, que me da auténtico pavor pensar en las consecuencias emocionales que me va a acarrear este proyecto. Y eso sin tener en cuenta que este género me es totalmente desconocido, y es un trabajo distinto a cualquier otro realizado hasta la fecha en la factoría “Castro”. Pero como dicen por ahí, siempre hay una primera vez para todo, ¿o no?

    Aunque éste es un trabajo de fondo, los plazo de entrega y publicación saltarán el 2015, y quizá también el 2016, hoy os pondré un pequeño adelanto de lo que os encontraréis en uno de los, espero, capítulos del ensayo, cuyo título provisional es “La Ceguera”:

 “ (…) Resulta que nadie está libre de conocer el amor. Por mucho que no se quiera, uno termina por enamorarse. Ya sea de sí mismo, ya sea de otra persona, ya sea de un animal, ya sea de una cosa. Siempre hay amante y amado, siempre hay dolor y placer en ese sentimiento. Hay generosidad y hay depravación. Hay lujuria y hay decepción. El amor se convierte la mayoría de las veces en un pretérito imperfecto. Muchas el amado es sólo una percepción, un estímulo para el amante. Otras es el amante quien no vive más allá del corazón del amado. No existe patrón que defina al perfecto amante. La única condición es que esté dispuesto a sufrir y a morir por nada a cambio. La única condición es que sea capaz de no conservar nunca la calma cuando la pierda por los celos. Pero con dolor, sin violencia, con pasión, sin reproches, con exaltación, con ceguera. El amado tampoco tiene horma, cualquiera puede pertenecer a esa categoría, incluso sin saberlo. Puede ser un viejo decrépito lleno de pústulas o una chocha que se mea y se caga encima. Puede ser un adolescente que acaba de descubrir la masturbación frente al espejo o una joven que acumula sartenes y cortinas para su ajuar. Puede ser una mentira. Puede ser un sueño robado. Puede ser un paisaje, el retrato de una Celestina, o una estúpida puesta de Sol. (…)

El amante sabe que el silencio y la soledad le pertenecen, que los necesita para sentir el alma de su amado. (…)

El amante puede consumirse en la alegría o en la pena, el amado en el recuerdo o en el olvido (…) “

 Trabajo sobre la ceguera (2013)

José Antonio Castro Cebrián

Hacer el bien

Hacer el bien - Matt SumellAl comienzo de la lectura de este libro pensé que me encontraba ante un conjunto de relatos de Matt Sumell. Nada más lejos de la realidad. Tal vez lo percibí así por la estructura no lineal de los episodios o capítulos que conforman Hacer el bien, ya que no siguen un patrón uniforme. Las historias se entremezclan a partir de elementos incluidos en ellas, sin que tengan, necesariamente, que seguir una línea de tiempo ni ubicarse en un espacio determinado. Es un rompecabezas que va uniendo los pasajes de la vida del protagonista para configurar un escenario crudo y violento en su exposición. Tan directa es la prosa de Alby, el protagonista que nos narra en primera persona, que resulta hiriente y demasiado real. Usa un lenguaje que denota rabia contenida, ira mal enfocada y es, del mismo modo, a través de los gestos y actitudes que nos describe como también nos enseña su mundo, áspero y anodino. Sin embargo, es también en su prosa cuando vemos que lo rudo no contraviene lo que dispone la inteligencia y vemos en Alby a un tipo malcarado hacia la vida, pero de pensamientos claros, brillantes y nada difusos. Sus reflexiones son a veces absurdas y otras más que acertadas, capaces de remover los intestinos y acercarnos a la frialdad del mundo, de sus sucesos injustos. Matt Sumell usa los nombres de sus hermanos para dar vida a los de su protagonista, del mismo modo que rinde homenaje al amor hacia su madre. Porque al fin y al cabo, todo parte de la madre y a ella vuelve al acabar la obra, la vida. El protagonista inicia un viaje homérico por su existencia, repensándola para dar salida a los sentimientos enquistados que alberga en su corazón, sopesándola con momentos que merecen la pena y con otros que querría olvidar, dando muestras de ternura a la vez que se deja llevar por la violencia de su naturaleza destructiva. Es una obra que golpea duro, pero que no deja mal sabor de boca. Soy consciente que no es un relato apto para todos los públicos, pero a mí me atrae especialmente el uso particular del lenguaje que hace el autor para acercarnos a la vida de Alby, sin adornos, sin pausas innecesarias, sin edulcorante. A mí me ha sorprendido y me ha gustado mucho. Turner ha hecho bien en traer al castellano esta destacada obra.

Víctor Morata Cortado

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HACER EL BIEN de Matt Sumell / Título original: MAKING NICE / Traducción: Ismael Attrache / Editorial: Turner / Colección: El cuarto de las maravillas / Género: Narrativa / 278 páginas / ISBN: 9788416142002 / 2014

“El amor es más fuerte que el odio”

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Portada de Charlie Hebdo del 9 de noviembre de 2011, “El amor es más fuerte que el odio”.

Hoy mi columna semanal no hablará de “dimes” ni “diretes”.

Hoy mi columna semanal no lanzará proclamas reivindicativas, ni de condolencias, ni para mí, ni para nadie.

Hoy mi columna semanal no será ni mía. Ni siquiera será una columna de opinión.

Solo unas palabras. Pocas.

La sátira, la crítica, la opinión, son armas poderosas contra la estupidez y la opresión, contra la tiranía y el despotismo. La religión, los dogmas, las dudas existenciales, los adornos morales, son ideas, ideas que necesitan de la crítica, de la sátira y de la opinión, para poder ganarse la “fe” de una verdad compartida, o de una mentira consentida.

Hoy mi columna semanal está en París, con Charlie Hebdo. Con la libertad. Con el respeto, sin miedo.

José Antonio Castro Cebrián

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Viñeta de Ruben L. Oppenheimer

Entremés: Colores de Otoño, de Henry David Thoreau

«También el primero de octubre, o algo más tarde, los olmos están en la cúspide de su belleza otoñal, majestuosas masas pardo-amarillentas, tibias aún por el calor de septiembre, que penden sobre la carretera. Tienen las hojas perfectamente maduras. Me pregunto si hay alguna madurez sensata en la vida de los hombres que viven a su sombra. Mientras miro nuestra calle, bordeada de olmos, éstos me recuerdan tanto por su forma como por su color a los haces de trigo, como si la siega se hubiera adentrado en el pueblo y al fin pudiéramos esperar cierta madurez y «sabor» en los pensamientos de sus gentes. Bajo el susurrante follaje amarillo, listo para caer sobre la cabeza de los paseantes, ¿cómo es posible que puedan imponerse ideas toscas o inmaduras? Cuando me detengo allí donde una docena de grandes olmos se inclinan sobre una casa, es como si estuviera dentro de la cascara de una calabaza madura, y me siento blando como si yo mismo fuera la pulpa, aunque quizá mi aspecto sea desastrado y fibroso».

Colores de Otoño (Henry David Thoreau, 1862)

henry-thoreauHenry David Thoreau,(Concord, EE UU, 1817-1862) nació en el seno de una familia humilde, circunstancia que no le impidió graduarse en Harvard en 1837 y convertirse en uno de los escritores y ensayistas más trascendentales dentro de la literatura norteamericana. Durante toda su vida vivió bajo los postulados del trascendentalismo, defendiendo una forma de vida que ennobleciera el contacto con la naturaleza. Sus ideas le hicieron establecerse, en 1845, en una pequeña cabaña que él mismo construyó cerca del pantano de Walden, para dedicar todo su tiempo a la escritura y a la observación de la naturaleza. De esta época son Una semana en los ríos Concord y Merrimack (1849), y Walden (1854), quizá la obra de la que obtuvo mayor acogida. En 1846, abandonada ya su vida en el pantano, Thoreau se negó a pagar los impuestos que el gobierno le imponía, lo hizo como protesta contra la esclavitud, motivo por el cual fue encarcelado. De esta experiencia surgió Desobediencia civil (Civil Disobedience, 1849), obra magna sobre la “resistencia pasiva”, y que tanto influenciaría a Gandhi y a Martin Luther King muchos años después.