Largo pétalo de mar

La escritora Isabel Allende me ha vuelto a enamorar.

El título del libro, Largo pétalo de mar, es parte de unos versos de Pablo Neruda, y no solamente está presente el poeta chileno en el título, también lo está en cada uno de los capítulos: todos empiezan con una cita del Premio Nobel, como un peculiar y emotivo homenaje por parte de Isabel Allende al más universal de los poetas chilenos.

La novela de algún modo gira en torno a Pablo Neruda, sin ser él el protagonista. El Neruda de 1939 era cónsul para la inmigración española en París, desde donde intentaba ayudar a los refugiados de la guerra civil. Una de las operaciones más substanciales que realizó a tal efecto fue fletar un barco, el Winnipeg, para trasladar a más de dos mil refugiados a Chile. Entre los pasajeros de aquel barco se encontraban el médico Víctor Dalmau y su amiga Roser Bruguera, una pianista talentosa. Él, un héroe de la guerra civil, un médico que ha salvado y tratado a muchísimos soldados durante la contienda, y ella una mujercita que termina siendo pianista y amiga de los padres de Víctor. La guerra se ha llevado por delante los sueños de Roser: poco antes de finalizar, Guillem, el hermano de Víctor, y prometido de Roser pierde la vida. Es entonces cuando Víctor sigue el consejo de su difunto padre y se exilia junto a Roser en Chile. Una vez recalan en el país sudamericano, terminan siendo más chilenos que españoles, disfrutando ambos de unos años de prosperidad, paz y libertad, pero la desgracia vuelve a asomarse por sus vidas, al producirse el golpe de Estado del general Pinochet contra el Gobierno de Salvador Allende, que también aparece en la novela como un personaje secundario.

El estilo de Isabel Allende es tremendamente adictivo, utiliza como pocos el diálogo y es capaz de contar hechos tristes con un halo de melancolía tan profundo que en vez de producir desasosiego produce placer.

Leer a Isabel Allende nunca es una mala elección.

Angie Ballester

LARGO PÉTALO DE MAR de Isabel Allende / Editorial: Plaza y Janés / Género: Novela / 382 páginas / ISBN: 9788401022418 / 2019

Sordo y mudo a voluntad

Decía un gran estudioso de la estupidez humana que el hombre es el animal más peligroso del mundo conocido, capaz de volverse ciego, sordo y mudo a voluntad, capaz de justificar su felicidad con la ignorancia.

Llevo varios días dándole vueltas a una cosa. Creo, y lo creo de una manera obstinada, que la felicidad tiene mucho que ver con la capacidad de cada cual de rentar el presente. Quien es capaz de retener el mayor monto de buenos recuerdos en su día a día, es mucho más feliz que quien no es capaz. Los que ya tenemos una edad solemos hablar del pasado con cierta nostalgia, con cariño la mayoría de las veces. Por lo menos yo sí. Aquellos años en los que el móvil, o el internet, eran fantasías de ciencia ficción, el concepto del tiempo tenía bastante más caché del que tiene hoy en día. Cuando yo era un niño una película, un libro, el partido de la liga del domingo, o un beso, perduraban vívidos en el recuerdo muchísimo tiempo. En la actualidad, cuando se estrena una película, por ejemplo, en el mismo instante en el que se proyecta por primera vez ya deja de interesar, o de importar; la respuesta de la mayoría del público es preguntarse cuál será la próxima, es como si las cosas por hacerse presentes terminaran por perder el valor de su esencia, formando irremediablemente parte de un pasado reciente.

Si vivimos ahora en una época especialmente estúpida, donde la mayoría de la gente sufre de tontitis aguda, o por lo menos adolece de una pereza mental importante, ¿qué no nos deparará el futuro menos inmediato?

Ayer, un gran hombre, llamémosle Jafat, me dijo más o menos lo siguiente: “el ser humano posee, como algo intrínseco, la virtud de tener conciencia de la fatalidad, y se vale de ello para buscar respuestas donde no hay preguntas”. Y yo me pregunté…, para alguien que no ha conocido la dicha o la felicidad, ¿no es acaso imposible tener conciencia de la fatalidad? Pensándolo bien… el ser humano no sólo está formado de un enorme enjambre de tachuelas y remiendos, dispuestos a lo largo de demasiadas tempestades, -y aquí utilizo humano como acicate a mi propia dignidad-, también tendrá cachitos de felicidad, ¿no?

El próximo miércoles volveré a ver a Jafat, y prometo invitarle a un café… buena gente este Jafat….

José Antonio Castro Cebrián

Entremés de «La isla del día de antes» de Umberto Eco

«Aquí, prelados con la amplia cola cardenalicia y el pico en forma de alquitara desplegaban alas de hierba, inflando una garganta purpurina y descubriendo un pecho azul salmodiaban casi humanos; allá, múltiples escuadras se exhibían en gran justa intentando asaltos a las deprimidas cúpulas que circunscribían su arena, entre relámpagos de tórtola y estocadas rojas y amarillas, como oriflamas que un alférez estuviera lanzando y recogiendo al vuelo. Enojados jinetes, con largas patas nerviosas en un espacio demasiado angosto, relinchaban airados cra cra cra, a veces vacilando sobre un pie solo y mirándose recelosos en derredor, vibrando los copetes sobre la cabeza tendida… Solo, en una jaula construida a su medida, un gran capitán, con el manto azulino, el justillo bermejo como el ojo, y el penacho de lirios sobre la cimera, exhalaba un gemido de paloma. En una jaulilla junto a ésta, tres peones permanecían en el suelo, faltos de alas, brincantes ovillos de lana encenagada, el hociquito de ratón, bigotudo en la raíz de un largo pico recorvo dotado de aletas con las cuales los pequeños monstruos husmeaban, picoteando las lombrices que encontraban por el camino… En una jaula que se desanudaba como un intestino, una pequeña cigüeña con las patas de zanahoria, el pecho aguamarina, las alas negras y el pico morado, se movía titubeante, seguida por algunos pequeños en fila india y, al detenerse aquella senda suya, despechada graznaba, primero obstinándose en romper lo que creía una maraña de sarmientos, luego reculando e invirtiendo el camino, y sin saber sus criaturas si caminarle delante o detrás.
Roberto estaba dividido entre la excitación del descubrimiento, la piedad por aquellos prisioneros, el deseo de abrir las jaulas y ver su catedral invadida por aquellos heraldos de un ejército de los aires, para substraerlos al asedio al cual el Daphne, a su vez asediado por sus otros semejantes allá afuera, los obligaba. Pensó que estarían hambrientos, y vio que en las jaulas aparecían sólo migajas de comida, y que las vasijas y las escudillas que habían de contener el agua estaban vacías. Pero descubrió, junto a las jaulas, sacos de simientes y jirones de pescado seco, preparados por quien quería conducir aquel botín a Europa, pues una nave no va por los mares del opuesto sur sin traer a las cortes o a las academias testimonios de esos mundos.
Siguiendo adelante encontró también un recinto hecho con tablas, con una docena de animales que adscribió a la especie gallinácea, aunque en su casa no había visto semejante plumaje. También ellos parecían hambrientos, aunque las gallinas habían puesto (y celebraban el acontecimiento como sus socias de todo el mundo) seis huevos.
Roberto cogió inmediatamente uno, lo agujereó con la punta del cuchillo y lo bebió como acostumbraba de niño. Luego se metió los demás en la camisa, y para compensar a las madres, y a los fecundísimos padres que lo fijaban ceñudos meneando las barbas, distribuyó agua y comida; y así hizo jaula por jaula, preguntándose qué providencia le había allegado al Daphne precisamente mientras los animales estaban extremados. Hacía, en efecto, ya dos noches que Roberto estaba en el navío y alguien había cuidado de las jaulas a lo sumo el día anterior a su llegada. Sentíase como un invitado que llega, sí, con retraso a una fiesta, pero justamente apenas se han ido los últimos huéspedes y las mesas aún no se han recogido.
Por lo demás, se dijo, que aquí antes había alguien y ahora ya no lo hay, está claro. Que estuviere uno, o diez días antes de mi llegada, no cambia para nada mi hado, a lo sumo lo hace más burlón: naufragando un día antes, habría podido unirme a los marineros del Daphne, donde quiera que hayan ido. O acaso no, habría podido morir con ellos, si murieron. Lanzó un suspiro (por lo menos no era un asunto de ratones) y concluyó que tenía a disposición también unos pollos».

 La isla del día de antes (Umberto Eco, 1994)

Umberto Eco (Alessandria, Piamonte, Italia, 1932 – 2016, Milán, Lombardía, Italia). Escritor y semiólogo italiano, fue uno de los intelectuales de más reconocido prestigio en la Italia contemporánea. Formó parte del vanguardista Grupo 63. Estudió filosofía en la universidad de Turín, fue profesor de semiótica de la Politécnica de Milán (1970-1971) y en 1971 de la Universidad de Bolonia, ocupando la cátedra de semiótica en esa universidad entre 1975 y 2007. En 2000 creó la Escuela Superior de Estudios Humanísticos en la ciudad de Bolonia, un centro de alto nivel destinado a difundir la cultura universal. Ha realizado importantes estudios sobre semiótica, lingüística, estética, sociología y, en especial, sobre la cultura de la Edad Media: El problema estético en Santo Tomás (1956), Desarrollo de la estética medieval (1959), Obra abierta (1962), Apocalípticos e integrados (1965), La estructura ausente (1968), Tratado de semiótica general (1975), Lector in fabula (1979) etc.. No obstante, su fama mundial le llegará con la publicación de El nombre de la rosa (1980; premio Strega 1981), novela de intriga policiaca ambientada en un monasterio medieval, muy bien estructurada y enriquecida por un impresionante caudal de alusiones literarias y eruditas; se convirtió en un auténtico éxito de ventas y fue llevado al cine por J.J. Annaud en 1986. A esta siguieron El péndulo de Foucault (1988), en la que desarrolla otra trama de intriga pero con la historia de los templarios como telón de fondo, La isla del día de antes (1994), cuyo argumento tiene como punto de partida la guerra de los Treinta Años, Baudolino (2000), una novela picaresca ambientada en la Edad Media, La misteriosa llama de la Reina Loana (2004), El cementerio de Praga (2010) y Número cero (2015).