Un «escuchante» hablando sobre Suárez

Soy un españolito del montón al que, por regla general, no le gustan los hipócritas, y ¡ojo!, comprendo que en nuestra sangre española circula el oportunismo y la desfachatez propia del hipócrita (a ese que le gusta subirse al carro de los reconocimientos y medallitas post mortem, y regalar sonrisas, las que hagan falta, al que ya no está para recibirlas, por aquello del que dirán), pero no aguanto al oportunista avieso, ni al infame de excremento (por no decir de mierda) que defiende, como gato panza arriba, que la memoria histórica es de todos, y para todos, y que entre todos se preserva.

Una cosa es hablar de cuando en España los romanos iban con sandalias y otra muy distinta hablar de acontecimientos que han sucedido hace menos de cincuenta años. Si de lo que pasó con las legiones de Escipión en Chipiona tenemos que creer lo que nos cuentan los historiadores, arqueólogos, etc., hasta que no se demuestre otra, ¿por qué de lo que ocurrió en  la transición, durante la transición, los tejemanejes que llevó a ella, tenemos que fiarnos de lo que nos cuenta la clase política, como fuente principal, ¡teniendo en cuenta cómo de descreída es nuestra clase política! (sic)?  Algunos dirán que porque fueron los protagonistas de aquella transformación. A esos algunos yo les contesto que puede, pero también les contesto que aquellos “protagonistas” no fueron los únicos, y que ni en una ni en dos, se ha demostrado que muchos de ellos manipularon hechos que la mayoría de los españoles vivieron y recuerdan perfectamente. Lo insultante es que, cuando pasen unos años, pongamos treinta, todo el movimiento ciudadano que se está viviendo ahora, de dejar que sea así, los políticos de entonces harán suyo el mérito de las transformaciones beneficiosas que, ojalá, se materialicen en nuestro presente.

De tantos artículos que hablan sobre Adolfo Suárez, de tantos documentales en la tele sobre su trascendental papel en la transición, de tantos libros sobre su personalidad política, de tanta loa, y de tanto encomio de algunos en realzar su imagen de héroe pre y pos democrático; de tantos tanto, los que más boquiabierto me ha dejado (por acertado, concreto y decente) han sido unas declaraciones anónimas de un ciudadano cualquiera en una radio nacional. El susodicho dijo, más o menos, lo siguiente: Adolfo Suárez no fue en su origen un demócrata, como algunos sostienen, en tanto no existía la democracia cuando llegó al poder. El mayor mérito de Adolfo Suárez fue el de alentar a los procuradores (los diputados de ahora) a votar una Ley de Reforma Política, en las últimas Cortes del Régimen de Franco, cosa que hizo que muchos de ellos tuvieran que dejar la política irremediablemente. Si hoy en día se aprobara una ley electoral donde existieran las listas abiertas, donde los diputados electos respondieran directamente ante sus electores, donde se terminara de una vez por todas con el bipartidismo y la “política” de cúpula; entonces los políticos de este país se pensarían, más de una vez, el tomar el pelo a sus representados  y, sobre todo, los inútiles, chupópteros, sinvergüenzas, enchufados, e ignorantes, irían al paro de cabeza, y no volverían a ser elegidos nunca más por unos ciudadanos que no los quieren.”

Yo suscribo cada una de las palabras del “escuchante” y añado, como epílogo y para terminar, que quizá si se diese esa nueva ley, entonces, y sólo entonces, el corazón de España volvería a sentirse democrático.

José Antonio Castro Cebrián

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