Inocencia

Niña con paloma (Pablo Picasso, 1901)

En El gran cuaderno, la película del cineasta húngaro János Szász, hay una escena muy sombría, terriblemente triste. Cuando ambos hermanos intentan escapar de un páramo de muerte y salvar un campo de minas, uno de los gemelos dice: «Si se da grandes zancadas se puede cruzar la frontera», a lo que el otro le replica, «Sí… pero alguien tiene que ir el primero».
Mucho de esta gran película, adaptación de una obra de Agota Kristof, versa sobre la pérdida de la inocencia. La guerra, en su concepto, es una alegoría de esa pérdida, donde la realidad es fea, y el ser humano es malo. En este escenario aterrador no se puede pretender un mundo ideal, desprovisto de preocupaciones y sufrimiento como el que se vive y se siente cuando se es inocente. Con la pérdida de la inocencia se acepta que el ser humano es un lobo para sí mismo, que una sociedad perfecta y justa y sin conflictos no existe, que las relaciones humanas no volverán a ser plenas nunca más.

Lo que cuenta esta película, más allá de la historia, es una realidad tan sustancial y tan intangible a la vez, que da miedo.

Me he quedado boquiabierto, ojiplático, estupefacto, atónito, al escuchar a un gentleman de cierta enjundia, en el bar de la Geroma, afirmar (literal) que un niño nacido en Etiopía, en el Congo, o en la jungla de Papúa Nueva Guinea, es por naturaleza menos inocente que uno nacido en España, Estados Unidos o Francia, y por ende más cruel. Qué idiota.

Ojalá no tuviéramos tan asumido que la inocencia se pierde con los años, y que esa pérdida es irreversible. Yo por mi parte os voy a dejar una pequeña revelación como epílogo, un escrito sin pretensiones, a modo de patada en la boca, por si la leen esos genuinos idiotas, hipócritas, que se atreven a medir (o a valorar) la inocencia según donde se nazca:

Me lo dijo aquel ángel,… ¡lo juro!, se presentó delante mía, a las afueras del café, en el otro lado de la barra, me miró, me guiñó un ojo y me reveló una verdad tan clara que recelé un momento de ella,… (en realidad dudé solo un segundo, lo confieso)
Si meciera mi desgana entre los ojos de esos niños que sufren en su agonía el hambre, la pérfida infancia, nunca llegaré a ser feliz.
¡Lo juro!, es cierto lo que cuento, aquel ángel con traje de occidental rico y buenas maneras, tan limpio y educado él, me lo susurró: serás feliz mientras mires a la vida con descaro, sin darle la importancia que no merece. No hay otra amigo, me dijo… no hay otra.
¿Son casquillos los garbanzos de sus pucheros?, ¿lo son? Hipócritas…

José Antonio Castro Cebrián

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