Sordo y mudo a voluntad

Decía un gran estudioso de la estupidez humana que el hombre es el animal más peligroso del mundo conocido, capaz de volverse ciego, sordo y mudo a voluntad, capaz de justificar su felicidad con la ignorancia.

Llevo varios días dándole vueltas a una cosa. Creo, y lo creo de una manera obstinada, que la felicidad tiene mucho que ver con la capacidad de cada cual de rentar el presente. Quien es capaz de retener el mayor monto de buenos recuerdos en su día a día, es mucho más feliz que quien no es capaz. Los que ya tenemos una edad solemos hablar del pasado con cierta nostalgia, con cariño la mayoría de las veces. Por lo menos yo sí. Aquellos años en los que el móvil, o el internet, eran fantasías de ciencia ficción, el concepto del tiempo tenía bastante más caché del que tiene hoy en día. Cuando yo era un niño una película, un libro, el partido de la liga del domingo, o un beso, perduraban vívidos en el recuerdo muchísimo tiempo. En la actualidad, cuando se estrena una película, por ejemplo, en el mismo instante en el que se proyecta por primera vez ya deja de interesar, o de importar; la respuesta de la mayoría del público es preguntarse cuál será la próxima, es como si las cosas por hacerse presentes terminaran por perder el valor de su esencia, formando irremediablemente parte de un pasado reciente.

Si vivimos ahora en una época especialmente estúpida, donde la mayoría de la gente sufre de tontitis aguda, o por lo menos adolece de una pereza mental importante, ¿qué no nos deparará el futuro menos inmediato?

Ayer, un gran hombre, llamémosle Jafat, me dijo más o menos lo siguiente: “el ser humano posee, como algo intrínseco, la virtud de tener conciencia de la fatalidad, y se vale de ello para buscar respuestas donde no hay preguntas”. Y yo me pregunté…, para alguien que no ha conocido la dicha o la felicidad, ¿no es acaso imposible tener conciencia de la fatalidad? Pensándolo bien… el ser humano no sólo está formado de un enorme enjambre de tachuelas y remiendos, dispuestos a lo largo de demasiadas tempestades, -y aquí utilizo humano como acicate a mi propia dignidad-, también tendrá cachitos de felicidad, ¿no?

El próximo miércoles volveré a ver a Jafat, y prometo invitarle a un café… buena gente este Jafat….

José Antonio Castro Cebrián

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