Me llamo Gennet

Si fuésemos capaces de sumar las emociones individuales positivas, las buenas, y transformarlas en torrentes de solidaridad colectiva, a buen seguro este mundo sería otro muy distinto. Nos pasamos la vida mirándonos el ombligo, sin darnos cuenta de que la vida pasa de manera inconmensurable por delante de nuestras narices. No somos nada conscientes del valor de nuestra existencia. A veces el odio, el rencor, la inquina irracional de unos pocos dan lugar a linchamientos morales o a miedos irracionales contra lo distinto, lo débil, lo feo o lo raro. A veces el vaso de agua en el cual nos ahogamos no contiene ni una mísera gota.

Os voy a contar una historia que quizá ya muchos conozcáis, la historia de Gennet Corcuera. Gennet Corcuera no ve ni oye, al menos no como lo hace la mayoría de la gente. Nació sordociega, en Etiopía, y fue abandonada por su padre a los dos años de edad en un orfanato de monjas. Allí sufrió hambre, enfermedad y soledad. Del orfanato pudo salir gracias a La Providencia, nunca mejor dicho, cuando una mujer española que visitó el recinto convenció a las religiosas para que le permitieran adoptar a la pequeña, trayéndosela a Madrid. Gennet Corcuera aprendió a comunicarse tocando objetos. El tesón de esta mujer que hoy tiene 38 años le ha llevado a vivir sola, de forma autónoma, a estudiar Educación Especial, a convertirse en la primera persona española sordociega licenciada, y a trabajar como educadora en Sevilla, donde reside actualmente.

¿De verdad TODO es tan importante?

Yo tampoco soy perfecto, no se crean, como buen ceporro me he quejado cuando la lluvia arreciaba mis pocas ganas de salir de casa un domingo por la tarde…, pero cada vez me cabreo menos por tontadas, o eso intento. Yo quiero la valentía de Gennet Corcuera, atesorar ese don de osadía que le lleva a ver más allá de lo que tocan las yemas de sus dedos.

Hoy estrenan en España, en un pase solidario, una película sobre su vida, una historia que servirá para inspirar a muchas personas… o eso espero. Ojalá hoy las salas de cine rebosen de emociones positivas, de las buenas, y que estas se transformen en torrentes de solidaridad y buena vibra.

José Antonio Castro Cebrián

 

 

 

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