La muerte del comendador

«En plena crisis de pareja, un retratista de cierto prestigio abandona Tokio en dirección al norte de Japón. Confuso, sumido en sus recuerdos, deambula por el país hasta que, finalmente, un amigo le ofrece instalarse en una pequeña casa aislada, rodeada de bosques, que pertenece a su padre, un pintor famoso. En suma, un lugar donde retirarse durante un tiempo. En esa casa de paredes vacías, tras oír extraños ruidos, el protagonista descubre en un desván lo que parece un cuadro, envuelto y con una etiqueta en la que se lee: «La muerte del comendador». Cuando se decida a desenvolverlo se abrirá ante él un extraño mundo donde la ópera Don Giovanni de Mozart, el encargo de un retrato, una tímida adolescente y, por supuesto, un comendador, sembrarán de incógnitas su vida, hasta hace poco anodina y rutinaria. Este primer volumen de la novela La muerte del comendador es un fascinante laberinto donde lo cotidiano se ve invadido de señales indescifrables, de preguntas cuya respuesta todavía está lejos de vislumbrarse. El lector, al igual que el protagonista, deberá permanecer muy atento».

Murakami tiene algo que lo hace especialmente aborrecible al tiempo que amable. Posee una bipolaridad literaria de la que tanto sus admiradores como sus detractores pueden dar absoluta fe. Este primer libro de La muerte del comendador es una buena muestra de sus virtudes que muchos convierten sin asomo de impudicia en flagrantes defectos.

Considero que la prosa de Murakami, la que nos llega traducida, está claro, ha alcanzado una cota desde la cual se mantiene desde hace años. Sigue usando en esta novela esa indolencia e indiferencia fingida por todo y esa pasión camuflada por lo más insólito e inverosímil, por los pequeños detalles y los insignificantes y cotidianos elementos de la vida y el día a día. Así y todo, poniéndose en la piel del artista que busca inspiración para poder crear, cuyas similitudes con cualquier tipo de arte creativo saltan a la vista, consigue transmitirnos su singularidad a través de la normalización de su persona y su naturalidad intrínseca.

Haruki Murakami es, desde hace muchos años, el aspirante a las puertas del Nobel. Muchos creen que su posición es exagerada e inmerecida. Otros, como el que escribe, no lo creen así. Si alguien merece estar en esa posición y obtener tal mérito no es otro que él, pues su literatura ha traspasado fronteras y ha conseguido llevar el mismísimo corazón de Japón al sillón de cada casa y al asiento de cada autobús, tren o metro del mundo con sus novelas.

La muerte del comendador es, siendo más de lo mismo, más de Murakami, especial y singular. En el modo en que lo es cada persona y cada vida. Y, al igual que en todas sus novelas, llega un instante en que la historia se difumina y lo verdaderamente importante en la narrativa de Murakami se desvela: sus personajes. Si algo hace de esta novela un hito encomiable no es sino la relación que el autor consigue entablar entre el lector y aquellos que se nos muestran a través de sus páginas. Una muy buena novela. Muy Murakami. Por tanto, para todos aquellos que no pueden ni leer un párrafo suyo, tan desastrosa como todas sus anteriores creaciones. 

Lolino Jover

LA MUERTE DEL COMENDADOR de Haruki Murakami / Título original: KISHIDANCHO GOROSHI / Traducción: Yoko Ogihara y Fernando Cordobés / Editorial: Tusquets / Colección: Andanzas / Género: Novela / 432 páginas / ISBN: 9788490665640 / 2018

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