Joder, lo que usted mande

Leyendo la prensa y ahora que lo pienso, el summun de los negocios es la corrupción. No hay duda de ello. Y ocurre lo de siempre, hay algunos que parecen haber nacido con la estrella en el culo, y otros que por muy mal que le salgan (y hagan) las cosas siempre encuentra la luz al final del túnel, aunque ese túnel esté financiado con el sudor de otros muchos ineptos. Para este tropel la corrupción entra por su casa con la naturalidad que los gorriones se cagan en el tejado de la mía.

—Buenas tardes. Soy la corrupción, la ignominia, el deshonor, la vergüenza, y estoy aquí para ofrecerte el negocio del siglo. ¡No te vas a ver en otra chaval!

Y ahora viene lo interesante… El negocio de tu vida puede ser la construcción de un auditorio de la hostia para la comarca, una comarca que vive de subvenciones y de lo que le da la huerta y los mercadillos, la ampliación a veinte hoyos de un campo de golf que da de comer a…, ¡veinte hoyos!, ¡el complejo más grande del campo de Cartagena!, o la recalificación de un terrenito baldío y alejado de la civilización para hacer un helipuerto, ¡claro!, para cuando vengan de visita los ministros y los reyes del mambo. Lo que es la corrupción, la de verdad, la de los redobles y tamborileos, puede ser tan caprichosa como lo es el barómetro del CIS, con los vaivenes de la intención del voto y esas cosas. Esto es, si a la corrupción se le antoja otros expedientes de regulación de empleo (ERE) fraudulentos, u otras tarjetitas bancarias con fondos al estilo de la extinta Fundación Andaluza Fondo de Formación y Empleo (Faffe), hay que dar por descontado que encontrará el lugar, el momento y sobre todo al indeseable listillo que aceptará el negocio del siglo. 

Lo que os venía a decir al principio es que, por lo visto, a algunas personas la corrupción les llega a su vida con la misma naturalidad con la que cae la lluvia en Abril. Un buen día, plis plas, tomando un café en la salita de estar. Una llamada. Y no, no es cualquiera quien llama.

—Soy la Justicia, el Poder, el que Manda aquí —le dice un Mandamás con mucha mano del Gobierno Central, Lateral o Supino, a un Alcalde (mismamente), y el Alcalde, el pobrecillo, que obnubilado por la grandilocuencia cae postrado a los pies del Mandamás: JODER, LO QUE USTED MANDE, SÍ O SÍ ¡GRACIAS DIOS!  

A ver, que yo creo que al final nada tiene que ver con lo mucho o poco que le guste a uno el dinero fácil, sino con la predisposición que tenga la propia corrupción de bajarse los pantalones, y de ofrecer el negocio del siglo al ciudadano de a pie, a ese que no dispone ni de realengos que administrar del Estado ni de apellidos con solera.

No me caerá esa breva.

José Antonio Castro Cebrián

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