El hombre de tiza

«Hay juegos que solo tienen un final posible. Echando la vista atrás, todo comenzó el día del terrible accidente durante la feria, cuando Eddie, de doce años, conoció al Hombre de Tiza. Fue el Hombre de Tiza quien le dio la idea de los dibujos: una manera de dejar mensajes secretos entre el grupo de amigos. Fue divertido hasta que los dibujos condujeron al cuerpo sin vida de una niña. Sucedió hace treinta años y Ed pensaba que todo había quedado olvidado. Sin embargo, recibe una carta que contiene solo dos cosas: una tiza y el dibujo de un muñeco. La historia se repite y Ed se da cuenta de que el juego en realidad nunca terminó… Todos tenemos secretos. Todos somos culpables de algo. Y los niños no son siempre tan inocentes».

He empezado a recelar un poco de los consejos de lectura de Stephen King en las fajas de algunas novedades. Lo hago muy a mi pesar porque no siempre acabo encontrando la promesa que anticipa y acabo decepcionándome, más si cabe que si hubiera entrado en la novela a ciegas, sin expectativas ni advertencias.

Con C.J. Tudor y El hombre de tiza, en cierto modo, temía que me pasara eso mismo. Es muy fácil dejarse llevar por la publicidad, más aún si esas palabras corresponden a un autor que admiras. Sea como fuere, esta novela no me ha defraudado, no ha sido una de esas. Quizá la expectativa de encontrarme con algo que posiblemente no se correspondía con lo anunciado ha obrado de forma contraria y en beneficio de la novela.

El hombre de tiza es una novela que juega, fundamentalmente, con dos fechas entrecruzadas: 1986 y 2016. Treinta años que separan el relato de una misma voz, la de Eddie «Munster» Adams. La de 1986 en una primera persona reminiscente que evoca ese pasado preadolescente, cuando Eddie y sus amigos tenían doce años. La de 2016 en primera persona del presente de boca de un Ed Adams convertido en profesor de Lengua asocial que, a sus 42 años, comparte su casa con una chica casi tres lustros menor que él y una mentalidad mucho más extrovertida y menos conservadora.

A priori, la autora no nos ofrece demasiada información sobre el cariz que va a tomar la historia. El título, es evidente, arroja alguna luz sobre la perspectiva que se va a afrontar a lo largo del relato, pero en cierto modo también despista sobre la verdad que aborda y que, muy de tapadillo, con cuentagotas y usando hasta el hartazgo los cliffhangers nos va ofreciendo muy poco a poco a caballo entre 1986 y 2016. Quizá por eso resulte tan difícil abandonar la lectura y dejar de leer. Sus páginas tienen la cualidad de arrastrarte hacia adelante sin apenas resuello, con esa avidez lectora de saber más y atar los cabos que permanecen sueltos casi hasta el final.

Me parece que tiene un buen ritmo, más que correcto, y que los recursos de la escritora han sido convenientemente usados para atrapar al lector y situarlo donde se quiere. Como una invitación a un teatro justo en el momento en que el telón se abre y se muestra la escena decisiva que define toda la obra o, al menos, la concluye en todo su apogeo. El clímax se alcanza en El hombre de tiza en su justo momento y ese telón, aunque a veces se mueve por las corrientes de aire y dejan vislumbrar lo que hay tras él, no se descorre hasta las últimas páginas. Eso lo ha hecho bien C. J. Tudor. No es lo único. Creo que ha sabido conjugar todos los elementos para que el lector permanezca atento de principio a fin.

El hombre de tiza comienza como una historia de amistad juvenil que apenas se sostiene a lo largo de los años, con un suceso trágico que marca la vida del protagonista y define un poco su relación con los demás. Esa historia empieza despacio, como un mosaico nostálgico de unos años 80 a los que la cultura, en estos días, recurre con frecuencia tanto en la literatura como en el cine y en la pequeña gran pantalla. El argumento comienza entonces a cobrar consistencia y velocidad. Las intrigas, el misterio, incluso lo sobrenatural –que aparece de forma subrepticia– empiezan a aparecer a través de esas dos voces y es entonces cuando el relato, sin apenas darnos cuenta, se convierte en un thriller cargado de pistas falsas y caminos sin salida.

No es la novela que más me ha gustado este año, pero es una de las que más rápido he leído. Me ha tenido pegado a sus páginas durante horas sin apenas pestañear. No sé si eso obra a su favor o en mi contra. No me toca a mí juzgarlo. Para mí ha sido un entretenimiento placentero, de lectura fácil y muy digestiva. Quizá peque de poca carga emocional, lo cual establece una cierta distancia entre el lector y los personajes del libro, pero se suple con el resto de elementos que lo conforman.

Víctor Morata Cortado

EL HOMBRE DE TIZA de C. J. Tudor / Título original: THE CHALK MAN / Traducción: Carlos Abreu / Editorial: Plaza & Janés / Género: Novela / 352 páginas / ISBN: 9788401019814 / 2018

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