Si la envidia fuera tiña

Hubo un tiempo en el que ciertas tontunas que leía en prensa, foros o plataformas de discusión, redes sociales, etc., me provocaba una irrisoria “gracitis” efímera, la suficiente como para no darle ninguna importancia a la tontuna. Hoy, seguro que es por la edad, hay tontunas que no puedo digerir ni con una generosa dosis de cinismo por mi parte. Estoy cansado de escuchar a algunos defensores de lo público, defensores de la sanidad pública, reclamar para ellos la banderola de únicos y legítimos tutores de la misma. Como si todos los demás, los que nos quejamos en la salas de urgencia de los hospitales, o en las colas de los ambulatorios, no tuviéramos ni voz ni voto en lo referente a la sanidad pública. Como si nuestro papel se redujera a la de meros sufridores, o a la de pálidos números en una lista de espera. La hipocresía de estas personas a las que hago referencia son las mismas que mean fuera del váter y quieren sus tazas siempre relucientes y asépticas.
Como no me quiero andar por las ramas, empezaré por darle las gracias al señor Amancio Ortega, darle las gracias por su generoso donativo a la Sanidad Pública, darle las gracias por su paciencia y por un gesto que le honra, sí, por mucho que les pese a algunos, es un gesto que le honra. La gran mayoría de los ciudadanos de este país, personas cabales y centradas, defensores también a ultranza de nuestra sanidad pública y de nuestros valores como individuos, alaban y agradecen este gesto de persona de bien. A esos algunos, auténticos profesionales de la discordia, buscadores de cinco pies al gato, les pediría que reflexionaran sobre la vida y que invirtieran su tiempo de contrariedad en hallar una cura a la mezquindad, o al complejo de tocapelotas, que de todo se puede salir.

Lo más horrendo, sin duda, son los comentarios sobre la integridad moral de este señor. No soy yo quien para juzgar a nadie, y mucho menos para prejuzgar, pero esa inquina que estos algunos parecen tener sobre su persona me hace sospechar que mucha es la envidia que se le tiene a la fortuna del empresario gallego, que dicho sea de paso, esa buena fortuna me parece más mérito del duro trabajo que de la casualidad. Ya se sabe que es un defecto tristemente español, muy nuestro, el de pensar que no existe triunfador en nuestro país que no haya delinquido o haya hecho triquiñuelas para que la vida le sonría. Esto es extrapolable a todo lo español, a la esencia misma de España. El poeta catalán Joaquín Bartrina ya lo dejó claro en una de sus estrofas, a finales del siglo XIX: “Oyendo hablar un hombre, fácil es / saber dónde vio la luz del sol / Si alaba Inglaterra, será inglés / Si reniega de Prusia, es un francés /y si habla mal de España… es español.
Estos sabelotodos se creen con el derecho de hacer del concepto de Estado una amalgama de despropósitos, con conceptos sociales o éticos muy alejados del conjunto de los ciudadanos, utilizando para ello una seudo-política amarilla y sin contenido ni fondo. Todo vale para polemizar. ¡Nos enfadamos porque sí! La idiocracia como pendón. Tengo la impresión de que ellos desearían que el individuo, como ser, debería quedarse doblegado o supeditado a un ente supranacional que piense, actúe, y controle por él.
Vamos a ver, almas de cántaro, entregar un donativo, voluntariamente, al Estado no es una obligación, es un derecho. Y el Estado lo aceptará o no. Si el señor Amancio Ortega ha cumplido con sus obligaciones fiscales, y quiere dar esa millonada a la sanidad pública, para bien de sus conciudadanos, en vez de gastárselo en viajes a la Luna o en calzoncillos Calvin Klein, ¿quién soy yo para negárselo? ¡Es ganas de tocar las pel…!
Estos sabelotodos, para terminar, quizá no sepan, o no se han parado a pensar, a quien va dirigida esta ayuda. Yo sí lo sé. Mi madre tuvo cáncer, hace años, y hasta hace muy poquito no se vio librada de ese yugo. Si este señor es capaz de alivianar con su donativo la carga de sufrimiento que una familia, sobre todo si hay niños afectados, llega a soportar con esta terrible enfermedad, tendría que perdonársele ser tan exuberantemente rico. Estos algunos podrían hablar con uno de esos padres a los que cada minuto de vida de su hijo es una victoria, quizá les haría pensar en la gilipollez de sus argumentos, argumentos que rozan la esquizofrenia.

La envidia no debería tener tanto peso en sus corazones.

José Antonio Castro Cebrián

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3 comentarios en “Si la envidia fuera tiña

  1. Hola . Darte la enhorabuena por tu artículo, has dado totalmente en el clavo, me alegra saber que , como yo, hay màs personas agradecidas y libres de envidia que ven el mérito de Amancio Orteg que, sin tener por qué hacerlo dona esa cantidad de dinero en beneficio común. Estoy segura que aquellos que lo critican, lejos de ayudar al prójimo si tuvieran esa fortuna , preferirían gastarlo en calzoncillos de Calvin Klain.

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