Entremés de «La señora Dalloway» de Virginia Woolf

«Allí, en la gris estancia, con los cuadros en la pared, y el valioso mobiliario, bajo la luz cenital de la claraboya de vidrio rayado, se enteraban de la amplitud de sus transgresiones: derrumbados en sillones, contemplaban cómo el médico efectuaba, en beneficio de sus pacientes, un curioso ejercicio con los brazos, proyectándolos hacia delante para retirarlos con brusquedad y quedar en jarras, a fin de demostrar (si el paciente era obstinado) que Sir William era dueño de sus propios actos, lo cual no cabía decir del paciente. Allí, algunos seres débiles se rindieron, sollozaron, se sometieron; otros inspirados por sabe Dios qué desaforada locura llamaron a Sir William, en su propia cara, condenado charlatán; con mayor impiedad aun, ponían en tela de juicio la propia vida. ¿Por qué vivir?, preguntaban. Sir William contestaba que la vida era buena. Ciertamente, Lady Bradshaw, con plumas de avestruz, colgaba sobre la repisa del hogar, y los ingresos de Sir William rebasaban las doce mil al año. Pero a nosotros, protestaban, la vida no nos ha dado tanta fortuna. Les daba la razón. Les faltaba el sentido de la proporción. Y quizás, a fin de cuentas, Dios no exista. Encogía los hombros. En resumen, vivir o no vivir ¿es asunto nuestro? Aquí estaban equivocados. Sir William tenía un amigo en Surrey, en donde enseñaban lo que Sir William reconocía era un difícil arte, el sentido de la proporción. Además, había el afecto familiar, el honor, la valentía, y una brillante carrera. Todo lo dicho tenía en Sir William un decidido defensor. Si esto fallaba, Sir William se amparaba en la policía y en el bien social; y, observaba con gran serenidad, allá en Surrey se encargarían de someter a la debida regulación los impulsos antisociales engendrados principalmente por la falta de buena sangre. Y entonces salía furtivamente de su escondrijo y ascendía a su trono aquella diosa cuya pasión estriba en superar la oposición, en estampar indeleblemente en los santuarios de los demás su propia imagen. Desnudos, indefensos, los exhaustos, los carentes de amigos, recibían la impronta de la voluntad de Sir William. Atacaba; devoraba. Encerraba a la gente. Esta mezcla de decisión y de humanidad era la causa de que los parientes de sus víctimas se encariñaran tanto con Sir William».

La señora Dalloway (Mrs. Dalloway, Virginia Woolf, 1925)

 

Adeline Virginia Woolf nació en Londres el 25 de enero de 1882. Fue una figura muy importante en la sociedad literaria londinense. Era hija de Sir Leslie Stephen, novelista, ensayista, historiador, biógrafo y montañero, de quien heredó su pasión por las letras. Su madre era, a su vez, una famosa belleza que sirvió de modelo a numerosos artistas prerrafaelitas. Virginia no fue a la escuela; recibía clases particulares en casa por parte de algunos profesores y su padre. Sin embargo, el ambiente que se respiraba en el hogar era, sin lugar a dudas, literario. Escritores de la época como Alfred Tennyson, Henry James o Thomas Hardy, entre otros, eran asiduos visitantes de aquel domicilio, influenciando con su literatura victoriana las letras de la autora ya desde su infancia y juventud. Su incapacidad para asimilar la prematura muerte de algunos de sus seres queridos, como la de su madre o la de su medio hermana Stella, la llevaron a padecer intensas depresiones ya a una edad temprana. Con la muerte de su padre a causa de un cáncer en 1904, tuvo que ser ingresada por un breve espacio de tiempo. Se dice que sus crisis nerviosas y los recurrentes episodios depresivos estaban también determinados en parte por los abusos deshonestos que ella y su hermana Vanessa padecían a manos de dos de sus medio hermanos. La suma de todos estos problemas psicológicos se cree que contribuyeron al trastorno bipolar que sufría Virginia Woolf. A lo largo de su vida, la autora se vio asediada por constantes y periódicos cambios de humor y enfermedades asociadas a estos, algo que influyó en su vida social pero que, sin embargo, no frenó su productividad literaria. Formó parte del grupo de Bloomsbury. Se la conoció como ensayista, editora, novelista, escritora de cartas, novelas y cuentos. Su obra le hizo destacar como una de las más influyentes figuras del modernismo literario del siglo XX. Después de acabar de escribir su última novela, un intensa depresión, la destrucción de su casa de Londres durante el Blitz, el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la gélida aceptación que tuvo en el mercado editorial la publicación de la biografía de su amigo Roger Fry empeoraron su estado hasta dejarla incapacitada. Murió en Lewes, Sussex, el 28 de marzo de 1941. Ese día se puso su abrigo, llenó sus bolsillos de piedras y se lanzó al río Ouse, ahogándose irremediablemente. Su cuerpo no lo encontraron hasta varias semanas después, el 18 de abril de 1941. Se le conoce por obras tales como: La señora Dalloway (Mrs. Dalloway, 1925), Al faro (To the Lighthouse, 1927), Orlando: una biografía (Orlando, 1928), Las olas (The Waves, 1931) o Una habitación propia (A Room of One’s Own, 1929).

 

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