Vidas no vividas

La mayor dificultad que presenta la escritura de ficción no es, a mi modesto entender, la elección del argumento, la estructura de la novela o la capacidad de crear atmósferas creíbles. Siendo todo esto nada sencillo, la concepción y credibilidad de los personajes me parece el eje esencial de los cimientos de la obra. Naturalmente el protagonista, que suele mantener en pie el tinglado, ha de ser un carácter bien definido y armado pero, como en las películas, si los que le rodean son mediocres, no se culmina con éxito. Ocurre en todos los órdenes que para que un héroe lo sea verdaderamente, su adversario ha de tener entidad y estar a la altura. Ardua tarea para el autor. En general las obras que trascienden o aquellas que a uno le marcan o, como mínimo recuerda con emoción, destacan por la potencia del personaje y la coherencia en el desarrollo de sus capacidades y miserias. Por citar algunos que a mí me resultan memorables sin tener que ir a los clásicos decimonónicos ni a los celebrados detectives estilo Marlowe, Montalbano, Wallander, etc. voy a centrarme en algunos que, así de golpe, me vienen a la punta de los dedos. Karoo en la novela homónima de Steve Tesich (Seix Barral), Jernigan que también bautiza la historia escrita por David Gates (Libros del Asteroide), Maxwell Sim en «La espantosa intimidad de…» parido por Jonathan Coe (Anagrama) pueden ser buenos ejemplos.

Muchos autores con un nivel alto alcanzan esta cuota mínima requerida con bastante solvencia sin despeinarse. Lo que ya no me parece tan habitual es que el protagonista sea un ser sin ninguna vinculación ni de género, edad y demás factores con el creador. Pasa a menudo, sí, pero suele salir regular y muchas veces, mal.

paolo-sorrentino-tony-pagoda-y-sus-amigosUno de los casos que me tiene fascinado últimamente es el de Paolo Sorrentino. Conocido y brillante director cinematográfico y, a la vez, narrador sutil e implacablemente irónico de la sociedad italiana actual a través de un trasunto que puede llamarse en los libros Tony Pagoda o en el cine Jepp Gambardella aunque no sea exactamente igual. O este napolitano de cuarenta y cuatro años es un anciano prematuro o tiene un don para reflexionar desde la visión, experiencia y cicatrices de un hombre de más de 70 como el trasnochado cantante Pagoda. Tanto en «Todos tienen razón» (Anagrama) como en la más reciente «Tony Pagoda y sus amigos» (Alfabia) el ínclito famoso retirado o, al menos fuera del circuito principal de la canción italiana, se rodea de ruinas del espectáculo o simplemente de las personas que le han acompañado en su trayectoria y desde esa atalaya de un saber cansado, cínico y socarrón, lo mismo nos habla del Festival de San Remo como de los directivos del Nápoles. La principal virtud que adorna a Pagoda, como a Gambardella, es su escepticismo y su estar de vuelta. Análisis y conclusiones que ven la vida como algo ya consumido. Sin embargo, el autor está empezando su edad de madurez. Tal vez haya vivido más rápido que los demás o el hastío de lo que lo rodea le permitan situarse en el futuro para trasladar su visión de anciano a la actualidad. En cualquier caso, me resulta creíble y, como he dicho, admiro esa capacidad. 

Os dejo un par de citas para ilustrar lo que he querido explicaros: «La vida, seamos francos, es infame. Cuando eres joven lo recuerdas todo pero no tienes nada que recordar. Cuando eres viejo no recuerdas nada, pero tendrías ríos de cosas que disponer en la mesita de la nostalgia».

La segunda y última por no aburrir: «Si os preguntáis si la vulgaridad se ha puesto límites a sí misma entonces la respuesta es: no, no se ha puesto límites».

PaoloSorrentinoNaturalmente hay otros autores maestros en colocarse en la piel y el cerebro de personajes de lo más diverso, como Jonathan Coe, uno de mis favoritos, en «La lluvia antes de caer», novela protagonizada por una mujer ya fallecida de la que conocemos su vida “escuchando” una sucesión de grabaciones que acompañan a dieciocho fotos que deja como legado. Destaco ésta porque me parece inadmisible que semejante belleza narrativa pasara casi desapercibida pero, como digo, el tema da para extenderse. La columna, no tanto.

José A. Valverde

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