Entremés: «La muerte de las catedrales» de Marcel Proust

«Apagaba, me volvía a dormir. Algunas veces, como Eva nació de una costilla de Adán, una mujer nacía de una mala postura de mi pierna; surgida del placer que yo estaba a punto de disfrutar, me figuraba que era ella la que me lo ofrecía. Mi cuerpo que sentía en ella su propio calor quería unirse a ella, y yo me despertaba. Los demás mortales se me antojaban como algo muy remoto comparados con aquella mujer a la que acababa de dejar, aún tenía la mejilla caliente por sus besos, el cuerpo derrengado por el peso de su cuerpo. Poco a poco se desvanecía el recuerdo, y había olvidado la muchacha de mi sueño con la misma celeridad que si hubiese sido una verdadera amante. Otras veces me paseaba durmiendo por esos días de nuestra infancia, percibía sin esfuerzo esas sensaciones que desaparecieron para siempre con el décimo año, y que tanto querríamos conocer de nuevo en su insignificancia, como cualquiera que no pudiese volver a ver ya jamás el verano experimentaría la propia nostalgia del ruido de las moscas en la habitación, que anuncia el sol caliente de fuera, incluso el zumbido de los mosquitos que anuncia la noche perfumada. Soñaba que nuestro viejo cura iba a tirarme de los bucles, lo que había sido el terror, la dura ley de mi infancia. La caída de Cronos, el descubrimiento de Prometeo, el nacimiento de Cristo, no habían podido librar del peso del cielo a la humanidad hasta entonces humillada, como lo había hecho el corte de mis bucles, que se había llevado consigo para siempre la aterradora aprensión. En realidad, llegaron otras penas y otros miedos, pero el eje del mundo había cambiado de centro. Al dormir volvía a entrar con facilidad en aquel mundo de la antigua ley, y no me despertaba hasta que, habiendo intentado escapar en vano al pobre cura, muerto desde hacía tantos años, sentía que me tiraban con fuerza de los bucles por detrás. Y antes de reanudar el sueño, haciéndome bien presente que el cura había muerto y que yo tenía el cabello corto, ponía sin embargo buen cuidado de construirme con la almohada, la manta, mi pañuelo y la pared un nido protector, antes de regresar al mundo fantástico en el que a pesar de todo vivía el cura, y yo tenía bucles».

La muerte de las catedrales (La mort des cathédrales, Marcel Proust, 1904)

 

 

Valentin Louis Georges Eugène Marcel Proust nació en Auteuil, París, el 10 de julio de 1871. Inteligente, sensible y asmático desde muy temprana edad. Hijo de médico prestigioso, creció al abrigo de los constantes cuidados y atenciones de su madre, una alsaciana de origen judío. Estudió en el liceo Condorcet, donde descubrió y afianzó su vocación por la escritura. Después de realizar el servicio militar en Orleans, en 1889, estudió en la Universidad de La Sorbona y en la École Livre de Sciences Politiques. Trabajó en la Biblioteca Mazarino de París, mientras decidía qué hacer con su vida una vez descartada la opción de emprender la carrera diplomática. Fue allí donde decidió dedicarse a la literatura. Eran frecuentes sus visitas a los salones de la princesa Mathilde, de Madame Strauss y Madame de Caillavet; allí conoció celebridades de la época como Charles Maurras, Anatole France y Léon Daudet entre otros. Era un ser sensible al éxito social y a los placeres de la vida mundana. Como artista pensaba que su trabajo sólo podía ser fruto de «la oscuridad y del silencio». En 1896 publicó su primera obra: Los placeres y los días (Les plaisirs et les jours), una colección de relatos y ensayos prologados por Anatole France. Hasta 1905 había publicado en Le Fígaro algunas parodias de escritores famosos. Ese mismo año murió su madre y le sobrevino la soledad y la depresión. Su estado de ánimo enfermizo, propicio para la dedicación exclusiva hacia su verdadera vocación, le hizo recluirse durante quince años en un apartamento cuyas paredes mandó cubrir de corcho para aislarse de los ruidos y dedicarse sin ser molestado a su obra maestra: En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu). Su postergada vocación se aferró a él con la fuerza propia de una obligación personal que debía, a toda costa, cumplir. Vivía exclusivamente de noche, casi sin comer, bebiendo café en grandes cantidades, sin cesar de escribir, corregir, suprimir y añadir los textos que conformarían su obra. Su existencia transcurrió en un trance enfermizo que le mantuvo recluido la mayor parte del tiempo. Murió en París, el 18 de noviembre de 1922, a causa de una neumonía. Se le conoce por obras tales como: Los placeres y los días (Les plaisirs et les jours, 1896), En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu, 1913-1927), Por el camino de Swann (Du côté de chez Swann, 1913) A la sombra de las muchachas en flor (À l’ombre des jeunes filles en fleur, 1919) o Sodoma y Gomorra (Sodome et Gomorrhe, 1922-1923).

 

 

 

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